Retrato debido a Bernard Boutet de Monvel, foto de Ginette Neveu e imagen de Marcel Cerdan en un combate triunfal
UN LOCO DE ALTOS VUELOS
José Luis Moreno-Ruiz
Porfirio, nacido en Tiro, ciudad de Fenicia, en el año 234 de la era cristiana, cuenta en su obra Tratado sobre la abstinencia, que conoció a un hombre, el cual era afortunado por tener un criado, un muchacho, que comprendía el canto de las aves.
Aquel hombre, dice Porfirio, creía que todos los cantos de las aves son vaticinio de importantes sucesos, y de ahí su aprecio por el criado. Él se había visto privado de esa capacidad de comprensión, porque su madre, temerosa de que lo enviaran como obsequio al emperador, por haberse tratado de un niño muy hermoso, se orinó en sus oídos mientras dormía.
Bien viene esta historia debida a Porfirio de Tiro a propósito de lo que aconteciera a un loco.
Había sido un hombre feliz, que vivía en la sola compañía de un canario de bello canto y que incluso estaba a punto de concluir una novela en la que llevaba varios años de trabajo, si bien moroso, deleitoso, ajeno a la prisa e incluso al ímput de publicarlo.
Algunas veces, bisoño médico yo entonces, me refirió cosas de aquella novela, basada en un hecho luctuoso, un accidente de aviación, que en sus días de juventud lo había impresionado mucho: la catástrofe del avión Lockheed Constellation F-BAZN, en vuelo de París a Nueva York, que se estrelló en Pico de Vara, Azores, isla de San Miguel, el 28 de octubre de 1949. No hubo supervivientes. Volaban en viaje el boxeador Marcel Cerdan, la violinista Ginette Neveu y el pintor e ilustrador Bernard Boutet de Monvel.
Aquel paciente no despreciaba, por supuesto, a la violinista Ginette Neveu, favorita de Karajan, formidable intérprete de Beethoven, Brahms y Sibelius, ni al delicado Boutet de Monvel, retratista galante de un comienzo de siglo XX esperanzado, azul y sedoso. Pero su héroe lo era Marcel Cerdan, campeón de los pesos medios, nacido argelino en Sidi-Bel-Abblès pero de crianza marroquí y naturalización francesa, campeón de Francia, de Europa y del mundo, si bien en junio de 1949 perdiera su título mundial en Detroit ante el gran Jake LaMotta. Fue Cerdan, además, el gran amor de Edith Piaf, cosa que enternecía sobremanera al loco, y motivo último de la redacción de su novela, que arrancaba, por lo que supe, justo el día del fatídico accidente: iba Cerdan a Nueva York por dos asuntos de capital importancia, cual lo eran reunirse con Edith Piaf, que actuaba por allí, y tratar de la revancha, con el título de nuevo en juego, que le había ofrecido Jake LaMotta.
Murió Cerdan, me dijo el loco con autentiquísima devoción, habiendo disputado un total de 117 peleas, de las cuales resultó triunfante en 113, ganando 66 por KO.
Pero, más allá de la historia novelesca, interesa el sucedido. Vayamos, pues, al asunto.
Por las mañanas, apenas se levantaba el hombre, y en cuanto se percataba de su trajín, iniciaba el canario su trinar alegre, al que respondía el amo con silbidos muy afinados y contentos. Mientras tomaba el café con leche, el pajarito se iba despotorrando más y más en sus trinos, hasta llegar a la melodía con que el hombre lo dejaba para irse al trabajo funcionarial.
Cuando regresaba de la oficina, el amo llevaba siempre al canario terrones de azúcar de los bares donde tomaba café, que ofrecía al pico del pájaro incrustándoselos entre los barrotes de la jaula. El canario cantaba más y más, se metía en la minúscula bañera, sacudía sus plumas, alargaba el cuello como un miura, salpicaba el piso de la jaula con el alpiste y cantaba más y más, mucho más, mientras su amo volvía a silbarle y le ponía en el tocadiscos música de flautas andinas.
Empero, un día el hombre se enamoró de una compañera de oficina, que sólo llevaba tres meses en el empleo. Tan fuerte resultó aquel enamoramiento, que al cabo de poco tiempo decidieron matrimoniar. Como ella vivía de alquiler en un pequeño piso, decidideron residir en la casa del esposo, que era antigua pero grande, antañona y familiar; la misma casa, en realidad, en la que llevaba de morada desde que nació.
Todo iba bien entre ellos; tan bien iban las cosas en el matrimonio, que el hombre no cayó en la cuenta de que el canario, desde la entrada de la mujer en la casa, había dejado de cantar. Únicamente entonaba un trino mañanero en cuanto veía el sol, si lo había, pero de inmediato, y como el amo no le silbaba, que dedicaba los labios al beso de la esposa y a decirle requiebros por miles, callaba el pájaro, se hacía una bola, e inmóvil permanecía el resto de su tiempo. Como el hombre había dejado de llevarle los terrones de azúcar, incluso declaró una especie de huelga de hambre, consistente en no picotear más que lo justo del alpiste y poco de los cañamones. Cual sucede en los seres aquejados de honda depresión, descuidó además, el canario, su limpieza; ya no se daba aquellos sus reconfortantes y alegres baños en la bañera minúscula de la jaula, que por lo demás solía tener el agua bastante sucia, pues tardaban días en cambiársela.
La mujer, a quien nunca hizo mucha gracia la presencia del canario, había sustituido el canto del pájaro con sus canciones tonadilleras, mientras hacía las faenas domésticas, a las que añadía el acompañamiento musical que sustituye a las palabras, cuando procede, con un silbido de la melodía. El hombre jaleaba aquellas demostraciones de su esposa, y muy contento se ponía porque ella cantaba siempre canciones de amor que remataba con un beso muy sonoro dado al marido. Y se quejaba de que el pajarito todo lo ponía perdido, aunque era mentira pues apenas comía ya; apenas picoteaba en el montoncito del alpiste y los cañamones.
El hombre, por su parte, no había abandonado la redacción de la novela, en la que trabajaba lentamente, con su letra aplicada y pulcra, pero ya nunca en casa; todo lo más, a ratos, en la oficina, para ocupar los muchos momentos de vacío, las horas ominosas que no podía compartir con ella, su esposa, que justo a la vuelta de su viaje de novios, y pues se trataba de una mujer de sonrisa fácil y agradable, había sido destinada a una ventanilla para la atención pública.
Fue por aquellos días cuando el hombre pergeñaba un capítulo que jamás resolvería: el de la posibilidad de que las cosas hubieran sido diferentes, y en el que Cerdan y la Piaf habrían podido reunirse en Nueva York. Pero aquella vuelta de tuerca se le hacía más insuperable que la resolución de los crucigramas de los periódicos, en los que era muy ducho. Es más, cuando en el psiquiátrico hubimos de operarle de las fracturas abiertas en ambas piernas, tras su intentona de volar arrojándose desde el tejado mientras gritaba que ante el amor no hay océanos insuperables y que nada pueden los vientos contrarios, ya tenía tachadas aquellas páginas, línea por línea, en la gruesa libreta de su novela.
Una mañana encontró muerto en su jaula al canario. Había muerto, como es lógico, de melancolía. Además, por una de esas conjunciones desgraciadas, que algunos acaso llamen astrales, aquel día por lo demás gris amaneció la mujer con una terrible afonía. Tan preocupado estaba el hombre por ella, que apenas tuvo tiempo de lamentar la muerte de su canario. Se limitó a tirarlo al cubo de la basura, mientras raudo iba en ayuda de la esposa, llevándole leche caliente con miel y un par de cafiaspirinas para que calmara el dolor de la garganta. Pero la cosa iba a más. Día a día se acrecentaban los sufrimientos de su mujer. Esputaba sangre entre espantosas toses. Y cuando se le diagnosticó la enfermedad penosa, era ya tarde. Apenas pudieron los médicos hacer cosa alguna para salvarla, pues de la intervención quirúrgica salió arpía, flaquísima y con hechuras de anticipación cadavérica.
Murió al fin la esposa. El hombre, en su desgracia, en su tristeza, fue a buscar consuelo ante la vacía y sucia jaula de su canario. Sólo entonces fue consciente de que el pájaro ya no estaba en la casa. Sólo entonces recordó que lo había tirado exánime y con el cuello vencido al cubo de la basura. La desesperación en el hombre llegó a extremos tales, que, en su confusión, y en vez de un canario, compró en cierta pajarería un pájaro negro. Una suerte de córvido extraño, exótico, en el que a la llegada de la noche del día que lo comprara, vio la enlutada maraña del sexo añorado de la esposa, que lo tuvo rizoso y espeso, que siempre pareció irse a echar a volar de un momento a otro.
Nos llevaron al pobre loco, al psiquiátrico, luego de ser detenido por la policía, en realidad se entregó mansamente, cuando confesó haber realizado, mediante asalto a muchas viviendas y a varias pajarerías, la violación de todos los pájaros que había en el vecindario, previa efracción de sus jaulas. Añádase, pues, al delito en sí, el de allanamiento de morada.
Recuerdo muy bien aquel día, pues luego de un desfile que hiciéramos el grupo de médicos más jóvenes, ante las enfermeras y las médicos igualmente más jóvenes, un desfile vestidos nosotros de mujeres, procedíamos a calibrar cuáles de todas ellas tenían las bragas más mojadas, para proceder a la entrega de los tres premios instituidos: un vibrador de treinta centímetros, un vibrador de veinte centímetros, y un vibrador de quince centímetros y medio. Convencionalmente habíamos supuesto que, la que mayor mojadura atesorase, mayor capacidad vaginal de recepción tendría. Ese reduccionismo, tan habitual, de los médicos…
Salí apresuradamente, después de cambiarme de ropa, a recibir al loco, conducido por dos agentes de la policía.
Aquel hombre, a la sazón, parecía esconderse tras de su aquilina nariz y lo primero que me preguntó, mientras hacía yo un gesto a los celadores, para que no le pusieran la camisa de fuerza tras quitarle los policías las esposas, fue si teníamos gimnasio, guantes de boxeo y saco para golpear, además de un karaoke. Por decir algo, le respondí que sí. Justo entonces comenzó a hablarme torrencialmente de su novela, por primera vez. Lo escuché pacientemente. Pero no pude por menos que sobresaltarme cuando, de súbito, cambiando de conversación y sonriéndome de manera que se me antojó aviesa, me dijo que una gorrioncita enamorada de él iría a buscarlo, a rescatarlo.
Compréndase mi alarma. Era la primera noche que pasaría en nuestro asilo para locos, aún no me había ganado yo su confianza. Así fue que, en virtud de las atribuciones que me confería ser en aquella fecha el médico de guardia, ordené a los celadores que hicieran turnos de centinela, armados ellos con escopetas de perdigones.
Si se cede al adversario directamente, diremos epicóresis.
Epítrope, más en concreto, supone concesión al adversario, sobre su punto de vista, como si no tuviera importancia lo que dice, o como si el llevar razón fuera precisamente la prueba de su fracaso: lo que se hace con los orates, con los niños y con los cónyuges (se oye mucho a los psicólogos y a los sociólogos, ahora, decir conyugue, en vez de cónyuge).
Viene a ser lo mismo que encogerse de hombros y dejar que el contrario u otras personas comprendan el sentido verdadero de la ironía. Por ejemplo, decir así: Me llama usted bajito, y es cierto; no soy más alto que Napoleón.
Por lo demás, la paromología supone aceptar una objeción y luego añadir que eso mismo puede aplicarse, y con más exactitud, al adversario. Algo muy similar a la figura llamada antrístrofa, sobre la que acaso nos extendamos más adelante, alguna vez, algún día, siquiera sea por lo bonito que suena.
Ahora, una pausa, por si alguien necesita irse a hacer pis.
(II)
Estos son los signos fundamentales: Disciplina (llamada también semasiología, semiótica, semántica y sematología). Estudia todas las formas de los procesos de los signos lingüísticos y no lingüísticos, lo cual ya es el colmo de estudiar, tanto naturales como convencionales.
Nos referimos con mayor extensión a la semántica, dejando a un lado la semiótica, que es término usado más fundamentalmente, e incluso fundamentalistamente, por los etólogos, cuando analizan el comportamiento significante de los póngidos al golpearse los pechos, si previamente se les han puesto sujetadores de color rosa fresa.
La semántica, así las cosas, es la parte de la semiótica que estudia la significación de los signos.
Verbi gracia, por qué el gorila, con el sostén puesto, se golpea los pechos más suavemente; como si en vez de llamar a la guerra, y aun siendo del género masculino, se palpara en busca de una posible tumoración en las mamas.
