Acompaño a mi marido al trabajo

Acompaño a mi marido al trabajo
Pornocrates, de Félicien Rops

Comentarios de actualidad, diarios, fragmentos literarios.

miércoles 3 de octubre de 2007

Diarios (XIII)

Diarios droláticos

(enero de 1998-diciembre de 2002)

José Luis Moreno-Ruiz

Del dolor, evidentemente, la historia de las artes, y hasta la de la literatura, se ha nutrido con profusión incluso hemorrágica. Un libro excelente del médico norteamericano Philip Sandblom (Enfermedad y creación, Fondo de Cultura Económica, México, 1995), el ya mentado Las enfermedades infecciosas y la música (de los médicos Manuel Gomis Gavilán y Beatriz Sánchez Artola), sin olvidarnos de Karl Jaspers y su Genio artístico y locura, a propósito de Strindberg y Van Gogh (a Jaspers lo asimilan también al existencialismo, pero es una falacia: su actividad como médico lo curó por completo de la percepción de la poética como taxonomía, y del romanticismo; en su hartazgo último, el que lo llevó a proclamar el fracaso –a él, que era exitoso– y el desprecio tanto de la ciencia como de la filosofía, no hubo más que juerga; un tirar a la hoguera de las fiestas del solsticio de verano su mobiliario mental para decir así lo que le viniera en gana con la menor y relativa necesidad de justificarlo: una jubilación festiva) y sin olvidar otras aportaciones, como la de Carstairs en su Art and Psychotic Illness, una conocida monografía publicada en varias revistas médicas británicas y norteamericanas, y en fin, un montón de obras y comunicaciones científicas sobre el asunto (Internet también ayuda algo a localizarlas) dan cuenta de hechos estéticos inequívocos devenidos del dolor y todas sus manifestaciones y variables.

Cualquiera, por lo demás, conoce a algún imbécil que escribe una poesía deliciosa, a algún babieca que hace buena música o a algún tullido que pinta cuadros magníficos con los pies, la boca… y hasta el ojo del culo (fue famoso en los años setenta del siglo pasado aquel neoyorkino –no recuerdo su nombre, no encuentro los reportajes donde aparecía; tantas mudanzas como llevo a cuestas en los últimos años…– al que faltaban los brazos y pintaba excelentes retratos críticos de Richard Nixon, sosteniendo el pincel con el esfinter anal).

Sin embargo, hay dos sujetos absolutamente mendaces de los que rara vez se ocupan los médicos en sus análisis, con lo mucho que dan de sí: Kierkegaard y Sartre –a Sartre, empero, lo ha destripado muy bien Paul Johnson en Intelectuales, develando su absoluta ruindad intelectual.

Kierkegaard: viene de Pascal y San Agustín, cosa que ni los profesores de Filosofía niegan. Su obra es, al margen de tan protervos influjos, la de un ser frustrado, la de un sujeto al que podría contemplarse bajo un análisis teratologista.

El hecho de que su imperio intelectual se basamente en Europa muchos años después de su muerte, tras la gran crisis posterior a la Primera Guerra Mundial, resulta explícito: venía Kierkegaard del luteranismo más arbitrario, de ese luteranismo que también prefigura a Nietzsche: más allá del bien, del mal… y de la razón. En Kierkegaard se origina, pues, el ímput cristiano del existencialismo, del que a pesar de sus proclamas de ateísmo tampoco quedó al margen el propio Sartre, pues no en vano era marxista: los temas de reflexión más queridos del existencialismo son una mera secularización de motivos esencialmente cristianos: la culpa, la caída, la redención… Mas sigamos con Kierkegaard, el del cómico Diario de un seductor… Su padre fue un anciano, al parecer bastante cabrón y loco. Como distracción máxima no consintió a su hijo, a lo largo de toda su niñez, otra cosa que dar paseos imaginarios… sin salir de la casa familiar. Pura literatura. Su padre, según el propio Kierkegaard, adornaba tan fantásticamente aquellos paseos, que media hora de garbeo lo fatigaba y abrumaba tanto «como si hubiera estado todo el día fuera de casa enfrentándome a las molestas realidades del mundo». Hay mucha gente así entre los literatos, no se crean. Pero no entre los periodistas, hay que repetirlo: eso los hace tratables, incluso si se dedican a los deportes y a la información de frivolidades.

