Acompaño a mi marido al trabajo

Acompaño a mi marido al trabajo
Pornocrates, de Félicien Rops

Diarios Moreno-Ruiz

Comentarios de actualidad, diarios, fragmentos literarios.

domingo 19 de julio de 2009

PIES DE FOTOS PARA JARDINES Y CIRCOS


"Un canto de primavera" y "Flora y los céfiros", de John Williams Waterhouse



José Luis Moreno-Ruiz




(Primer pie)

CON UN FONDO VERDE SOSEGADO


En el jardín de mi casa, aquellos ángeles, ¡pobres animalitos!, se disputaban la fotografía de Nastasjia Kinski denuda.

Cuando cesaban en la disputa, yo hacía silbar mi látigo sobre ellos, cuidando mucho de no romperles ni una sola pluma de sus alas celestiales para no arruinar el espectáculo.

Mientras tanto, Lucifer sodomizaba a la chica que me daba un masaje en la espalda dolorida. Lo hacía él rutinariamente, como para mantenerse en su papel, mientras iba diciendo el texto que le acabara de escribir para la escena Fernando Pessoa, una cosa que llevaba por título A hora do Diabo, de forma y con una voz que no causara temor a mi masajista:

Tal vez no sepa por qué la he traído aquí, en este viaje sin objetivo real ni propósito útil. No fue, como parecía juzgarlo usted, ni para violarla, ni para resultarle atractivo. Esas cosas pasan en la tierra, entre los animales, entre los que se incluyen los hombres, y parece que dan placer, incluso, según me dicen ahí abajo, hasta a las víctimas. Por otra parte, no podría. Esas cosas acontecen en la tierra porque los hombres son animales. Mi posición social en el universo lo hace imposible, no tanto porque la moral sea mejor, como porque nosotros, los ángeles, no tenemos sexo, y tal es, en este caso por lo menos, la principal garantía. Puede, pues, estar tranquila, porque no le faltaré al respeto. Bien sé que hay otras irrespetuosidades, accesorias e inútiles, como las de los novelistas modernos y las de la vejez, pero incluso éstas me son negadas, porque mi carencia de sexo data del principio de las cosas y nunca tuve que pensar en eso. Dicen que muchas hechiceras tuvieron trato carnal conmigo, pero es falso; tuvieron en realidad trato carnal con su propia imaginación, la cual, en cierto modo, soy yo mismo.

Yo estaba tumbado sobre una camilla, a la sombra de un árbol de hojas verdes y rojas, vigilando el retozar de los ángeles como Pessoa vigilaba que Lucifer no se comiera una sola de las palabras de su texto.

Cuando desperté del todo había a mi lado una monja, una enfermera y un médico.

Mis familiares aguardaban en el pasillo, a la espera de que se me fuesen los efectos de la anestesia.

Supe después que antes de recobrar la consciencia por completo, había dicho unas cuantas barbaridades, alguna que otra obscenidad, claramente, dirigidas a las monjas y a las enfermeras de la clínica.

Mi mujer, por su parte, la dama Damia, hija de Hipodromea, por lo que su nombre completo era el de Hipodamia, o domadora de caballos, del griego damia, domadora, e hippos, équidos, ya me preparaba el bocado de castigo para llevarme a casa y se ajustaba las espuelas, mientras se daba a la indagación si en trance semejante, bajo los efectos de la anestesia, había hecho yo la confesión de algún amor clandestino, o de mero fornicio con yegua poderosa (siempre me reprochaba que, cuando veía por la calle a una hermosa muchacha, dijera, citando a Jonathan Swift, que la fuerza de las mujeres, como en los équidos, radica en sus cuartos traseros; hasta hubo una vez en que, de regreso a casa, me diera de fustazos y me dejara toda la noche el bocado de castigo puesto, pues al ver cerca de nuestro portal a una bella muchacha muy descotada dije lo que el crítico cinematográfico Joe Bloom, también conocido como Joe Bob Briggs: «Las mujeres nunca deben ser juzgadas por su aspecto físico. Deben ser juzgadas por el tamaño de sus tetas»).

Días después de ser operado, sufrí una recaída. Tan grave fue, que acabé falleciendo.