La pragmática, según tal praxis gorilesca, será, pues, la parte de la semiótica que estudie la función de los signos. Por ejemplo, el del porqué de la acción darviniana de rascarse el forro de los cojones mientras observaba a un mono rascarse los sobacos.
(III)
Una demostración:
Cuando en un diario se introducen diástoles, prodúcese la extrasistolia dicataléctica de la diatriba.
Suelen, por ello, ser gentes que consumen buenas cantidades de ansiolóticos, los que escriben diarios.
Únicamente así se explica esa dicalogía tan común al escritor de diarios. No son, siquiera, palinódicos. Son exclusivamente díptricos en su afán reduccionista. Su didactismo afectado resulta dicrónico. Pretendiendo la diéresis bucólica, tan propia de Homero y en general de los poetas griegos, no hacen sino mera didascalia de esa didáctica pretendida. Siempre, cuando se toman un tranquilizante los escritores de diarios, siempre se huelen los dedos pues gustan del tacto dilógico que el medicamento dejara en sus yemas.
Como son poéticos y dímetros, cualquier día se tiran encima el aceite de la sartén y se fríen los huevos.
En su apoteosis aptrónima, y como quien a tales géneros de la escritura propende suele estar ya un poco senil, sobre todo si se produce en el género memorialista, olvida irse con presteza a los retretes. O no le da tiempo a llegar, por su lentitud. En su Arcadia marrón, sin embargo, no pasan del apriorismo evidente. De manera que, cuando envían a la criada a por recado de escribir, a la papelería más próxima, suele ella, fámula hirientemente certera, confundirse, y pide papel higiénico.
(IV)
Al final, el escritor de diarios o de memorias, pues presenta un acentuado negativismo, rehusaba con tenacidad la petición de que hiciera un dibujo.
La petición se la hacía una cuidadora del psiquiátrico donde lo habían recluido.
De repente, sin embargo, pidió una regla, que le fue proporcionada (también se quiere decir con esto que no era ni una regla muy larga, ni una regla corta).
Procedió a medirse un pelo que le asomaba por la nariz.
Sin duda porque al tirarse del pelo con las uñas, para medirlo, sintió un cosquilleo, estornudó violentamente.
Como cayeran sus mocos en la superficie plástica de la regla, dijo con mucha solemnidad:
–Soy el doctor Fleming y he preñado a esta regla. Ahora, ustedes, los médicos, tendrán que decorar mi habitación para cuando se produzca el magnífico alumbramiento.
Pero las enfermeras de los manicomios, como suelen tener bigote, se sintieron ofendidas.
–Oiga usted –le soltó una de ellas–, que ninguna de nosotras ha abusado deshonestamente de su persona.
Como le castigaron a soportar diez reglazos en cada mano, con la regla a la que consideraba preñada, y como de resultas de ello le sangraran las palmas de las manos, creyó que su esposa había tenido un aborto.
Se suicidó como se suicidan tantas veces los locos; esto es, volviéndose cuerdo, que no razonable: contrajo matrimonio con una enfermera, como en las películas americanas.
La noche de bodas fue muy ruidosa.
¿Cabría explicar los pedos vaginales que se le fueron a la enfermera, al amparo de las modulaciones producidas por el sistema límbico? Ha de tenerse en cuenta que fue ella la salvación del pobre intelectual diarista.
Téngase en cuenta que la mayor parte del ímput al hipotálamo llega por detrás: a través del córtex entominal y del subículum. La emoción del pedo vaginal sería de trasunto semejante, toda vez que se produce más vehementemente en el coito a tergo –coñero, naturalmente, aunque también para la sodomización de la doña pudiera el intelectual diarista adoptar la posición a tergus.
Los poetas, empero, han de alejarse del determinismo científico. De igual manera debe, quien propenda a la excelsitud poética, olvidar las codificaciones impuestas por el dicho género literario. Una cultura honda, conduce, inevitablemente, a la música, en tanto su lenguaje resulta en exclusiva diferenciador. Aunque no esté la música exenta, al igual que la ciencia, no ya de un claro determinismo, sino de una evidente ideologización. Y aunque bien pueda servirnos la música, y en especial la sacra, la más ardientemente amorosa, la más teológicamente arrebatada y sensual, para exponer las virtualidades místicas, extáticas, del pedo vaginal, no debemos dejar sin crítica lo que expusiera San Pío X en su Motu Propio, que posteriormente ampliaría Pío XI en su Divini Cultus Sanctitatem. Todo sea en aras de la mayor y más liberal solidaridad con las esposas.
El Motu Propio asegura que las mujeres son incapaces de desempeñar el oficio de cantor, por lo que no pueden ser admitidas a formar parte de la capilla musical. Y sigue: Si se quiere tener voces agudas de tiples o contraltos, deberán ser de niños, según antiquísimo uso de la Iglesia.
De ahí que los esposos, ya en aquella noche de los pedos vaginales de la enfermera amantísima, considerasen, al modo chino, casi, una desgracia concebir una hembrita, en vez de un machito.
No obstante, y a la espera de las ecografías, buscaron amparo y consuelo en Cicerón.
Recitó el esposo, intelectual diarista:
–Est autem in dicendo quidam cantus obscurior.
Bah, no lo traduzcamos; parafraseémoslo, mejor, que tampoco el intelectual era muy ducho en latines. Así, digamos que, de lo expuesto por Cicerón, se colige que el pedo vaginal, expresión más tierna que la palabra amorosa, es un ruido donde se encierra un canto.
Siguieron, pues, con aquella música celestial, mucho más rato.
Al día siguiente, él mismo ayudó a la esposa a ceñirse a las tetas las cinchas de pretoriana.
La desnudez física se encuentra, en muchos pueblos de la antigüedad, asociada a los ritos religiosos, a la magia, al culto y a las honras, incluso las dadas a los muertos.
Los sacerdotes sumerios, sumarísima y sumadísimamente, oficiaban desnudos: tenían además el buen gusto de no permitir la entrada a sus oficios a quienes mostraban un cuerpo deforme, con lo cual nunca hubieran bendecido –es un decir– cualquier inicio de competición paralímpica.
Tampoco hubiesen inaugurado un campo nudista, ni una playa de lo mismo, esas casquerías.
Las fiestas dionisiacas y lupercales romanas estaban caracterizadas por la desnudez total o parcial de quienes participaban en ellas.
Las sacerdotisas cretenses, por su parte, llevaban las tetas al aire, como en alguna competición futbolística reciente lo hemos visto hacer a unas cuantas seguidoras de la Selección de fútbol de Holanda (la Selección española, sin embargo, lleva a sujetos disfrazados de toreros y a un gaché acemilar y de expresiones semovientes que responde al nombre de Manolo el del bombo).
Los aztecas, a su vez, tenían en sus danzas rituales a muchachas que exhibían el chumino gallardamente, abriéndoselo al máximo con las manos mientras poco a poco iban siendo poseídas por la música. A las que mostraban el pipón más grande, les prometían doblones de oro para cuando llegaran los españoles.
Algunos profetas de Israel se desnudaban para auguriar, valga el verbo, si bien esto acaso fuera debido a una impresión machirula con la cual hacer la conveniente muestra de que, gracias a la circuncisión, descapullaban extraordinariamente, urgiendo a que se les pusiera allí un pesa, no fuese a suceder que alcanzaran los altísimos cielos al punto y hora de sacarle a Yaveh un ojo, de un pollazo.
El rito cristiano del bautismo, en sus orígenes, exigía la desnudez. Claro está, pronto se prohibiría eso, pues muchas pecadoras arrepentidas hubo que, nada más avistar la pila del agua bendita, se daban un baño de asiento. Y en el cristianismo se habla del milagro multiplicador de los peces, pero no se especifica si se trata de los bacalaitos sin perfumar.
Apolo, según lo refiere Plinio, exigía que la medicina fuera administrada al paciente desnudo por una virgen también desnuda; según el mismo Plinio, las tormentas se disipaban al conjuro de la mujer desnuda, aunque va aún más lejos y asegura, igualmente, que los campos se hacen fértiles cuando un hombre y una mujer, tomados de la mano, restriegan sus partes pudendas sobre la tierra, antes de que, ellos mismos, la siembren.
Tratadistas hay, los cuales aseguran que de ahí parte, a su vez, la tradición médica del raspado de matriz, así como la intervención llamada de la fimosis, sin duda mucho menos cruenta, en haciéndola así, que mediante su práctica con un casco de botella rota.
Todas estas cosas, aunque un poco arcangélicamente, cierto es, le hacen soñar a uno con aquel esplendoroso pasado clásico… Sobre todo cuando Plinio habla de la medicina ejercida por mujeres vírgenes desnudas. Algo que, y a fin de demostrar que muchos tiempos pasados sí fueron mejores, nada tiene que ver con lo que se hace en esos mataderos enormes del Insalud, antes llamados, con mayor razón, de las SS (Seguridad Social).
***
En la medicina tradicional china, por otra parte, se denomina estrella de mar palpitante al esfínter anal, u ojo del culo, designación que le llegara a la literatura erótica precisamente desde esos tratados médicos antiguos.
¿Tocaría Louis Braille muchas estrellas de mar palpitantes, para establecer su sistema de lectura para invidentes?
Viene esto a cuento de que Tsiao Longqian, antiquísima figura de la medicina tradicional china, fue, según ha llegado a la historia, ciego. Y bien sabemos que en la lectura mediante la vista, la lectura convencional, el individuo capta de manera globalizada y simultánea (véase la obra Psicología de la ceguera, de Enrique Pajón –con perdón– Mecloy), varias palabras, hasta un tercio del renglón. Así, ningún elemento de la palabra tiene preferencia sobre los demás.
En cambio, en la lectura táctil el proceso de captación es sucesivo en vez de simultáneo.
En este supuesto, el fenómeno debe seguir mecanismos muy diversos. Se ha podido comprobar que, con frecuencia, los ciegos, al leer, se saltan parte de la palabra por haberla adivinado ya nada más poner en el texto las yemas (de los dedos; las de los huevos habrán de seguir en la silla).
De ahí se colige la importancia del tacto, igualmente, al modo de manera de lectura amorosa.
Eustiquiano de Procul, seudónimo de un burgalés, fraile capuchino del que se decía, entre los suyos, que siempre llevaba en el culo un pino, escribió allá por 1928, y no se sabe bien por qué razón, pero sí que lo hizo tras presenciar una de las primeras corridas de toros en las que los caballos de picar lucían aquellos petos inaugurales para evitar que el astado los despanzurrara, y en su afán de evitar a la comunidad desgarros a trochemoche, escribió de la importancia del tacto en la estrella de mar palpitante china, sugiriendo el acudir a un poco de saliva a las yemas –de los dedos–, para bien conducir el miembro viril forzosamente ciego, miembro viril visto y no visto, ora lo tapa una nalga, ora un muslo, escribe el benemérito capuchino, no obstante presentido en el aparatoso vórtice sumidero de los cuerpos en puja que no ameritan junar, ventaja última del amor sobre las exposiciones de escultura.
Hombre culto y muy leído, el buen Eustiquiano de Procul, bien sabía lo que dejara escrito el rabí y tratadista médico Abraham Bar Hiyya Ha-Bargeloní, judío español de antes de Isabel y Fernando, lo cual afirma que el ojo experimenta errores relativos a la proporción de la cosa vista, según que se encuentre próxima o lejana al sentido de esa cosa, y también las formas y aspectos cambian en la visión hasta el punto de verse lo largo, corto, y lo corto, largo; lo ancho, estrecho, y lo estrecho, ancho; lo redondo, cuadrado, y lo cuadrado, redondo.
Habremos de convenir, a tenor de lo escrito por el benemérito capuchino, que esa filosofía lógica griega a la que aludió Gaudier-Brzeska al referirse a la necesidad de que en el arte la razón sea secundaria con respecto al instinto, oponiendo lo mórbido de Praxiteles a la firmeza viril de Fidias, primaba en las concepciones éticas y estéticas de Eustiquiano de Procul. Pero con cuidado.
No obstante, mantuvo siempre el buen capuchino la exhortación al silencio de los frailes, recordándoles de continuo aquella máxima de Porfirio de Tiro, según la cual las sensaciones por el tacto casi dan forma corpórea al alma y la provocan inconvenientemente, cuando la mano toca el sexo de la mujer, si el que toca es el hombre, o el sexo del hombre, si quien toca es la mujer. Entonces emite el alma inconvenientemente sonidos inarticulados, como si de un asno en celo se tratase.