Ya de joven, el seductor Kierkegaard tuvo una novia, Regina Olsen, con la que rompió al ser incapaz de lograr una erección… Naturalmente, pasó acto continuo a escribir mala poesía, a la que llaman Filosofía. En realidad, Kierkegaard, lo único que de veras lamenta a lo largo y ancho de toda su concepción de la angustia, no es otra cosa que no haber sido capaz de echarle un buen polvo a Regina Olsen.

Hay que ser comprensivo y hasta caritativo con él, pobre enano feo y deforme. ¿Pero cómo tomarse en serio a chusmaje tan canónico como humillado?

El primer aviso de las intenciones brutales de la Filosofía –el afán de sometimiento a las ideas– lo da ya la mitología cuando avisa de lo que le ocurrió al médico Asclepio, discípulo del bendito centauro Quirón, por intentar ayudar a los hombres con sus artes sanatorias, no ilusas o idealistas, sino tangibles y comprobables: lo mató Zeus.

La gran broma de Alan Sokal, profesor de Física Teórica de la Universidad de Nueva York, y autor posteriormente del libro Imposturas intelectuales junto a Jean Bricmont, profesor de Física Teórica de la Universidad de Lovaina, aquella broma de cuando envió en 1996 su artículo en el que decía «el conocimiento científico, lejos de ser objetivo, refleja las ideas dominantes de la cultura que lo ha producido», no podía hacer sino que chorrearan de gusto los filósofos y los literatos que tantos años llevaban sosteniendo esa suerte de todo vale en la que basan su relativismo cultural. O lo que es igual, ese afán de la filosofía y la literatura por deconstruir, según su jerga, los prejuicios culturales que sustentan las interpretaciones científicas del mundo.

La revista que se tragó la broma de Sokal, Social Text, tiene gran predicamento en Europa y en el mundo universitario norteamericano. Casi tanto como Jacques Lacan, Julia Kristeva, Baudrillard, Paul Virilio, Lyotard y unos cuantos palabreros más a los que dejan perfectamente en bragas, a la vista sus palominos mentales, Sokal y Bricmont.

A estos gringos –digo los de la revista Social Text– no los ven por aquí –digo por Europa– como imperialistas pérfidos. Ya ven. Aunque impere en ellos el atocinamiento más grasoso –preferiría poner grasiento, pero rima con atocinamiento cual pareado en letra de canción de Joan Manuel Serrat.

Pero es que su atocinamiento es muy culto, ya saben: europeo.

Ese jugar a ser científicos y hasta matemáticos de tantos intelectuales que pretenden así respetabilizar sus inspiraciones poéticas nacidas de su onanismo narcisista, no es nuevo, sin embargo: véase a Russell y a Wittgenstein.

¿Por qué lloran más las mujeres que los hombres, aparte de por ese teatro del desvalimiento y la mayor debilidad –una falacia, lo de la debilidad de la mujer, salvo en el simple aspecto muscular, que no deja de ser mecánica en vez de fisiología– con que, como bien lo expresa Esther Vilar en El Varón polígamo, no hacen sino reforzar su dominio?

Bien, esto es pura información –se supone que sigo siendo periodista–; lo dice el neurólogo William H. Frey en su obra Crying: The Mistery of Tears (Harper & Row, Nueva York, 1985):

«Hay mayor cantidad de prolactina en las lágrimas emocionales que en las debidas a la irritación ocular. La prolactina controla los receptores neurotransmisores en las glándulas lacrimales, y aunque tanto hombres como mujeres la producen, las mujeres generan mayor cantidad de prolactina por lo que tienen el doble de receptores que los hombres. La prolactina es la hormona responsable de la producción de leche y la cantidad producida varía durante el ciclo menstrual, el embarazo y la lactancia. Se ha demostrado que las mujeres con niveles anormalmente altos de prolactina, las hiperprolactinémicas, padecen igualmente niveles más altos de ansiedad, hostilidad o depresión que las que muestran unos niveles más bajos. Eso explica que las mujeres lloren más que los hombres. La función del llanto no es otra que eliminar el exceso de prolactina y ahuyentar así la depresión».