Naturalmente, fui derechito a los infiernos. Y vi a Lucifer sodomizando a una muchacha mientras decía algo que semejaba un guión, al lado de Fernando Pessoa que le exigía mayor brío, no tanto de cintura, como de palabra. La muchacha era una de las enfermeras que me había atendido en la clínica, ésa a la que más obscenidades había dicho yo mientras despertaba de la anestesia. La pobre se había enamorado de mí, y no pudiendo resistir su ausencia, se quitó la vida pocas horas después de mi muerte. Pero… ¡ja! Eso es lo que había escrito para mí un tal León García Mortensen, un escritor de tonterías pulp.

Lo cierto fue que Lucifer bendijo nuestro matrimonio infernal, y nos ofreció un banquete de angelitos gordos y coloradotes, casi murillanos, que seleccionados para nosotros tenía en su nevera, sabedor de mi pronta llegada a su reino… Otra mentira del tal García Mortensen. En realidad eran cerditos, lechones vulgares. Para disimular. La enfermera, mi esposa reciente, ya me tenía en la alcoba nupcial bien presto un cajón de alfalfa.

Bien entrada la noche me ciñó a los costados una buena silla de montar que tenía justo en el centro una prótesis peniana. Se pasó la noche entera montándome, yo a cuatro manos, mientras cantaba a gritos, de manera muy desafinada, con gallos mexicanos, una cosa que decía:

Por la lejana montaña,

va cabalgando un jinete,

lleva un papel en la mano

para limpiarse el ojete.

Ni ganas me quedaban ya de decirme esos versos de Maiakovski que siempre me parecieron sublimes:

En esta vida

morir es fácil.

Vivir es mucho más difícil.


***


(Segundo pie)


A SABER QUÉ DIRÍAN MARX Y BAKUNIN


Érase un mono tan inteligente, que ni siquiera hacía caso del nombre que le había otorgado su domador: Cocó.

El domador se indignaba porque el mono mostraba una resistencia contumaz a ponerse pantalones y sombrero de copa para tomar parte en el nuevo número circense. Cabe aclarar, sin embargo, que la indignación del domador era consecuencia, más que nada, de aquella misma demostración de sabiduría que el mono le daba. Cocó se empeñaba en andar siempre a cuatro manos.

El mono (el antropoide, en realidad, no mono, pues no tenía cola) era peludo, huraño; la vivacidad de sus muecas no tenía esa expresión miserable y cómica que es propia a sus congéneres de circo. El látigo del domador no valía para obligarlo a que abjurase de su fe. Pero el domador, incapaz de comprenderlo, multiplicaba sus castigos, deseoso de hacer desprenderse a Cocó de aquel su espíritu veraz que le impedía aparentar lo que no era. Nunca se hubieran entendido, ni aunque se tratase de dos hombres; o de dos monos.

Aun y cuando la terquedad del animal era constante, la cólera de su dueño al verse desobedeciendo variaba según la mayor o menor ganancia del circo.

Un día fue tan violenta –pues resultó floja la recaudación en la taquilla– que el mono quedó muerto a latigazos.

En realidad, aquella bestia obstinada en no dejar de parecerlo, era muy honesta. Si hubiera podido hablar, habría protestado contra la pretensión de Darwin, incluso: pues siempre tuvo miedo de que lo creyeran un hombre, un trabajador cualquiera.


***


Francoise Hardy & Iggy Pop-I'll be seeing You

Garbage-Run Baby Run

Serge Gainsbourg-La noyée

The Velvet Underground & Nico- Femme fatale

Hank Williams III-Country Heroes

Violent Femmes-Country Death Song

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José Luis Moreno-Ruiz
Madrid, Spain
Nacido en 1953, ha publicado varias novelas y volúmenes de relatos, así como más de tres docenas de traducciones de distintos autores. Entre otros medios, trabajó durante diez años en Radio Nacional de España (RNE), donde llegó a dirigir y presentar el programa "Rosa de Sanatorio" (Radio 3), y catorce años en la revista Interviú, de la que fue jefe de Edición.
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"Pereda Cebú", novela de José Luis Moreno-Ruiz. Editorial Laertes; Barcelona, 2008

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