Ante eso, los pobres frailes, si bien modosos y silentes, aparte de resignados, se preguntaban dónde estaría ese lugar de las mujeres.
Todo lo más, aunque muy bajito, cuando llegaba el momento de que se entabicaran a un compañero, siguiendo, eso sí, las enseñanzas táctiles de Eustiquiano de Procul, le decían al oído María José, María del Carmen, Sonsoles, María de la Ascensión, María Antonia y cosas por el estilo.
Lástima que aún no se conociera aquella canción de Manolo Escobar, la que dice madrecita María del Carmen, para que al menos lo hubieran podido susurrar, y empujar, canturreando un poco.
Severine decidió combatir contra la explotación y los malos tratos a los animales cuando residiendo en Arles, Francia, conoció el mundo de los toros.
—Sabemos, a pesar de lo que usted proclama ahora, que tuvo tratos carnales con el torero chino, Chinito de Francia.
—De entrada, le falla a usted la información. Chinito de Franciano es chino, sino francés, hijo de padre polaco y madre vietnamita. Se llama en realidad Lucien Tien Orlewsky. Debería consultar el Cossío más a menudo.
—Prefiero leer Épica y lírica del fútbol, de Julián García Candau, pero vale... Aunque, seguro que no me equivoco en lo de su historia de cama con el tal Lucien Tien Orlewsky, alias Chinito de Francia.
—No fue una historia de cama.
—Me la contó un banderillero, señorita Labiche...
—Miente. Tuvimos una historia en el coche de la cuadrilla, pero cuando llegábamos ya a Madrid, pues iba él a confirmar su alternativa en Las Ventas. Fue a la altura de Torrelodones, más o menos.
—¿Allí, en el coche, con los picadores y todo?
—Pues sí; resulta que Chinito de Franciaes un mitómano y quiso repetir lo que cuentan de Luis Miguel Dominguín y Ava Gardner, que lo hicieron en un taxi, camino del Aeropuerto de Barajas, y yo, que iba dormida, me enteré de la cosa cuando ya tenía mucho camino adelantado... Así que me relajé y dejé que hiciera...
—¿La violó, eso insinúa?
—Hombre, no tanto... Es cierto que resulta difícil encontrar a alguien más fascista que un taurino francés, pero la verdad es que, como digo, me dejé hacer. Quería comprobar si es verdad que los chinos la tienen tan pequeña como contó García Márquez que dijo Fidel Castro que la tenían, después de recibir de China, como donativo, un cargamento de condones para los cubanos... Puro afán antropológico, más o menos cultural, que tengo... Y, bueno, aproveché para montar en el coche de la cuadrilla una performance Chunga.
—No me diga que también bailó flamenco…
—Vaya, caramba; disculpe mi pronunciación; quería decir Shunga. Monté una performance de arte Shunga.
—Pero eso es japonés, señorita Labiche, no confundamos… Shunga significa “manantial”. El amor como un manantial… ¿Quiero acaso decir con eso que puso usted el coche perdido, que tuvieron que achicar como si estuviesen en un bote que hiciera aguas?
—Ja, muy gracioso… Veamos. Shunga, realmente, es voz japonesa que viene del chino Chungonghua, que significa, literalmente, “pinturas del palacio de la primavera”, ¿estamos? De ahí que, en japonés, Shunga no signifique manantial, sino primavera… Otra cosa es que algunos autores hayan querido asociar la primavera con los manantiales, y etcétera... Licencias poéticas. Como fue una gran licencia poética mi performance en el coche de la cuadrilla. Fue genial. Hasta ahora sólo había hecho cosas semejantes en fiestas lesbis. Je, los chinitos, digo en general, vamos, los orientales, a falta de carajo bien calibrado, se frotan cual lesbis, se lo juro…
—Ya, pero Chinito de Franciano es chino, ni por supuesto japonés, usted misma lo ha dicho...
—Bueno, pero es medio vietnamita, y los vietnamitas tampoco gastan gran carajo... De ahí el éxito de los norteamericanos entre las putas de Saigón, sobre todo si eran negros, los pobres, que sólo tuvieron éxito entre las putas de Saigón… Y es medio polaco, Chinito, digo, y los polacos, como son más papistas que el Papa, pues eso, que de común follan menos que el chófer de Su Santidad.
—¿Qué tiene que ver eso con el calibre?
—No, nada... Pero lo importante, más que el tamaño en sí, es el coeficiente de dilatación, ¿no? Y como siempre están rezando, pues resulta en verdad difícil que... ya sabe...
—Hombre, entonces no seríatan agresivo, el tal Chinito de Francia...
—No, sí sólo me hizo cosquillas en el felpudo, fue gracioso... Y los picadores silbando, como si no se enterasen... Pero, bueno, pelillos a la mar… En cuanto a lo del calibre, o tamaño, le diré que autores hay los cuales sostienen que el Shunga se basa en los más legendarios tratados medicinales chinos, un proceso que tuvo sus orígenes en la era Muromachi (1336 a 1573). Se ha dicho, incluso, que ha recibido el Shunga influjos del dibujante erótico de la dinastía Tang, Chou Fang, quien, como muchos otros artistas eróticos de su tiempo, tiende a exagerar el tamaño de los genitales masculinos… Seamos comprensivos y hasta caritativos, hombre de Dios.
—¿De dónde le viene a usted, entonces, su aversión hacia la fiesta de toros?
—Viajé con ellos porque se ofrecieron gentilmente a traerme a Madrid, pues quiero ayudar a erradicar las corridas de toros, a los conservacionistas españoles que a ello dedican sus esfuerzos... Por lo demás, soy zoófila, en el buen sentido, claro... Desencantada de los hombres, o del ser humano en general, por decirlo mejor, he decidido dedicarme por entero a los animales y a las plantas.
—Pero, bueno... Que Chinito de Franciatuviera la colita pequeña, y que encima su coeficiente de dilatación no fuera el exigible, no es motivo para... Además, un toro de lidia no es el minotauro de Picasso.
—No, hombre, qué bestialidad... Amo a los toros platónicamente, como se suele decir. Soy zoófila en espíritu. Además, o como dejó escrito un crítico taurino, Joaquín Vidal, los toros y los hombres se parecen mucho, perdonando la manera de señalar. Pero no me acuesto ya ni con toros ni con hombres.
—Ya me deja más tranquilo... ¿Y lo de las plantas?
—Pues resulta que, desencantada de los hombres, y enamorada platónicamente de los toros, cayó en mis manos un libro escrito por la sexóloga Ann Hopper, en el que habla de los muchos goces solitarios que una mujer puede procurarse con el suave tacto de una planta... Es mucho más delicado y fino que hacérselo con pinzas de la ropa, o con un cepillo de dientes, como recomiendan en las películas pornográficas... Poniendo el tiesto en el salón, por ejemplo, y agachándonos sobre y hacia la planta, en un movimiento como de baile y con las piernas abiertas, para rozar nuestra flor con la planta, se goza de veras.
—Mañana mismo regalaré a mis compañeras de redacción cactus mexicanos.
***
(Bien, en aras de relanzar mi candidatura como crítico literario de cualquier medio de comunicación importante, extraigo de mis Diarios ilesos, 2003-2006, varios fragmentos escritos allá por 2005, y que atesoran una raigambre inequívoca de exégesis libresca y tal.
Para proceder a mi contratación, acúdase a este blog, ya que ahora mismo carezco de los servicios de un agente o de una agenta con el parrús magenta, literario/a).
(I)
Otra vez Chesterton, ese castigo. Únicamente había leído yo de él, de joven, El hombre que fue jueves, una tontería más o menos soportable (muchas veces me he preguntado cómo pudo causar admiración de tamaña manera Chesterton a Borges, pero bueno, también apreció Borges extraordinariamente la obra de Lugones…) De un tiempo a esta parte, por dinero, lo tengo que traducir a menudo –a Chesterton, claro–, y que no me falte el cabrón, que los dineros mandan, sobre todo cuando no se tienen, a ver si le siguen encontrando por ahí los editores unos cuantos cuentos estúpidos más, inéditos o no, me la suda bastante, y hala, a sacar otro librito.... Parece que se vende bien, por eso lo reeditan tanto (en España se publicaron muchos libros suyos en los años 50 y 60, claro). Ahora me han caído unos cuentos, no sé si inéditos o no en castellano, me da igual, y me pongo rápido con ellos para quitármelos de encima y cobrarlos cuanto antes. En dos de los tales (The five of Swords y The Tower of Treason), su antisemitismo es directo e indisimulado. En el primero, compara a un truhán con Disraeli; el truhán, claro, es moreno, judío, tiene los ojos negros y roba. En el segundo, dice textualmente que los judíos son «más inhumanos cuando más humanistas se muestran». Todos los malos de sus cuentos, ahí, se apellidan Miller, Moss, Hartmann… Apellidos bastante comunes entre los judíos británicos. Repugnante Chesterton, como casi siempre. De una de mis traducciones de Chesterton (creo que la titulada El regreso de Don Quijote) hizo un comentario muy elogioso en El País uno de esos chavales babazas que adoran la literatura, a buen seguro por la mera razón de que no tienen que ganarse la vida y en consecuencia no aceptan empleos deshonrosos como lo es traducir a Chesterton, entre otros cuantos más.
Dicen, empero, que cuando el antisemitismo comenzó a captar adeptos políticos filonazis en el Reino Unido, Chesterton viró y empezó a criticar sin cuento a los fascistas de por allá. No lo sé, no consigo encontrar nada al respecto; si alguien conoce esa parte de su obra, por favor, me la comunique... En cualquier caso, ahí está lo que escribe de los judíos. Si tienen razón los que hablan de ese viraje, sea, no lo fusilemos ni siquiera póstumamente. Démosle nada más una patada en el culo, acaso a la manera in articulo mortis –culo rima con articulo. Por pesado, simplón literario e hijo de puta.
Ya lo dijo George Orwell, por lo demás, en un artículo de febrero de 1945 a propósito del antisemitismo en el Reino Unido (Anti-Semitims in Britain): «There was also literary Jew-baiting, wich in the hands of Belloc, Chesterton and their followers reached an almost continental level of scurrility».
El Belloc del que habla Orwell es otro poeta y novelista inglés, muy amigo de Chesterton, nacido en Francia (1870-1953). Escribió una cosa, Europe and the Faith (1920), defensa acérrima del catolicismo que podría suscribir tranquilamente un musulmán sólo con poner Islam donde aparece Iglesia, una mierda que cualquier día publicarán por aquí, igualmente, nuestros modernos, como una demostración más de la disidencia y hasta de la excentricidad, y todas esas cosas que atribuyen –nuestros modernos, no los británicos libres de una fe, tampoco los anglicanos– a los católicos británicos.
(II)
Todavía, en alguna publicación, esta vez en la revista Tiempo, semanario que se dice de información general, a vueltas con los escritores de la Falange y esas cosas. De un tiempo a esta parte justifican el rollo pestífero a causa del novelillo de Javier Cercas sobre el fusilamiento que no fue fusilamiento de Sánchez Mazas, aquel escritor casticista y relamido y segundo, en lo político, de José Antonio Primo de Rivera. Entre otros prosistas cochambrosos de aquel tiempo, el de la Falange, elogian desmesuradamente, de nuevo, a Rafael García Serrano. Incluso elogios de los izquierdosos vector culturalista se llevó ya en vida García Serrano. Dicen que fue un gran escritor. Bueno. Yo leí hace años La fiel Infantería, Eugenio o la consagración de la primavera, Diccionario para un macuto y La ventana daba al río, y la verdad, caca de la vaca. Lo de Eugenio o la consagración de la Primavera, novela dedicada a José Antonio Primo de Rivera, es una mariconada digna de Corín Tellado o de Carlos de Santander, creo que se llamaba o firmaba así otro novelista rosa, al que leí, como a García Serrano y a la Tellado, porque sus libros estaban en la biblioteca del cuartel donde hice la mili (dice Miguel García Posada en uno de sus volúmenes de memorias, Cuando el tiempo no es nuestro, y lo dice con razón, que Mario Vargas Llosa elogia a Corín Tellado para no tener que hablar de otros escritores españoles que realmente importan, pero para mí que además, Vargas Llosa, buen narrador tantas veces, es así de cursi). Grandes escritores lo fueron, es cierto, los franceses y colaboracionistas Driu Larrochelle y Céline, mucho más grande, para mí, Driu Larrochelle que Céline, personajes directamente fusilables ambos, sin embargo. Driu al menos tuvo la honestidad de suicidarse al perder la guerra Alemania; Céline anduvo de quejica, aunque le perdonaron la vida (véase De un castillo a otro), pero vale lo dicho: fueron dos grandes escritores, lo que demuestra que en tantas ocasiones ser un gran escritor no es otra cosa que una mierda, lo que viene a ser caca de la vaca, en definitiva, tanto como la obra de García Serrano.