Hablo con una chica de tontadas, eso de la química del amor, o la química de la piel, las feronomas, todo eso, así en plan revista o periódico, y la tía me dice: «Pues yo prefiero seguir creyendo en la existencia de los Príncipes azules».

¡Uf! Lo que hay que soportar a veces para echar un polvo… ¿lácteo?

Publica Juan Carlos de la Iglesia, director de la revista Man, un libro interesante: Ángeles de neón. Fin de siglo en Madrid (1981-2001). Cuenta cosas que deben saberse, como cuando los tales Pedro Almodóvar y Alaska se presentaron en la redacción de La Luna de Madrid para decir que no se podía consentir que ese chico (Juan Carlos de la Iglesia) siguiera escribiendo lo que escribía –al parecer había hecho alguna sátira sobre ellos, o quizás, simplemente, no dijo que eran geniales; esto se lo suele tomar muy mal la gente farandulera de por aquí.

También se ríe mucho y muy bien de un músico, o por ahí le anda, el tal Bernardo Bonezzi. En la radio, cuando hacíamos Tiempos Modernos, aquel programa de Radio 3, Fernando Poblet lo definía de maravilla en sus crónicas tituladas, creo recordar, Contra la modernidad: «La guarra de la Bonezzi», lo llamaba.

Me cita Juan Carlos de la Iglesia un par de veces en su libro, a propósito de alguna tontería divertida de las que hacíamos por aquel tiempo. Pero no cuenta una, que también lo fue –muy divertida.

En cierto momento, La Luna de Madrid, revista con la que colaboré en varios números, se planteó la posibilidad de organizar una corrida de toros en Las Ventas, anualmente, como lo hace desde no sé cuándo la Asociación de la Prensa de Madrid. Bien, entramos en contacto con la empresa de Las Ventas (año 1983, o 1984, por ahí). El propio Juan Carlos y yo, en compañía de alguien más que ahora mismo no recuerdo, fuimos una tarde a entrevistarnos con el entonces empresario de la plaza de toros, Manuel Martínez Chopera. Yo llevaba bien pensado el cartel: Joaquín Bernardó, Rafael de Paula y Gregorio Tébar El Inclusero. Todo iba más o menos por unos cauces de negociación normales, que diría un sindicalista (aunque el empresario pretendía colocarme a tres de sus toreros y cargarse así mi cartel), hasta que a Juan Carlos se le ocurrió decir esto: que los vestidos de luces de los toreros los diseñaría Ágatha Ruiz de la Prada y que en vez de la banda de música de Las Ventas tocaría Gabinete Caligari.

Fue realmente divertido ver la cara del empresario Chopera. No se organizó aquella corrida de toros, claro.

Calor de sábado por la tarde. Me tumbo a ver, con el ventilador cerca, la European Cup de atletismo, que se celebra en Florencia y dan por televisión. El atletismo siempre es hermoso, un gran espectáculo, aunque por tratarse de una prueba europea sea un campeonato pobre: faltan los norteamericanos, los africanos, los australianos, los caribeños… Alguna cosa notable, no obstante; algún registro, de tarde en tarde, propio de unos Juegos Olímpicos, de la Golden League o del Campeonato del Mundo.

Hago un nuevo descubrimiento: la saltadora alemana de pértiga Annika Becker, guapa, potente, buenísima de culo.

Otra saltadora de pértiga imponente, rusa: se apellida Polnova pero bien podríamos llamarla Polvona.

En relevos cuatro por cien femeninos ganan las francesas, con la bella y culísima Christine Arron entrando en triunfo en la meta tras correr los últimos cien metros.

Guapísimas y muslosísimas las cuatro velocistas del equipo británico, dos rubitas y dos negritas.

Lamento no poder destacar, en lo que a belleza toca, que toca mucho, a ninguna atleta española de las que aquí concurren. Les pasa lo que a las tenistas españolas, que son más feas y birriosillas que si las hubieran hecho de encargo las tías de un colectivo compuesto por monjas y feministas bien arrebujaditas, y que hubieran contratado como semental a un sacristán con chepa o a un pecho hundido de cualquier ONG.

Quizás podría salvarse la saltadora de triple Concha Montaner, algo mona pero no pasa de estar en la segunda división de las culísimas y luce un gestito así como el de esas chicas que estudian periodismo en las universidades del Opus; el culo, por lo demás, lo tiene ya un tanto caidito y es patorrona –no potorrona– y torpe; salta burrancona, ayuna de técnica; jamás ganará otra prueba que no sea el Campeonato de España, ni siquiera un concurso europeo.

La saltadora de altura Ruth Beitia podría estar bien, pues es tiposona, de no ser porque se parece al difunto José Luis Aranguren sin gafas. Natalia Rodríguez, atleta de 1500, engaña; parece monina, rubita, proporcionada, pero cuando la toman de cerca las cámaras semeja una quisquilla. Cristina Sanz, de 200 metros, es probablemente la más homologable de todas: sugiere guapura, al menos en un barrido de cámara, y es muslosona y tiene buen culo. Rosa Morató, de 3000 metros obstáculos, parece agradable, es jovencita, quizás más bajita de lo recomendable –o al menos esa impresión da al lado de las pedazo de mulas que corren junto a ella, feísimas y desagradables.

En la segunda jornada, más gratas sorpresas. Una mulata preciosa, británica, de 100 metros vallas, apellidada Danvers. Una griega bellísima, Olga Kaidantzi, velocista de 200 metros. Bianca Kappler, alemana que compite en triple salto, espectacular de veras. Una tal Bevilacqua, italiana saltadora de altura, realmente hermosa, delicadísima y a la vez potente, con un paquete de bollo tremendo marcándosele en la braga atlética. Está en salto de longitud, por supuesto, la francesa Eunice Barber, negraza de sex-appeal radical. Y otra saltadora, la griega Mikixanthou, guapísima, de elasticidad golosa, culosísima.

Anastasia Kapachinskaya, de 200 metros, no es una rusa precisamente guapa; es, más bien, una mujer gamba: se aprovecharía de ella todo menos la cabeza. Buen culo. Magníficos muslos. No obstante, su apellido suena extraordinariamente sexual. Cabe imaginarse una burrada deliciosa: a cuatro manos, apretándola por detrás acompasadamente mientras se dice su apellido: Ka-pa-chins-ka-ya, Ka-pa-chins-ka-ya… Así hasta perder el oremus, que es como decir hasta correrse, ya que hablamos de atletismo.

Lo que escribe Jean-Luc Henning en Breve historia del culo (R & B, Colección Sexto Sentido, dirigida por la profesora Lydia Vázquez Jiménez; Alegia, noviembre de 1996), vale para explicar esa fascinación que ejercen las piernas y las nalgas de las atletas, impúdicamente exhibidas en sus libérrimas demostraciones corporales, tan meritorias, de tamaña lindura. Dice Jean-Luc Henning, en traducción del francés al castellano debida a Lydia Vázquez Jiménez:

«¿Por qué los hombres se sienten tan atraídos por las piernas de las mujeres si no es porque se abren más arriba, en el lugar de la conjunción? Los brazos se articulan al tronco de la misma manera, pero los brazos no se separan como las piernas en una especie de misterio redondo. Redondo por ser cerrado. Hay misterio precisamente porque hay cierre y no se sabe, se presiente pero no se sabe. Y las nalgas lo que hacen, en cierta forma, es envolver con su manto dicho misterio. Un misterio sellado. ¿Con qué fin? Para ocultar el origen del mundo. Título de un célebre cuadro de Courbet, ejecutado en 1866 para el embajador otomano Khalil Bey, que había pedido al pintor que lo ocultara bajo un paisaje nevado con iglesia. ¿Qué vemos detrás? Una vulva de mujer sin cabeza. Una bestia acéfala. Una entrepierna sublime, suficientemente abierta como para que el pliegue con que continúa el coño hasta el culo haga como una rueda».