Compro en un puesto de la calle La gran esperanza, de García Serrano, premio Espejo de España (Editorial Planeta) de 1983. Desconocía el libro, pero recordaba perfectamente, al comprarlo, lo que escribieron a su propósito los del vector izquierdoso culturalista, crítica de libros y todo eso, cuando salió publicado. Caca de la vaca, también. Una mierda como el sombrero de un picador, una mierda como la teja de un cura, una mierda como la boina de los requetés, una mierda como la boina de los falangistas, una mierda como la gorrilla de los legionarios… García Serrano, del que llegaron a escribir los del vector izquierdoso de la cultura que elogiaba incluso a los rojos por su arrojo en el frente, sólo admite, de entre aquéllos, a los que se pasaron a la Falange. En su libro, los crímenes, claro, únicamente los cometieron los rojos (y es verdad que cometieron muchos los milicianos, por ejemplo los de la CNT, y por supuesto los comunistas, aunque éstos se emplearon fundamentalmente contra los anarquistas y otros izquierdistas más que contra los fachas, ya saben: aquel pacto entre Stalin y Hitler que entregó literalmente la República a las tropas franquistas). Nada, en García Serrano, de las barbaridades cometidas por sus falangistas, y en todo el norte podrido de consagraciones y misas de campaña, en su Navarra natal muy principalmente, y en Álava y en Santander, y nada de las barbaridades del requeté, la carlistada. La carlistada navarra –requeté– solía hacer divertidísimas excursiones nocturnas, viva Cristo Rey, para secuestrar a mujeres, hijas o esposas de republicanos huidos, muertos, o combatientes en el frente, mujeres a las que violaban en grupo, a buen seguro después de haber comulgado convenientemente, y a las que luego suministraban aceite de ricino, para que no se dijese que en el bando nacional había escasez, sin duda. Nada de eso cuenta García Serrano, y es verdad que lanza alguna patadita contra el requeté, contra la carlistada, contra la derecha tradicional, en fin, pero leve. Es cierto, sin embargo, que los falangistas cometían menos tropelías de ese tipo que los carlistas, se limitaban a fusilar y a escribir mucha poesía, como es sabido. Elogios desmesurados de García Serrano al cura Yzurdiaga (un mediocre poeta y prosista casposo de tantas iluminaciones) y a Ángel María Pascual, su conmilitón poético, al que, por cierto, he leído porque también de Pascual dijeron los rojillos de por aquí y algunos exquisitos que era un gran escritor, un delicadísimo poeta, y caca de la vaca, un d’orsiano tan cursi como el protomaricón militarizado Xenius. Lo mismo de Eugenio Montes, así de elogiado igualmente por el izquierdoso vector de la cultura, sección crítica de libros. Montes fue el que acuñó aquello –lo cuenta García Serrano– de «Navarra, la Esparta de Cristo». Un gran verso, desde luego.
De veras, el único gran escritor que dio la Falange fue Álvaro Cunqueiro, y se les fue pronto de las manos. Vean que jamás lo vindicaron.
Tras la lectura del libro de García Serrano, probablemente para quitarme el mal sabor de boca, leo uno sobre Lucio Urtubia, anarquista navarro que compartió andanzas con el gran Quico Sabaté, un libro debido a Bernard Thomas, y bueno. Lucio Urtubia, todo un personaje, sí, un ácrata de una pieza, irreductible, atracador de bancos, falsificador de moneda, que siempre trabajó como peón de albañil, sin embargo, porque los ácratas no eran gangsters y atracaban y falsificaban para la causa, para ayudar a sus presos y pagar abogados, para comprar armas, para imprimir periódicos y revistas, pero no para lucrarse (aunque a mí, la verdad, no me parece nada, pero que nada mal, que se atraquen los bancos sólo para lucrarse; hasta un dicho hay que reza el que roba a un ladrón tiene cien años de perdón, ¿no?), todo un personaje Lucio Urtubia, digno compañero de Quico Sabaté, el guerrillero urbano por excelencia, el héroe de la Barcelona de los años 50 del siglo XX ocupada por los franquistas, pero el libro es como una exégesis. Termina aburriendo, la santidad, siempre.
Mejores, infinitamente mejores, aquellos libros de otros anarquistas irreductibles como lo fueron esos viejos anarcosindicalistas, muy viejos ya cuando los conocí y traté, Eduardo de Guzmán (Nosotros, los asesinos; Madrid rojo y negro; La muerte de la esperanza) y Gregorio Gallego (Madrid, corazón que se desangra), amigos míos ambos, muy queridos. Con Eduardo de Guzmán estuve en los años setenta del siglo XX en aquel periódico de la CNT, Castilla Libre, y en la revista ácrata, de efímero paso, Historia Libertaria. Quiero recordar también, siquiera sea para que algún periodista capullo, valga la redundancia, se ilustre si lo cree conveniente, la lectura de las obras debidas a Diego Abad de Santillán y José Peirats, por ejemplo. Siquiera sea, también, para que conozcan versiones distintas. Aquí, la Guerra Civil española se ha contado siempre desde el fascismo y desde el comunismo. O desde cierta monsergada anglosajona que confunde a un dictador católico y sanguinario como Franco con un conservador europeo cualquiera, por ejemplo como Churchill… Bueno, esa fue la justificación anglosajona para no invadir España tras la victoria aliada contra Hitler: que Franco sólo era malo para lo españoles –lo dijo un inglés cuyo nombre no recuerdo ahora, embajador del Reino Unido en Madrid– pues no pretendía exportar su fascismo sino firmar ventajosos tratados de cooperación.
Interesante también lo que refiere Bernard Thomas en su libro (Lucio, el anarquista irreductible), acerca de cómo tantos anarquistas españoles que cruzaban la frontera para atentar contra Franco (los únicos de todo el exilio, por cierto, que lo intentaron) llegaban ya denunciados por la policía de la República Francesa, patria de la Libertad, a la policía franquista, cuya brutalidad sólo encuentra par, seguramente, en las policías de tantos países árabes y latinoamericanos. Aunque mejor contó eso, aún, Eliseo Bayo en su libro Los atentados contra Franco.
En cualquier caso, un libro que leí ya cuando me fui de la CNT, en 1979, lectura que me dio la razón: Ni Dios, ni amo ni CNT, de Carlos Semprún Maura, autor también de otro excelente libro de memorias, titulado El exilio fue una fiesta. Hace poco oí decir a Carlos Semprún Maura en un programa de televisión, uno de esos debates en los que el moderador apenas deja hablar a los que tienen algo importante que contar, que, la verdad, los exiliados españoles siempre se han quejado mucho y sin razón en bastantes casos, porque lo que les pasó en Francia, comparado con lo que les pasó a los judíos franceses durante la ocupación alemana y el colaboracionismo de tantos de sus conciudadanos, fue cosa de bastante menor importancia.
(III)
Mejor que la mierda falangista antes dicha: sale en Valdemar una antología de cuentos de vampiros, traducida por mí. Destaco, porque es de justicia hacerlo, y porque los gocé al traducirlos, los cuentos de autores del siglo XX (los del XIX son los tontorrones de siempre) como Henry Kurtner (Yo, el vampiro), como Theodore Sturgeon (Tan cerca de la oscuridad), como Richard Matheson (Primer aniversario), como Ray Russell (Sanguinarius) y como Robert Bloch (El muerto viviente). Magníficos escritores pulp.
Apunto, porque vale para todos ellos, lo que digo en el prólogo a una traducción de varios cuentos de Robert Bloch que acabo de entregar traducidos (julio de 2005) también a la Editorial Valdemar: «A destacar, igualmente, y si es que cabe destacar algún cuento pues acabada la lectura de uno que nos parece insuperable va Bloch e indefectiblemente lo supera con el siguiente, a destacar esa buena cantidad de cuentos en los que el ciudadano común es protagonista... espantoso. Aquí es donde más brilla Bloch como cronista de esa América profunda (son los escritores pulp probablemente quienes mejor la han reflejado negro sobre blanco), una América brutal, terrorífica, demoledora, haciendo de la fantasía no más que un vehículo con el que transitar humorísticamente (hay mucho humor negro en Bloch) por los riscos del género, fiel siempre a su tesis: la realidad es infinitamente más temible que la ficción; un loco es mucho más temible que el más cruel de los vampiros de la tradición literaria. Compárese al conde Drácula, por ejemplo, con el protagonista del Enoch de Bloch, o con el niño del cuento La gatera, o con la niña de Dulces para lo dulce, o con el infeliz de El aprendiz de brujo, y se verá que el terror descarnado de estas historias es perfectamente identificable, no sólo un divertimento literario».
Aquí, cualquier día va un joven novelista alechonado de esos que hay ahora y nos cuenta novelado, claro, lo del asesinato de Calvo Sotelo, y en clave conciliadora, por supuesto. Y al teniente Castillo, de los Guardias de Asalto, asesinado días antes por los sicarios de Calvo Sotelo, que le sigan dando. Como les siguen dando a los más de doscientos rehenes republicanos que tenían los del Alcázar de Toledo. ¿Alguien los volvió a ver con vida? Sólo Rafael Torres ha escrito sobre esto.
(IV)
¿Para qué leer, tantas veces, habiendo televisión? Dos momentos gratísimos, de TV, en un mismo día. Primero, en un canal de videos musicales, Gwen Stefani, esa chavala deliciosa. Después, en otra cadena, generalista ahora, The Gunfight (aquí la traducen como El gran duelo), película de 1971 dirigida por Lamont Johnson, con Kirk Douglas, Raf Vallone, Karen Black y el enormísimo Johnny Cash. Para un par de días más adelante, anuncian en el canal TCM The private life of Sherlock Holmes, de Billy Wilder, película de 1970 con Robert Stephens, Colin Blakely, Irene Handl y Christopher Lee. La película, mejor que cualquier relato de Doyle. Lo de Wilder, la mejor biografía que, en realidad, se ha hecho del propio Conan Doyle, sobrepasando a su personaje más aún de lo que el propio Doyle se sobrepasó a sí mismo al crearlo.
(V)
Me pongo con otra traducción encargada. Otro libro abyecto de Chesterton: La esfera y la cruz. Se lo ofrezco a los jóvenes novelistas chochones y alechonados que hay ahora: un trabajo –literario, claro, faltaría más– titulado algo así como Diálogo en el cielo entre Chesterton y Agustín de Foxá, una cosa como aquella de Maurice Joly titulada Diálogo en el infierno entre Maquiavelo y Montesquieu, de la que tomaron inspiración los autores del panfleto Los protocolos de los sabios de Sión (el panfleto atribuye a los judíos lo que Joly pone en boca de su Maquiavelo), un trabajito –literario, claro, faltaría más– en el que los novelistas de ahora chochones y alechonados rastreen los según ellos –seguro– benditos influjos de Chesterton en la obra de Foxá, ya que de abyecciones hablamos, sobre todo en Madrid de corte a checa. Pues es abyecta, igualmente, la intención grosera de todos estos chochones alechonados por la reconciliación, por su rescate de escritores tan sucios y sórdidos como Foxá. Y como Chesterton. Chesterton, en La esfera y la cruz, hace una defensa del catolicismo brutal, obtusa y obscena, y además, naturalmente, se muestra de un antisemitismo tan vil y además cobarde –pretendía que lo suyo sólo era literatura– como siempre lo demostró en su obra. A Chesterton hoy apenas lo leen ya en el mundo anglosajón; prácticamente sólo se acuerdan de sus libros en los colegios católicos de Estados Unidos y del Reino Unido. Aquí los progres lo leen y elogian mucho. Ante mi extrañeza por la publicación de libros tan malos como todos los suyos que me han dado a traducir me dicen los editores que se venden muy bien. Pretextan además los elogios de Borges a Chesterton. Pero Borges, tan grande, tenía a menudo un gusto literario pésimo (elogió también a Lugones, no se olvide, y al mentecato Swedenborg, un puto loco insubstancial), un gusto literario de señora, y su fijación con el relato que él llamaba policial, y su consecuente postulación de Chesterton, no es más que la vergüenza que le daba hablar bien de Agatha Christie. Elogió a Chesterton, en realidad, porque sabía que ya entonces no lo leía nadie. No quiso elogiar a la Christie porque era una vieja con peluca, casi como él mismo. Prefería a los hombres con bigote: Chesterton era bigotudo, como Francisco Ayala, del que cuentan que se prendó Borges cuando el sobrevalorado escritor español y funcionario público republicano anduvo de exilios por la Argentina.