Observen, por favor –mi guapa amiga del mundo editorial seguirá diciendo que lo que escribo tiene un tono, un punto de vista excesivamente masculino, pero qué quieren–, observen la carrera, el salto y la caída de una hermosa atleta de triple salto, por ejemplo… Ninguna escena de cualquier película pornográfica queda tan… redonda.

Por cierto, mi chica Top Ten de las atletas españolas es Dana Cervantes, saltadora de pértiga que no ha estado en el meeting atlético de Florencia. Un monumento de tía, si bien con registros atléticos más bien pobres.

Suena en mi lector de compactos, y se me pone en la punta dedicárselo a Dana Cervantes, un bluesazo auténtico: Sweet Woman, de Howlin’ Wolf.

Más palos para la impostura intelectual: La revista Science publica un trabajo –recogido muy parcialmente por El País en una de sus informaciones– sobre la timidez. La conclusión final establece que el hecho de que una persona sea o no tímida, acepte o no la novedad, depende en gran medida –no en parte, como se dice en la información periodística– de diferencias cerebrales existentes en el individuo.

Carl Schwartz, del Massachussets General Hospital, expone que las diferencias individuales de temperamento van asociadas a diferencias persistentes en la reactividad de la amígdala cerebral. Jérôme Kagan, de la Universidad de Harvard, colaborador de Schwartz y coautor de la comunicación científica, cuenta que tomaron un grupo de niños de aproximadamente dos años, unos extrovertidos y otros introvertidos. Cuando alcanzaron los trece años de edad volvieron a estudiar su comportamiento. Casi diez años después Schwartz y Kagan han ofrecido los resultados de su investigación: los que a los dos años eran introvertidos siguen siéndolo; los extrovertidos, lo mismo. Todo lo cual, además, en nada influye en su desarrollo, en su proceso de maduración intelectual y en su proceso de maduración física.

Difícilmente cambiaría a los tímidos, pues, una de esas terapias psicoanalíticas, ocupacionales, psicodramáticas, todas esas majaderías. Ni por supuesto cualquier manual vomitivo de esos que obtienen gran éxito en el mercado del libro y a los que llaman de autoayuda –cuando yo era niño a los enemas para combatir el estreñimiento los llamaban así las abuelas, ayudas, poner una ayuda.

Se reiría el tímido, pero seguramente por lo bajo, discretamente. Y a un extrovertido lo ponen en una de esas situaciones supuestamente terapéuticas y se descojona de risa. La amígdala cerebral haría que sus carcajadas le tintinearan en las amígdalas palatinas.

Los majaderos de las llamadas terapias alternativas, entre las que cabe contar el psicoanálisis y otras mancias mendaces y nescientes, se alegran mucho cuando alguno de sus pacientes se disfraza y actúa, superando, dicen ellos, su timidez: pero eso pertenece ya al campo del narcisismo. El mismo campo de los psicoanalistas, de los echadores de cartas, de los psicodramáticos, de los que ponen ayudas escribiendo sus manuales de gran éxito editorial… Y hasta de los que dirigen talleres de escritura. No cabe confundir la timidez ni la introversión con la solercia propia de la taimería más bellaca.

Homenaje a los doctores Schwartz y Kagan: ilustremos esta página, al menos mentalmente, con el cuadro de Mark Rothko (Marcus Rothkowitz) titulado Luz, tierra y azul.

Al fin y al cabo fue Mark Rothko quien dijo en 1959 a John Fischer, director de Harper’s, que había aceptado el encargo de pintar los murales para el restaurante Four Seasons, del edificio Seagram levantado en Park Avenue por Mies van der Rohe y Philip Johnson, «con la esperanza de que el restaurante se niegue a exhibir mis murales; sería el mejor cumplido que podrían hacerme. Pero no lo harán. La gente aguanta todo lo que le dicen que es arte».