Tres probables suegras tomando el té; la Mujer Maravilla como Venus, y una reunión de brujas según Goya.
PELUQUERA DE LA TERCERA EDAD
José Luis Moreno-Ruiz
Trabajó como auxiliar de enfermería en un geriátrico, hasta que la expulsaron por encontrarla encamada con un anciano, pero es tal su pasión por los viejos, que ahora, con unos ahorros, intenta montar en Madrid su propia peluquería, sólo para las más mayores. Para comprarse los tintes, los potingues, alquilar el local y todo eso, inicia una carrera como conferenciante.
—O sea, que se define usted como gerontofílica, y sin el menor asomo de rubor.
—¿Y por qué iba a ruborizarme? Peor es lo de una hermana mía, a la que expulsaron del zoológico de París en el que trabajaba como auxiliar de veterinaria, por querer imitar a la legendaria domadora Numa Hawa.
—¿La de Papini?
—Sí, Numa Hawa tenía fama de hacérselo con el gorila que paseaba por todos los circos de Europa. Una burda mentira. Bien, pues mi hermana fue víctima de otra maledicencia semejante. Sólo fue que bailaba con los gorilas cuando tenía que ponerles una inyección, y les daba caramelos, y un día el jefe dominante de la manada se la entabicó sin que ella pudiera dar un saltito atrás, qué iba a hacer, la pobre... Nada más. Pero hágase cargo de que la significación del movimiento radica en la situación en que quien es observado lo ejecuta, pues de esa situación recibe el movimiento su significado… Como para partirles la cara a tantos mirones. Ese en alguna parte en que el movimiento tiene lugar, lo que es decir la situación como gerundio, ya no es, sin embargo, idéntica al sí mismo, léase sí-mismo, que se mueve. Ese sí-mismo es ahora el que se mueve, el que está allí frente a mí, para entendernos; es cierto en cualquier caso que siempre tiene que pasar más allá, ¿comprende?, pero para mí, digamos para el espectador, el sí-mismo es el punto de unión de los gerundios: el centro, que ante mis ojos, suponiendo que sea yo el espectador, responde al llamado que surge de la escena.
—¿Y su hermana...? ¿De veras? O sea, ¿fue verdad o no?
—Sí, ya se lo he dicho, ¿y qué? Tengo otra hermana que se lo hace a sabiendas con un notario calvo con pompones de canas parietales y a nadie le parece extraño... Claro, como es hombre de dinero... Imagínese, no un pobre gorila… Se trata, pues, de la incongruencia que encontramos aquí en la ubicación del en alguna parte, y el sí-mismo, entonces, permite un desplazamiento del campo que otorga la significación… En suma, que pues mi hermana era muy brillante como veterinaria especializada en póngidos, con malas artes comenzaron a contarle sus compañeros del zoológico, cuatro tíos y un par de tías, mucho más feas que ella, y a las que nunca, por ende, les hubiera abutronado el cacas el gorila, comenzaron a cantarle eso de “estaba el orangután sentadito en una rama, vino entonces la orangutana y le comió la banana”… Ni siquiera fueron fieles al sí-mismo de la escena, a la evidencia circunstancial de lugar, siquiera, pues no se había tratado de un orangután sino de un gorila, entre los cuales se dan aún mayores diferencias que las habidas entre Marcial Lafuente Estefanía y Bret Harte, sea a la manera de ejemplo.
—Pero lo suyo, con los viejos...
—Y ahora con las ancianas. Una suerte de semántica escénica; es como comprobar los movimientos de los herbívoros, por un lado, y de los carnívoros y los monos, por el otro: la diferencia sólo se torna clara cuando observamos que los segundos viven en un dominio diferenciado, diametralmente distinto del de los herbívoros. Aunque ambos grupos tengan dentadura postiza, las viejas tienen la deferencia de quitársela. Los viejos, empero, más de una vez me la dejaron prendida del clítoris.
—¿Liga usted en la peluquería?
—Siempre hay alguna que tiene un buen querer... Por lo general, le diré que las viejas demuestran una mayor morigeración, como acabo de sugerirlo, en tanto son más respetuosas que los viejos, una vez situadas ante mi clítoris… Sólo cuando el mundo ha sido reducido a la rigidez de la intemporalidad, el humano puede tornarse apacible: comprendemos la danza sólo a partir del espacio transformado por la música o por el silencio. Ese espacio sin pasado y sin futuro de la danza, que difiere ampliamente de nuestro mundo cotidiano de utilidad, crea la danza, insufla a la bailarina, en este caso a la vieja que te come el potorro, una nueva vida que metamorfosea su cuerpo. Es como aquello que dijera Guardini, a propósito de sus ensayos sobre la psicología de la religión, cuando describió el gesto litúrgico a partir del mundo de los fieles. Los viejos, aun cuando ya no se les pone tiesa, sin embargo, siguen siendo verdaderos demonios.
—¿Y qué diablos puede ver en ellas, en las viejas? ¿No le dan asco? Usted es joven y tiene un muy buen ver…
—Mire, se lo cuento: mis hermanas son un par de artistas de aquí te espero. Si no lo fueran, ¿cree usted que serían capaces de hacérselo con un gorila y con un notario, respectivamente? Pues considere usted que yo no les voy a la zaga, aunque, quizá por mi trabajo anterior como ayudante en un geriátrico, tenga yo un mayor interés sociológico, o sociologista, que ellas. Verá, sabido es que en nuestra cultura la suegra está muy mal vista, manifestación, ese mal considerar, de la cultura masculinista, cuando no decididamente machista, que padecemos... Bien, todas las viejas que van a mi peluquería, bueno, a la peluquería en la que trabajo ahora, que aún no he podido montar la mía propia, todas, son suegras... Y estoy en disposición de demostrar que se trata de mujeres tiernas, cariñosas, con una inusitada capacidad de amar y de recibir amor... Calculo que para el año que viene tendré ya acabado el libro que estoy haciendo sobre el amor de las suegras. Trataré de ilustrar convenientemente mi tesis: si estoy con el otro, con la otra en este caso, con la vieja; si estoy hablando y escuchando tal como lo hace ella, yo estoy absorta como lo está ella igualmente: absortas ambas en el mundo que nos une. Así vamos más allá de los sonidos producidos por nuestros órganos vocales en beneficio de la cosa, visible o entendida, a la que nuestras palabras se refieren. Dedicaré un capítulo a las onomatopeyas de la succión. Algunas, benditas sean, cuando me lo comen se han metido antes en la boca, fuera ya los dientes postizos, un caramelo de menta.
—¿Cree usted que se lo publicarán, si, como dice, padecemos una cultura tan acendradamente machista?
—Sí, me he ligado a una editora... Le encanta que se lo coma tirada ella en su escritorio. Cuando se pone como loca me pide que le meta el ratón del ordenador, pero creo que es porque ha leído eso de que a Richard Gere le gusta que sus amigos le metan ratoncitos vivos por el culo, atados con un cordel (risas). Con ella, mi editora, la elucidación parcial o incierta del tema en común de conversación se modifica en la oscuridad de la intención del otro hacia mí. La criptología de lo físico, digámoslo así, que primero consistió en el paisaje conversacional desde un solo punto, y en consecuencia siempre parcialmente oculto, deviene en sí-mismo interior oculto del otro. El rostro es, pues, el espejo de su sí-mismo interior; del corazón, ese lugar de sus decisiones. Por lo cual no habrá problema para que me saque el libro.
—¿Esa editora, es vieja?
—No, pero va camino de serlo... Sale un montón en la tele... Ya anda con el climaterio a cuestas y está muy deprimida, ya sabe, como Virginia Woolf. Y está a punto de ser suegra; su hija se casa el mes que viene de penalty, que se la tiró un novelista al que mi editora auspicia y del que se enamoró platónicamente, y ya ve usted, el tipo, tan ingrato... Va y se lía con la niña, que es una guarrilla, y eso que mi editora, para poder amarle sin mala conciencia, se separó de su compañero de toda la vida, con el que en los años setenta iba a los cineclubes y a los recitales de Serrat y de Paco Ibáñez... Encima, ese asqueroso irá por ahí luego maldiciendo a su suegra, como todos los hombres.
—De manera que es usted, más que modelo, una especie de señorita Hite de la senectud...
—Ya quisiera la petarda esa de la Shere Hite que alguna de las mujeres que aparecen en sus informes sexológicos, que yo creo que se inventa la mitad, le hubiera contado lo que se puede hacer con un rulo de peluquería... Sus mujeres son como muy convencionales, sólo usan vibradores, consoladores... Todo lo más, un cepillo de dientes…
—¿Y qué se puede hacer con un rulo de peluquería?
—Pues escribir un ensayo (risas). No, mire usted… Un rulo de peluquería es como un ojo estriado a través del cual observar el poliformismo de ida y vuelta de la fenomenología sartriana de la mirada, que según él, y en tanto que se refiere a la mirada del otro, provoca enajenación. Según Sastre, los ojos del otro te despojan de tu mundo, te hacen sentir culpable. Todos los ejemplos expuestos en El ser y la nada para sustentar ese criterio son de carácter misantrópico: un hombre espía por el ojo de la cerradura una escena que no está destinada a sus ojos, y de pronto advierte que su conducta reprensible es observada; otro hombre camina por una calle desierta y oye que detrás de él una persona desconocida corre las cortinas para observarlo tras los cristales. La mirada de Sastre, como no podía ser menos, es la mirada desde atrás, la mirada maliciosa de una persona desconocida, la mirada que causa un estremecimiento de pánico. Yo uso del rulo, empero, al modo y manera de espéculo. El rulo me sirve para mirar con comprensión, con simpatía, con amor y amistad. Las cosas de las perluquerías… El guiño, y hay que ver cómo guiñan sus ojetes las viejas cuando les introduzco el rulo, puede convencernos de la realidad de un ser juntos que no está condenado a ese échec sartriano.
—Me toma usted el pelo.
—No crea... La mirada de un semejante, incluso si se trata de un gorila, a través también de su ojo del culo, puede justificar plenamente mi movimiento y mi cuerpo; puede impartirme una felicidad cuyo valor supera en mucho toda satisfacción solipsista… En esta apreciación de la mirada del otro, siquiera sea la mirada de sus ojetes sexuales, la estructura de la significación, el en alguna parte y el sí-mismo, sigue siendo la misma. La significación de los movimientos justificados por la mirada radica en la mirada, pues son los ojos del otro los que justifican mi cuerpo, los que tornan mis palabras sinceras y mis acciones, transparentes. El sí-mismo que se mueve soy yo; bajo la mirada estimulante y alentadora sé lo que hago y que lo hago; toda acción que ejecuto es acción de mi mano, mi brazo, mi cuerpo. La mirada de aceptación del otro me otorga el derecho casi excepcional de ser el yo mismo, yo intrínsecamente, con un cuerpo que se mueve…¿Está usted casado?
—Pues sí, qué quiere que le diga...
—¿Y le vive la suegra?
—Sí, en fin... No diré que lamentablemente, pues mi esposa siempre me lee.
—Mándemela, que le hago un avío.
—¿A mi suegra?
—Claro, no va a ser a su esposa, aunque... Si quiere ella, puedo echarle también un vistazo.
Percy y su madre; Ella Viola; Ella y Percy el día de su boda (y un desplante de Ignacio Sánchez Mejías, que se me ha colado de rondón, pero vale)
UN MELANCÓLICO ERIZADO Y OTRO MEADO
José Luis Moreno-Ruiz
I
¿Y de los músicos? De los llamados cultos, claro... De Percy Grainger. ¿Que qué? Pues ya pueden reírse, de antemano, de aquel pobre lumpen que fue Sid Vicius, el de los Sex Pistols, una Sister of Mercy como las de la canción de Leonard Cohen, o menos, comparado con Grainger. Sid Vicius sólo fue un hooligan drogota, aunque matara a su novia. Pero eso también lo hacen no pocos policías, suele salir en los periódicos. Y algún desempleado y algunos albañiles, y no pocos fontaneros y taxistas, entre otros gremios. Hasta un escritor tan malo –por eso gusta a los músicos, probablemente– como Burroughs, el padre, mató también a su mujer. Y el Althusser profesor en París de los sórdidos y criminales jemeres rojos camboyanos, lo mismo; Norman Mailer lo intentó con un cuchillo.
En algún fanzine, esa impresa subnormalidad de subpajeros, aún se leen cantos de alabanza al tal Sid Vicius y exégesis del sacrificio al parecer ritualmente contestatario que hizo con su novia, acuchillándola, pobre drogota de bragas sucias.
Así son los poetas de barriada (los tontucos del fanzine, en la radio se llenaban con ellos muchos tiempos muertos y los tipos quedaban encantados, luego montaban radios libres, alternativas, esas cosas mendaces y mentirosas, ilusiones nescientes).
Grainger, Percy: lo que empezó siendo una historia de amor digna de cualquier novela rosa, o de un culebrón de hogaño, acabó en una de las relaciones sádicas más brutales que registran las historias de artistas.
Percy Grainger era un concertista afamado cuando en una travesía en barco conoció a Ella Viola Strom, bellísima muchacha de Suecia, poeta y pintora, de la que se enamoró al instante. Oscuro él (puede que incluso obscuro) como un café instantáneo.
Todo comenzó entre ellos de manera divertida, toda vez que Ella, tomándolo por un músico cualquiera, le pidió lecciones de banjo hawaiano para matar el rato en el barco. Era el mes de noviembre de 1927. No mucho después matrimoniaron en el Hollywood Bowl, radicados ya en Norteamérica, ante unos veinte mil espectadores entre los que se contaban numerosas estrellas del cine, gentes de las artes, de las letras y de la política. Así de grande era la fama del concertista Percy Grainger.
Después de la boda, sin embargo, la joven Ella Strom, tan ingenua como hermosa, descubrió que se había casado con un auténtico pervertido sexual, que la usaba para las cosas más inmundas y peregrinas, como obligarla a orinar en una copa de champán, ingerir él ese resultado de la micción de Ella, e introducirse posteriormente en el ano otra copa entera de champán, con la ayuda de una jeringa, para provocarse al poco una defecación de la que era receptora la esposa en su bellísimo rostro.
John Bird, autor de una biografía sobre Percy Grainger (Percy Grainger, Elek Books, Londres, 1976), reproduce una carta del músico, enviada a su amigo Cyril Scott con fecha del 23 de julio de 1956, en la que dice: «La verdad es que realmente amo la perversión, incluso en mi vejez. Todo lo demás no me merece la pena, pero tengo que afirmar que mi adoración de la crueldad se limita exclusivamente a los instintos sexuales. Y dado que nada me interesa realmente aparte del sexo, mi vida se reduce a lo siguiente: no pienso más que en el sexo y todas mis ideas están plagadas de perversión y crueldad».
Cuenta Bird en su libro que Grainger, un apasionado de la literatura clásica, se delectaba especialmente, sin embargo, con aquellos pasajes que sugerían manifestaciones de dolor físico. Según las propias palabras del músico, recogidas por su biógrafo, «entre los siete y los diez años leí mucho a Homero y tenía siempre en mis labios frases como ‘la jabalina atravesó la coraza’. Más tarde, cuando tenía ya doce años y leí las epopeyas de las sagas islandesas, la idea de un cuerpo partido por un hacha de guerra desde el hombro hasta la cintura me producía un enorme placer mental».
Recuerda Bird, igualmente, que Grainger comenzó sus experiencias con la flagelación autoerótica a la edad de dieciséis años, y que su madre muchas veces le preguntaba cuál era la razón de aquellas manchas de sangre en su ropa, lo que provocaba un ataque de risa descontrolada en el muchacho, que por aquel entonces ya asombraba al mundo por su talento musical precoz. En Percy Grainger, la figura de la madre, como en el caso de Proust, cobra también una importancia capital.
Australiano de Melbourne, nacido el 8 de julio de 1882, fue Grainger hijo único, enfermizo en su primera infancia –padeció tuberculosis–, y estuvo siempre, hasta casi el final de su adolescencia, bajo el influjo de la madre, que sufría frecuentes ataques de histeria. El padre apenas moraba en la casa familiar, siempre de viaje y jactándose ante sus amistades de haber yacido más de una noche incluso con diez prostitutas. Fue precisamente la madre de Grainger, profesora de música, quien le dio las primeras lecciones de piano y quien profetizó que su hijo sería un genio de la música.
La relación de la madre y su retoño era tan intensa que entre sus vecinos llegó a comentarse la especie de que cometían incesto, lo que llevó a la mujer a suicidarse tirándose por una ventana, presa de un fuerte sentimiento de culpa; ya en el final de sus días, Percy Grainger hizo a sus amistades –siempre según Bird– la confesión de haber mantenido relaciones sexuales con la madre, que además lo inició en la urolagnia, la coprofagia y los azotes.
Percy Grainger había ofrecido su primer concierto en público a los doce años, y apenas con diecisiete creó sus primeras composiciones, que los especialistas equiparan, aún hoy, con las de Strawinsky por la calidad y enorme dificultad de sus armonías. A los diecinueve años causó auténtica sensación en Londres, luego de una serie de conciertos, y sus puestas en escena también se hicieron célebres: aparecía casi corriendo y atacaba rápidamente la primera pieza, que solía ser briosa y agresiva.
Grainger opinaba que esa calidad de su música, que no pocos críticos han calificado como elástica y atlética, tenía que ver con su propio y reconocido sadismo: «De ese mundo de violencias –decía– y de guerras, de tragedias brutales, surgió mi anhelo por componer música. Muchos niños son crueles con los animales y otros lo son con las niñas, pero su agresividad cesa cuando se desarrollan plenamente. Yo jamás lo he superado y la agresividad es la clave de mi música».
Su mujer, la hermosa Ella Strom, que sentía una profundísima admiración por la categoría artística del músico, lo abandonó varias veces, pero siempre volvía a su lado tras las súplicas y amenazas de suicidio de Grainger. Sólo ella, según Bird, «conocía la plena medida de sus alegrías y de sus frustraciones, de su santidad y de su crueldad, su genio y sus aberraciones. En los años treinta, Grainger escribió una carta, que dejó a un albacea con instrucciones para que sólo se abriera en el caso de su muerte o de la muerte de Ella, o si se les hallaba muertos a ambos con los cuerpos cubiertos por latigazos. En la carta explicaba igualmente que no debía culparse a nadie, ya que para él la flagelación suponía el mayor de los placeres y la expresión suprema de su amor».
Está claro que Ella, por amor al marido, había acabado compartiendo torturas.
Tuvo Grainger, que murió de cáncer en 1961, una amante a lo largo de los años, a la que de manera parecida instruyó en el sadismo, si bien no consta que ella, de nombre Karen Holten, sufriera moralmente lo mismo que Elle Strom. Era una alumna de piano, feliz intérprete también y muy apreciada por la crítica musical posteriormente, con la que se excedía el maestro: en una carta de Grainger a Cyril Scott explica cuánto disfrutaba clavándole agujas hipodérmicas en los pezones, «y saboreando después a mordiscos la carne lacerada».
Grainger, acaso en pura aplicación de su sadismo, se declaró en los años treinta como filonazi, lo cual no deja de ser una impostura, pues era pública su amistad con judíos del mundo de la escena norteamericana. Nadie se lo tomó en cuenta, pero sí es cierto que esas simpatías, por mucho que tuvieran de forzadas, debían albergar un punto de razón en la inteligencia del músico, sometida a sus pulsiones perversas.
No en vano, y en ese inglés nórdico en el que pretendía escribir, un inglés desprovisto de influjos latinos, redactó algunos de sus pensamientos, tales como el que sigue: «La voluntad más alta y poderosa de vivir no radica en la miserable lucha por la existencia, sino en la voluntad de luchar, la voluntad de poder». Otro Jünger. Versiones ambos, Jünger y Grainger, del Nietzsche más grato al nazismo: el loco sifilítico e impotente sexual.
(II)
En Anatomía del asco, de Ian Miller, obra de proteica exorbitancia, habla el autor (mediante la traducción de Paloma Gómez Crespo; Editorial Taurus, Madrid, 1998) de dos tipos de asco; uno, el freudiano, el que actúa como barrera e impide la satisfacción del deseo inconsciente; el otro, ese que tiene su origen en el concepto de lo excesivo.
Según Ian Miller, el primer asco es el que Freud denominó como de formación reactiva, el que se alía con la vergüenza y la moralidad para funcionar como un dique, el que reprime el impulso sexual: «Ese asco –dice Miller– hace que los genitales de los demás huelan mal y parezcan feos y que los propios se presenten como fuente de vergüenza. El asco sirve para impedir que se active el deseo inconsciente».
El otro tipo de asco, el asociado a la concepción de lo excesivo, es, según Miller, «el que nada tiene que ver ni con los deseos inconscientes ni con las atracciones furtivas». Es el asco que «se asocia a la comida, a la bebida y las actividades sexuales de otro tipo, en las que el deseo es absolutamente consciente y se satisface; es la sensación de náusea que produce el exceso; aquí el asco no es una barrera que impida ingerir, sino un castigo por haberlo hecho».
Habla Miller, pues, y así titula uno de los capítulos más interesantes de su libro, de que «lo hermoso es asqueroso y lo asqueroso es hermoso». En suma, lo que Julia Kristeva llamó «torbellino de requerimientos y repulsión», en alguna de sus obras, no recuerdo en cuál.
La lectura de la obra de Miller, y en concreto su capítulo quinto, Lo hermoso es asqueroso y lo asqueroso es hermoso, me recordaba de continuo la peripecia de Havelock Ellis, aquel médico y psicólogo inglés, nacido en 1859, al que debe la investigación freudiana gran parte de sus estupendas intuiciones literarias; tal es la profundidad que para el estudio de las reacciones humanas y de los condicionamientos psicológicos aportó la obra de Ellis, que aún se deja leer.
No hay que olvidar que Ellis tuvo en sí mismo (¿ensimismado?), y más que nada en lo que se refiere al estudio de la psicología sexual, el terreno más abonado para desarrollar su trabajo de campo.
Según lo cuenta Phyllis Grosskurth en su obra Havelock Ellis. A Biography (Penguin Books, Londres, 1981), a Ellis le preocupaban sobremanera sus nocturnas poluciones involuntarias, pues por aquel entonces, temeroso aún de Dios, no osaba masturbarse, no fuera a suceder que el Diablo se lo llevara mientras dormía, o que, como se decía entonces, se le secara la médula y hasta lo mordiese en los pulmones una tisis galopante, pobrecillo.
Genitalizó además sus angustias a tales extremos, que si no llegó a creer –como aquel loco del que habla el médico Soranus, del siglo I de nuestra era– que su micción podría provocar un nuevo diluvio universal, cada vez que algo lo excitaba sexualmente orinaba, aun bajándose a la fuerza el miembro en erección, para encontrar en ello un goce que al menos lo liberaba de la temida tuberculosis y del rapto demoniaco.
En definitiva, Havelock Ellis, no por cómico, dejó de desarrollar en esa su adolescencia preñada de temores santos –que, pues era hombre inteligente, se le irían algo con el paso del tiempo– un gusto por la urolagnia (o lluvia dorada, como le dicen en los anuncios por palabras de los periódicos), que signó buena parte de sus asertos teorizadores, y buena parte, también, de sus placeres adultos, gustosamente asquerosos, por acudir a la bipolarización, más que ambivalencia, sostenida en su tesis por Miller.
Los primeros pasos de su parafilia los dio Ellis cuando siendo aún niño, y mientras paseaba un día por el Zoológico, oyó un chorro. Al volverse, vio acuclillada a su madre en un rincón del parque, orinando: fue su primera impresión de lo sexual, teñida de un placer inseparable del miedo, pues experimentó brutalmente, conscientemente, los pálpitos sexuales del edipismo. Años más tarde escribiría, al referir el suceso, que su madre siguió después coqueteando con él en semejante forma: más veces se agacharía a orinar tras unos matorrales en cualquier parque, pidiéndole que vigilara, «y riéndose al observar con cuánta turbación y adoración le miraba yo el sexo abierto que expulsaba su orina».
Havelock Ellis fue después un muchacho enamoradizo, pero tímido. Además, alto y delgado, enclenque, con una voz lamentablemente aguda y ridícula, espantaba a las chicas. Marchó a Australia y vivió allá varios años. De regreso a Inglaterra, más desenvuelto y menos acomplejado, culto, estudioso y con ideas avanzadas para su época, prosiguió sus conquistas amorosas, ya iniciadas durante la estancia en Australia. Conoció entonces a la novelista surafricana Olive Schreiner, avanzada del sufragismo a la que se le viniera el mundo encima cuando descubrió, tras su boda, que se había casado con un sádico que la maltrataba, pero a la que le gustaba ser golpeada y vejada: escribió varios artículos sobre la dominación. Abandonada al cabo de un año por su marido, acudió a la consulta de Havelock Ellis para curarse la depresión, y se enamoraron.