En televisión, entrevista a un chico con síndrome de Down, dicen que el primero en obtener una licenciatura universitaria en Europa, una carrera de Letras –el chaval, por cierto, se expresa con bastante más propiedad que muchos periodistas de los que participan en tertulias y que muchos de los literatos que aparecen en el programa de Sánchez Dragó.

Pero no creo muy cierta la información, no es el primero; conozco a docenas de mongólicos con licenciatura universitaria, sobre todo de Letras.

Me consta, por lo demás, que en Bellas Artes e Imagen los mongólicos superan incluso a los que hay en las facultades de Letras.

Un muchacho, árbitro de fútbol sala, me cuenta que un día, en un partido de chicas, va una y le dice, al parecer un tanto disconforme con una de sus decisiones: «¡Árbitro, me vas a comer el coño!»

Le pregunto si hubiese merecido la pena.

—Sí, estaba muy buena, pero es que no puedes entrar en esas cosas, no te puedes enrollar con las jugadoras porque perderías credibilidad –me responde muy seriecito.

Creo que no comprendo a los jóvenes de ahora. ¿La credibilidad? El único problema a menudo devenido de las coyundas con las chicas es el de acabar enmaridado. No entiendo lo de la pérdida de credibilidad cuando se trata de comerle el chumis a una tía, así, en función de unas meras expansiones deportivas –y después de que, tras el partido, haya pasado por la ducha, claro.

Me invitan a un debate en Telemadrid acerca de la conveniencia o no del fichaje por el Real (Madriz) de David Beckham. Me importa un bledo toda esta historia, pero acudo porque pagan y porque en esos sitios uno se ríe bastante. Naturalmente, ando más pendiente de los fichajes que pueda hacer el Barça. Dicen que va a venir el brasileño Ronaldinho.

Debato con un periodista deportivo. El tipo está encantado con el fichaje de Beckham. Yo dejo claro que no soy madridista y que me importa poco que al Madrid le vaya bien (al contrario, prefiero que le vaya mal siempre). En cuanto a Beckham, digo lo que de veras creo: que es un futbolista menor, beneficiado mediáticamente –¡ese término!– por su matrimonio con la tal Victoria, de las Spice Girls, una pedorrilla (se asombran todos cuando le digo pedorrilla y un telespectador llama por teléfono, en directo, para afirmar que no tengo idea ni de fútbol ni de mujeres: bueno, los televidentes tienen todo su derecho al mal gusto; por eso lo son, a menudo –televidentes).

Hablo también de dandysmo (con y griega siempre, por favor) porque algún imbécil ha dicho que el Madrid, con Beckham, ha fichado a un dandy, y pongo como ejemplo de dandy futbolístico a George Best, y pido que no se confunda a un horterilla con un dandy. Al periodista deportivo con el que debato le pega entonces un ataque de moralina y dice que Beckham es un chico sano y que Best fue un borracho… «¡Mira cómo ha terminado, con el hígado destrozado!», apostilla dramáticamente, aludiendo a la cirrosis hepática que sufre, en efecto, George Best. Le digo que hay mucha gente que acaba padeciendo cirrosis y encima trabaja en la construcción o en la minería toda su putapénica vida.

Me voy contento, de copas, tras el debate. He concitado un montón de animadversiones.

Pasatiempos para madridistas.

Beckham. Beck significa hacer una seña con la cabeza, pero tiene también esta acepción: riachuelo. Y esta otra: tinaja para la lejía, el jabón o el tinte.

Ham, por otra parte, significa pernil, jamón. Y tiene esta otra acepción: corva, la parte de la pierna opuesta a la rodilla.

Sáquenle los que adhieren al Real Madriz una traducción conveniente al apellido del horterilla, su nuevo ídolo. Sugiero la que sigue: El que se mete en el riachuelo o en la tinaja hasta más arriba de las corvas para lavarse porque se ha cagado de miedo al ver de cerca a un defensa contrario.

En el VIPS de Neptuno, un domingo a la hora de comer, tras dar un paseo por la Cuesta de Moyano con mi hija Susana.