Ellis, sin embargo, fue incapaz de penetrarla pero le ofreció algo que a la Schreiner encantó: no golpearla ni dedicarle insultos, sino mearla. Así estuvieron un tiempo –también ello lo mearía posteriormente– hasta que la novelista decidió volver a su país.
Tuvo mala suerte Ellis, no obstante, pues tiempo después, miembro destacado que era ya del mundo de las letras y de las ciencias, adalid del teatro bajo cuyos auspicios la escena británica, y más en concreto la londinense, brilló sobremanera, entró en relaciones con una admiradora, Edith Lees, con la que poco después contrajo matrimonio; no tardó ella en revelársele como lesbiana, y Ellis dijo que no le importaba. Edith se llevaba a sus amigas a la casa, pero cuando supo que Havelock Ellis había mantenido relaciones sexuales con una de ellas, lo echó. Dieron en separarse y ella se quedó con la magnífica residencia –otra avanzada del feminismo vindicador, como ese montón de ex esposas del presente, barraganistas– donde tantas historietas de sexo más o menos angustiado, y acaso pornopeliculero con los calcetines puestos, vivieran.
En 1892, Ellis firmó una especie de alianza con el poeta homosexual John Addington Symonds, para que le hablara acerca de la inversión, pues pergeñaba ya lo que sería su libro más exitoso, Sexual Inversion, que tanto llamaría la atención del entonces joven médico neurólogo Sigmund Freud (en cuya obra se basaría posteriormente el propio Ellis para elaborar sus trabajos sobre el autoerotismo, publicados ya en Estados Unidos), y de otros dos notables estudiosos de la sexualidad, Kraff-Ebing y Hirschfeld. Juntos viajaron el médico y el poeta a Italia, y Ellis tuvo la ocasión de comprobar que la inversión estaba más extendida de lo que hubiera podido suponer: John Addington Symonds conquistaba en Venecia a un gondolero tras otro, incluso a quienes eran padres de familia con hijos, y no sólo a cambio de dinero.
Con semejante «material de campo» acumulado no es de extrañar que su libro resultara en verdad escandaloso, en Inglaterra y en la misma Italia, donde tras la aparición de la obra los gondoleros dejaron de tener esa consideración machirula que hasta entonces les había acompañado.
Pero el urolágnico, o meón psicólogo, no se vino abajo con los escándalos y prohibiciones que levantaba a su paso, tras una conferencia, tras un artículo, tras una intervención en un mitin... En 1917 conoció a una traductora francesa, Françoise Cyon, que de inmediato se enamoró de él, confesándoselo: fueron rápidamente a un cuarto, y estuvieron besándose y abrazándose largo tiempo, pero sin desnudarse siquiera.
Françoise Cyon publicaría años después un libro autobiográfico, del que toma referencias abundantes Grosskurth en su obra antes citada, en el que contó cómo pasaban el rato meándose el uno al otro, sin más. Ellis, incluso, dedicó un poema a sus «maravillosos chorros de oro» (ahí puede verse que lo de la lluvia dorada de los anuncios de hogaño ya era cosa sabida hace años, incluso por los médicos).
Pero hay más: otra mujer, Winifred de Kok, una abanderada del feminismo finisecular, escribió sobre Havelock Ellis: «Me siento sola y abandonada haciendo chorros dorados a solas, en lugar de verterlos en el jardín amoroso de su cabeza». Y la poetisa Hilda Doolittle no pudo sino afearle al psicólogo su poca discreción, cuando en un pasaje de su obra Impresiones y comentarios la describió «con sus piernas rectas, de adolescente, abiertas, vertiendo sobre mí un largo chorro en arco centelleante».
Desde luego, no debía ganar el hombre para champú...
En la Enciclopedia Británica saludan así a Havelock Ellis: «His work helped to foster the open discussion of sexual problems, and he became known as a champion of women’s rights and of sex education».
Sufrió Ellis, empero, un fuerte desengaño. Ya en los inicios de su edad anciana conoció a un joven y apuesto novelista, Hugh de Selincourt, que le dijo haberse enamorado de su sabiduría, y de él mismo... Ellis se mostró dispuesto a probar por primera vez las prácticas de la inversión acerca de la que tanto había escrito, pero el novelista, en realidad, no quería sino que le presentara a sus discípulas, para seducirlas.
Pobre meón, Havelock Ellis, tan despectivamente cagado por un arribista cuando creyó acceder a su jubilación más plácida. Murió en 1939.
Foto de Pascin tomada por Man Ray y varias obras del pintor
OTRA DE MELANCÓLICOS ESTUPOROSOS
José Luis Moreno-Ruiz
(Recupero el siguiente texto, de mis Diarios droláticos, 1998-2002, a fin de lanzar mi candidatura, esta vez, a un sillón debido en la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando, o como se llame. Prometo no pellizcar las nalgas a las ujieras, si las hubiere)
(I)
Putero antológico, mas a fuer de melancólico y de pendejo en su caso, fue el pintor Jules Pascin, nacido búlgaro, hijo de padre sefardita, con el nombre, mucho más rotundo, de Jules Pincas (1885-1930).
Otro que, a despecho de su impotencia, no tuvo en cuenta lo que asegura Cioran –claro que tampoco pudo leerlo, puro asunto cronológico–, esa bienaventuranza del hombre impotente, pues al serlo puede conocer el placer de no tener trato con hembras.
Terrible, por lo demás, el aire de superioridad con que Simone Boué, la mujer de Cioran, firma una breve introducción a sus escritos publicados póstumamente (Cuadernos, Tusquets Editores, Barcelona, 2000); otra impostora más que añadir a la lista de las María Kodama, la Cenobia de Juan Ramón Jiménez, la mujer de Luis Buñuel, la misma Simone de Beauvoir, acaso la esposa del pobre Alfonso Grosso, que le quemó el original de una novela para vengarse de una infidelidad con cierta hembra más joven, según me contó en su día Leopoldo Azancot (el autor de aquella novela extraordinaria titulada La novia judía).
A Pascin las modelos lo habían traído loco desde que en el París de los primeros años veinte comenzó a destacar por ser el pintor que escogía, precisamente, a las modelos más hermosas, y gracias a sus cuadros luminosos, potentes, llenos de vida alegre, cuando no a sus retratos magníficos.
Las modelos, se puede decir así, eran una obsesión para el pintor Pascin. Por una se arruinó varias veces, llegando a malvender sus cuadros, pues ella sólo accedía a mantener relaciones sexuales con él a cambio de grandes sumas de dinero. Por otra estuvo a punto de morir, cuando el chulo de la joven, de una prostituta que había accedido a posar para Pascin, lo apalizó sin misericordia: le había propuesto el pintor desposarla; pidió al chulo la mano de la puta, con mucha formalidad y ceremonia.
Ya maduro y mordido por la andropausia, Pascin buscó siempre modelos jóvenes, las más bellas y explosivas de París, convirtiéndolas en tales a despecho de que fueran vulgares meretrices: las quería con un cierto aire de malicia y de sensualidad, incluso de vulgaridad, pues, según él mismo decía a sus amigos –entre otros a Man Ray, que le hizo algunos de los mejores retratos fotográficos que de Pascin nos han llegado–, sólo en los bajos fondos hallaba fuerzas para superar «el hastío de vivir». Otro poeta porculizado, como vemos, aunque no consta que lo abutronara cualquier sujeto de esos que gustaban a Pasolini y a Gil de Biedma.
Lo llamaron el pintor de los retratos de adentro hacia afuera, pues quizá fue uno de los pintores que más y mejor captaba lo oculto de aquellos a quienes retrataba: ahí están los que hizo a Pierre Mac Orlan, a Georges Eisenmann, a André Salmon... El mismo Modigliani, con quien se agarró Pascin formidables borracheras, elogiaba esa cualidad suya, que tenía por envidiable.
En 1924 era ya un pintor, Pascin, de cierta cotización. Pero de esa su cotización se desprendía también una generosidad ilimitada, no siempre correspondida por aquellas gentes con las que le gustaba el trato, no pocos artistas entre ellas: contrataba para sus amigos a las mejores putas de París, a las que además obsequiaba con pieles y collares de fantasía. Para una mulata llamada Elai encargó muy especialmente un consolador engastado en piedras preciosas. Elai, sin embargo, lo vendió a un rico libertino por una fortuna que la retiró: pasó a dueña de un prostíbulo.
Era Pascin un asiduo del mejor burdel parisino de aquel tiempo, La Belle Paule, pero cuando caía en uno de sus hondos estados depresivos sólo iba a mirar. Las putas, entonces, a cambio de mucho dinero, se amaban entre sí, tríbadas, produciendo unos espectáculos lésbicos que si bien no conseguían encandilar al pintor, al menos hacían que dejara de proferir la amenaza con que se confiaba a la madame del prostíbulo: «Me gustaría poder suicidarme».
La desgracia de Pascin, y a la vez su gloria de los mejores días, le llegó al encontrarse con la bella Lucy Krohg, esposa del pintor Per Krohg.
Cuando la conoció tenía el matrimonio un hijo, lo cual no fue obstáculo para que amara con Pascin; iba a acostar al niño, decía a su marido que tenía algún acto, y marchaba con Pascin a recorrer los cafés de París, a procurarse cocaína y luego a amar con él, más o menos, en la casa del pintor. Era fama por aquel tiempo que Per Krohg lo sabía todo, pero consentía a cambio de las buenas cantidades de dinero que Pascin regalaba a Lucy.
El amor de Pascin por Lucy Krogh era enfermizo, atosigante: cuando reñían, estaba días enteros sin probar bocado, bebiendo bestialmente y acudiendo al prostíbulo La Belle Paule para ver hacer a las muchachas. Lo más curioso del caso es que, según relató años después la fotógrafo y también pintora Thora Dardel (nacida sueca y con el nombre de Thora Klinckowstrom, esposa del pintor danés Nils Dardel, e inspiradora de Svea, personaje de la novela Fuego en el cuerpo, de Raymond Radiguet), y pues así se lo había confesado Lucy Krohg, Pascin era ya del todo impotente. Mas, según Lucy Krohg a Thora Dardel, devino en un gran hacedor cunnilínguco y annilínguco, y desarrolló su gusto por lo que podríamos llamar consoladores de diseño (con los que satisfacía también a la amante, y con los que la amante le procuraba a él ciertos entretenimientos sodomíticos), y por juegos tales –que encantaban a Lucy– como proponerle las más extrañas posturas para que ella se masturbara, incluso haciendo uso de sus pinceles, que, según el pintor, «quedaban así bendecidos de dicha».
Fueron denunciados una vez por obscenidad, pues desnuda ella, mientras él le hacía un retrato, se masturbó a caballo del pasamanos de la escalera de la casa donde vivía el pintor: Pascin agredió a la vecina que salió a recomendarles que fueran a otro sitio más oculto.
Según Thora Dardel, Pascin no podía vivir solo, estar solo. Por eso gastaba fortunas en agradar a sus amigos o para mantener a su lado a las mujeres que, por su impotencia, no podía amar. Lucy Krohg, sin embargo, un mal día se hartó de Pascin. Habían reñido, y él, en vez de acudir al prostíbulo para buscar consuelo, la siguió por París, reprochándole su desapego, llamándola desagradecida. Ella lo abofeteó en un café, en público, ante Man Ray y Foujita, entre otros, y Pascin se fue llorando como un niño.
Pasaron días y más días sin que aconteciera la reconciliación. Lucy no respondía a las misivas que Pascin le hacía llegar a través de los amigos comunes y el pintor decidió quitarse la vida para reprocharle a la bella Lucy Krohg su abandono: Pascin se cortó las venas; con su propia sangre escribió un mensaje de despedida: «Adiós, Lucy». Y se tumbó en la cama, metiendo las muñecas en sendos baldes de agua que había puesto a cada lado.
Sin embargo, para su mayor escarnio, el agua estaba muy fría y la sangre de sus cortes, no muy profundos, se coaguló pronto. Pascin, viendo que no moría, se levantó entonces y se ahorcó.
El entierro de Pascin fue uno de los más concurridos que se recuerdan del París de aquel tiempo. Una larga hilera de gentes de las artes, las letras y el espectáculo siguió el cortejo. Se leyeron sentidos discursos de despedida y los marchantes aprovecharon para colocar de la mejor manera posible la obra última de Pascin.