En la mesa de al lado una parejita, de veintibastantes años, sobre los treinta. Ella, rubita achochonada, con los ojitos claros, gorda, sin gracia. Él, calvito de los que se rapan para disimular la alopecia, flacucho, tiñoso, también de ojitos claros, con sandalias que hieden y pantalones a la altura de la rodilla, con una camisetucha azul mierda.

Piden la carta a uno de los camareros, con bastante mala educación, por cierto –el calvito.

Miran y remiran la carta y acaban exigiendo –no piden, exigen– sendos cafés con leche, nada más, mientras mi hija y yo comenzamos a comer.

Yo me limito a una excelente ensalada de pasta, acompañada de una cerveza helada. Mi hija Susana se pide una no menos excelente hamburguesa y una cocacola: ahí tienen motivos para la crítica no sólo los antiamericanos obsesivos sino los pedotécnicos (del griego pais, paidós, niño, y techné, arte: técnica de la educación) aplicados a la pedotrofia (del griego pais, paidós, niño, y trophé, alimentación: parte de la higiene infantil que trata de la alimentación). No se vaya a creer algún imbécil que hicimos un concurso de ventosidades. Aunque nuestros vecinos de mesa un buen pedo en toda la cara sí que se merecían, sí…

El calvito y la achochonada se miran mucho y se toman repetidamente de la mano, frente a frente. Lástima, pero no llego a oírles lo que se dicen. Puro amor bufo, seguramente.

El tipo se pone a sacar cosas de su mochililla y veo que deja un libro sobre la mesa. Budismo Zen, se titula. El nombre del autor, que no recuerdo bien, como para escribirlo con propiedad, sonaba a Tamagochi, algo así.

Juro que, cuando se levantan para irse, me entran ganas de salir tras ellos y pegarles un pescozón, por gilipollas. Pero lo dejo (puedo jurar que no padezco eso que llaman un trastorno límite de la personalidad) y me río con mi hija de una pija que hay algo más allá (de bastante mejor aspecto que la novia del budista calvito, por supuesto), la cual, con esa voz que ponen ellas, las pijas, pregunta en ese instante a una camarera si realmente está bueno el Cheese-cake que ofrecen en la carta de postres. Confieso que me excita un poco cuando la oigo decir Cheese-cake, así, como hablan ellas, las pijas.

En un número de la revista Mente y Cerebro (que incluye un trabajo muy interesante de Rainer Schwarting titulado Neurotransmisores y centros de placer), publicación trimestral de la excelente Investigación y Ciencia, leo una cosa que se anuncia como ensayo filosófico, titulada Idea y libertad, debida a Mariano Álvarez Gómez, catedrático de Filosofía y presidente de la Sociedad Española de Estudios sobre Hegel, de la Universidad de Salamanca. Ahí es nada.

Dice Don Mariano: «Hegel es el último filósofo universal en el sentido de que su obra se teje y construye mediante la reflexión sobre las más diferentes áreas de conocimientos e interpretación de la realidad, incluida también la ciencia empírica. Esto último no ha sido debidamente subrayado, lo cual es comprensible en parte por el lenguaje tan complicado de Hegel en este campo, en parte también porque las ciencias empíricas han avanzado tanto, que difícilmente parecen poder integrarse en el lenguaje intelectual de época muy distinta» (las cursivas son mías). ¿Pero en qué coño quedamos, Don Mariano?

Como dicen que dijo Baroja –yo no me creo que lo dijera él, pero vale el chiste, es muy bueno– cuando le contaron de la inminente aparición del periódico El Pensamiento Navarro, o es pensamiento o es navarro.

Añade Don Mariano en su ensayo –mejor los del rugby que tantas mentecateces filosóficas; al menos son más limpios, menos ofensivos contra la inteligencia, al contrario, demuestran técnica y estrategia, y resultan más espectaculares y vitales: hay que combatir para lograrlos– añade el señor Álvarez Gómez esta perlita deliciosa, que brillaría con luz propia, que se dice, en cualquier antología de la estupidez: «Ante las ciencias la filosofía debe aportar una visión propia en la línea de descubrir en la naturaleza la estructura que nos muestra su posibilidad de que sea conocida y señalar a su vez hacia dónde se debe orientar el conocimiento, con el fin de que las ciencias no terminen por convertirse en un instrumento para el manejo de la naturaleza, en lugar de permitirnos adentrarnos en su verdadero significado».