Antes había hecho testamento a favor de su esposa, Hermine David, y de Lucy Krohg.
(II)
(También de mis Diarios droláticos, 1998-2002. Creo que ya lo puse aquí con anterioridad, pero valga para apuntalar, e incluso empalar, con perdón, el texto anterior sobre Jules Pascin)
Mejor que las pésimamente intelectualizadas fantasías cinematográficas de tantos de nuestros pretendidos cineastas, estos apuntes que tomé, en varias entrevistas, para un trabajo periodístico –de encargo, lo pagaban bien– sobre lo morboso.
(Cobré el reportaje, aunque jamás llegó a publicarse –era para la ya hace tiempo fenecida revista Dunia y a su directora le pareció excesivo. Lo referí parcialmente en un libro de relatos, creo que en Sonmiloquia, mas ahora doy completos los apuntes. O las apuntaciones, mejor).
Probablemente no me hagan caso, pero recomiendo a los directores de cine, también a los novelistas, ejercer al menos durante un tiempo el reporterismo de verdad: para que comprueben que sus pajas mentales suelen ser cosa nimia en comparación con lo que hay y bulle en la calle.
Mujer de veintisiete años, dependienta en unos grandes almacenes, soltera y muy sociable, padece de ecmofobia (terror a los objetos rematados en punta). Confiesa ensoñecerse con la siguiente fantasía erótica: un hombre emasculado y manco es objeto de su lúbrica pasión, paciente de cuantas perversidades puedan ocurrírsele. Se ríe mucho, nerviosa, al contarlo.
Hombre de cuarenta años, abogado en ejercicio, casado, padre de dos hijos y homosexual clandestino, lleva tres años en tratamiento de una fuerte anancastia (fobia caracterizada, entre varias manifestaciones más, por una compulsión irrefrenable hacia la limpieza, por la sensación constante de suciedad). Si estrecha la mano de alguien, en el saludo ordinario, ha de correr de inmediato a lavarse (es fama que a Maiakovsky le pasaba lo mismo). Si consulta papeles, o un libro, igual. Si uno de sus hijos toma asiento sobre sus rodillas para ver la televisión, se ve sometido a un tenso esfuerzo por soportarlo. Piensa que las posaderas del niño están sucias. Confiesa practicar, en sus clandestinas expansiones homosexuales, la coprofagia. Eso, una vez acabada la aventura sexual, le provoca náuseas de las que tarda en recuperarse varios días, abandonando su trabajo y recluyéndose en ocasiones. Ha convencido a su esposa de que padece una úlcera. Ella no sabe que está en tratamiento psiquiátrico.
Estudiante de veinte años, guapa, padece un terror insufrible hacia los insectos en general y hacia las hormigas en particular. Experimenta un placer inenarrable, dice, cuando sin que nadie la vea acude a cualquier descampado de la ciudad, selecciona un hormiguero, se acuclilla y orina allí. Pensar que las hormigas puedan devorarla y satisfacerse a la vez en la destrucción del hormiguero, calma profundamente su ansiedad. A veces lo hace en el campus de la Ciudad Universitaria antes de un examen.
Bien puede desprenderse, de los tres casos seleccionados, que en lo morboso se da la paradoja que hiciera escribir a Georg-Christoph Lichtenberg: «Mi hipocondría es un talento especial que consiste en saber extraer, de cada incidente de la vida, sea cual sea el nombre que lleve, la mayor cantidad de veneno para mi propio beneficio».
En el morbo, llamémoslo así, el placer sólo se obtiene mediante el dolor. Aunque ello, en última instancia, tenga poco que ver con lo que no siempre acertadamente se entiende por masoquismo. En el morbo el placer resultante de ese dolor imprescindible es unipersonal. En el masoquismo, por el contrario, se requiere la presencia y la acción hiriente de otra persona. El morbo se relaciona más con el espíritu. El masoquismo lo hace con la carne. El morbo es individualista e intransferible. El masoquismo es socializante, o socializador, y por lo tanto perfectamente transferible.
La dependienta de veintisiete años que fantasea en estado de vigilia con la seducción de hombres emasculados y mancos, tiene terror a los objetos en punta. Es incapaz, por ende, de coser un simple botón a una prenda de vestir. Mas no por temor a herirse con la aguja, sino porque los esfuerzos verificados alguna vez en la presión de su dedo protegido por el dedal la llevan al agotamiento. Sus fuerzas no han sido las suficientes como para que la temible aguja horade el metal protector y se clave en su dedo.
«Un día, después de presionar y presionar, me di cuenta de que sudaba mucho. Me había vaciado, estaba jadeante, y el dedal intacto. Tomé una pastilla para tranquilizarme y un rato después me reía de mí misma, pero sin que se me fuera una especie de dentera cuando pensaba en lo que tanto había deseado, que la aguja rompiera el dedal y se clavase en mi dedo». Preguntada por sus masturbaciones: dos veces al día, como poco; en períodos de relación sexual con varones, incluso las aumenta. Dice sentirse mucho mejor cuando está con algún chico, pero lamenta no encontrar alguno que la enamore de verdad.
El anancasta cuarentón encuentra paz en la pintura. Asegura que dicha actividad viene a ser su mejor terapia. Pinta con preferencia atletas tan paradójicos como el propio morbo: atletas casi ridículos en la asténica representación que hace de ellos; atletas sin músculo, encorvados e incluso con chepa, que levantan enormes pesas o que se ejercitan en aparatos de gimnasio perfectamente dibujados, con mucho detalle. Sus amantes clandestinos suelen ser musculosos, muchachos de gimnasio de barriada; algunos, ex presidiarios a los que prestó asesoramiento legal y hasta defensa. Confiesa buscar solaz en la lectura, a fin de paliar las cada vez más agrias desavenencias conyugales por las que atraviesa, y cita a Antonin Artaud:
«Los cuadros deben ser sudor de hombres, transpiración de suicidas... Eso lo dice Artaud, ¿lo conoces?, y yo lo afirmo todavía con mayor rotundidad. Pintando mato un poco el yo infame que me atormenta. Mato mi mariconería y mato mis manías. No me importa pringarme con la pintura porque después me da mucho gusto frotarme las manos con aguarrás. Como dice Jean Genet en Pompas fúnebres, te lo recomiendo si no lo has leído, el alma es la emanación de nuestra fuerza nerviosa, del hígado, del bazo, de la pared verde del estómago, de los humores, de la sangre».
Con la estudiante de veinte años que padece un terror exquisitamente morboso, dice ella, a los insectos, he hablado mucho rato. Nerviosa, casi me vacía de una tacada la cajetilla de cigarrillos mientras conversamos a primera hora de la tarde en el Café Comercial. Como hay poca gente, habla en voz baja y mira de reojo, mientras lo hace, al camarero que indolentemente pasea de vez en cuando entre las mesas. Cuando hace una pausa, enciende un nuevo cigarrillo, o tamborilea con sus dedos manchados de bolígrafo sobre sus libros, o juguetea con mi grabadora de bolsillo, aunque cuidando de no apagarla.
«¿Sabes? Una vez vi una película en la que un tío echaba a correr un escarabajo sobre los pechos de una mujer desnuda. No me acuerdo ni del título, ni de nada más. Sólo de aquella escena. Estuve masturbándome toda la noche... Me gustaría que alguien hiciera lo mismo conmigo, pero creo también que sería capaz de matarle. ¡Me pondría de un histérico!», dice y se ríe hasta que se le saltan las lágrimas (le cuento lo del collar de moscas de Misia Sert y casi se corre de gusto). Escribe poesías. Me da a leer dos poemas propios, que lleva escritos en su libreta con letra de niña aplicada. No son reseñables por obvios y vulgares. En uno de ellos narra cómo una hormiga macho, dice, mientras orina sobre su hormiguero, la penetra hasta hacerle concebir un ser monstruoso que pare luego ya en el ataúd, mientras sus padres lloran en el velatorio por la pérdida de la hija, a la que quisieron virtuosa y dócil.
El poema, en sí, es malo, indigno de reproducción (tampoco me atreví a pedírselo, prefería mantener las distancias). Pero posee una intuición surreal de ansias mortales agradables, de placentera inocuidad. Posee ese inconsciente estético que define las categorías del arte del gozo a pesar del gozador. Esa misma inocencia que llevó a Marcel Duchamp a decir gilipollez tal como que nada hay más artístico que la propia mutilación. Se reafirma luego, la autora, en su pretendido humorismo: «Sólo me casaría –dice esforzándose en una sonrisa burlona– con un ser con antenas en la cabeza, un marciano que me llenara de bichitos verdes y no de espermatozoides, ¿no? Que me llevara a su país, o lo que sea, y que me hiciera parir allí tumbada sobre el pico de una estrella del cielo, la cual, mientras yo paría, iba desgarrándome la espina dorsal poco a poco, siempre que mi madre pone pescado para comer me lo imagino». Me mira entonces aguardando mi expresión. Cuando le digo que en uno de sus cuentos poéticos Buñuel dice a la amada que eyaculará en ella toda la guarnición militar de Huesca, queda sorprendida: «Bueno, no está mal; los soldados no llevan antenas, pero sí bayonetas, ¿no? Sería una gozada».
De común suele asociarse el morbo a la libre sexualidad, y más que a la libre sexualidad, al desprecio incluso del refinamiento. Equivale eso a una globalización del sexo, a un despojarlo de sus virtualidades genitales. La paradoja, el conflicto acercamiento/escape, que se da entre un deseo y el rechazo del mismo, configura un cuadro en el que todo es sexo y todo es, por igual, dolor. No se trata, pues, de una vindicación, siquiera enfermiza, del amor salvaje. Es, por el contrario, un recurso a la prohibición, para disfrutar al cabo con el placer de transgredir no ya una convicción sino un sentimiento de asco.
Un morboso excelentísimo y bastante tonto, André Breton, lo explicó acaso con arcangélica claridad: «Lo escabroso, circunscrito al dominio de lo erótico, con lo que nos extasiamos en los sueños hasta el punto de conservar la más cruel nostalgia al despertar, es lo único que puede dar al hombre la idea del Paraíso».
Cabe recordar que en el Paraíso concluye la existencia placentera de Adán y de Eva con la amenaza de la espada flamígera del ángel, que condena a los amantes al dolor y al sufrimiento.
En lo morboso, tiende el erotismo a la construcción de una suerte de pirámide en la que el propio cuerpo se arropa con todas las inmundicias del mundo. Pero en tal construcción agota el morbo sus imaginaciones. Por eso es unívoco, unidimensional. Orgasmea el morbo con esa construcción culminada por la imagen propia. Fantasma hinchable que, en definitiva, se desinfla y achata en el sudor, en los flujos, en la representación grotesca de los propios humores. Círculo vicioso, en suma, para deleite de la propia impotencia, para deleite de la imposibilidad de trascender.
Bien claro lo dice nuestra entrevistada que padece ecmofobia y acaso acrotomofilia (gusto por las cicatrices y las amputaciones): «Creo que soy un poco nazi, la verdad... Me gustaría tener un campo de concentración para mí, yo solita allí, todo lleno de hombres mancos, cojos, sin huevos (se ríe). Todos, persiguiéndome hasta una jaula. Me metería con ellos en la jaula, con látigo y todo, como los domadores, pero no les pegaría. Me limitaría a sacudir latigazos en el suelo para marcarles el ritmo. Me encantan los desfiles».
A ver, ahora, cómo pongo en página todo esto para que lo entiendan y aprueben las redactoras jefas y la directora, me dije en aquel tiempo.
No se publicó, repito, aunque me lo pagaron bien, y eso que el texto definitivo iba mucho más dulcificado que estas notas o apuntes –o apuntaciones– trasladadas aquí directamente de mi libreta (una comprada en la tienda del Museo Reina Sofía, que lleva en la pasta la reproducción de un dibujo a lápiz y acuarela, Sitzendes Mädchen mit hochgeschlagenem Rock, o sea, la muchacha sentada y sin blusa, de Egon Schiele).
Las personas con las que me entrevisté accedieron a ello luego de que se lo propusiera su médico psiquiatra, amigo mío, al que pedí ayuda para la elaboración de aquel reportaje frustrado.
Nacido en 1953, ha publicado varias novelas y volúmenes de relatos, así como más de tres docenas de traducciones de distintos autores. Entre otros medios, trabajó durante diez años en Radio Nacional de España (RNE), donde llegó a dirigir y presentar el programa "Rosa de Sanatorio" (Radio 3), y catorce años en la revista Interviú, de la que fue jefe de Edición.