Todo, para explicar aquellas gilipollescas taxonomías que estableció Hegel para referirse a lo que denominaba mundo inorgánico: el mecanicismo y el quimismo.

Según Hegel, como lo recuerda Don Mariano, si la ciencia, al estudiar lo que él supone su objeto principal, el análisis de lo que llama naturaleza carente de vida, o naturaleza inorgánica, se escinde en su concepto por una parte y en su realidad por otra, no hay otra cosa que la abstracción subjetiva de una forma pensada y de una materia carente de forma.

Bien, que Hegel no tuviera ni puta idea, por ejemplo, de lo que podría llegar a ser un laboratorio farmacéutico (aparte de un gran negocio, por supuesto) se entiende perfectamente… Pero, vamos, Don Mariano, no joda… Usted, que algún supositorio analgésico y hasta balsámico y expectorante se habrá tenido que poner alguna vez…

Tengo en una esquinita de la mesa, a punto de caerse, una pila de novelas españolas y latinoamericanas ultimísimas, y otras estupideces que me han ido llegando en la última semana.

Mejor buscar estos títulos, que prometen una lectura satisfactoria: Affective Neuroscience. The Foundations of Human and Animal Emotions, de J. Pansepp (Oxford University Press; Nueva York, 1998) y The Neural Basis of Romantic Love, de A. Bartels y S. Zeki, editado por el Colegio Universitario de Londres, Departamento de Neurología.

Por lo demás, decir sólo por informar –se supone que soy periodista–, que las cuatro estructuras del sistema límbico que se activan en el amor reciben los siguientes nombre: Corteza cingular, lóbulo insular, nucleus caudatus y… putamen… Lindo, ¿verdad?

Putamen, del latín putamen, que significa cáscara; en Neurología, la porción externa del núcleo lenticular, que junto con el núcleo candado forma lo que funcionalmente se llama neoestriado.

Pero tampoco hay que privarse de llamarlas puta, putilla, putita, en el momento de la pasión amorosa, siempre con encantamiento, claro. A ellas les gusta, forma parte del juego cachondo. Además, puta viene del latín puta, que significa muchacha, sin más. Algunos capullos han escrito que puta es apócope de prostituta, ya ven.

Prostituta, del latín prostituere, que significa exponerse –y promocionarse, o postularse– públicamente.

Pueden pensar en alguna ministra del Gobierno de la nación. Y si usan la voz prostituto, pueden pensar en cualquier ministro. No es cosa de anatematizar y condenar siempre a los pobres mediante el uso de determinadas voces.

¿No quieres más ciencia, chaval? ¿Me dices que prefieres literatura? Pues te jodes.

Calomelano: cloruro de mercurio, o mercurio córneo.

Del griego kalós, bello, y melas –anos, negro. Así, pues, calomelano significa negro bello.

El químico francés Turquet de Mayerne (1573-1655) o Mayernel, según algunos autores, dio tal nombre a su descubrimiento en homenaje al esclavo negro, su criado, con el que amaba.

Seguro, chaval (chaval, del hebreo chauel, que significa muchacho), seguro que has leído un montón de historias parecidas, literarias… ¿Pero a que jamás te habías echado a los ojos una como la del químico Turquet de Mayerne y su criado negro?

El químico De Mayerne habló de la bondad del calomelano como remedio para la sífilis en su obra De gonorrheae inveteratae et carunculae ac ulceris in meatu urinario curatione (Oppenheim, 1619).

Para que veas, chaval, que en efecto nunca te acostarás sin saber una cosa más. Tampoco pasa nada porque un día, al acostarte, no te den por el culo, poeta.

Otra mujer bellísima, un descubrimiento: Norah Lange, la esposa de Oliverio Girondo. En varias fotografías de 1934, en Buenos Aires, durante una fiesta celebrada en honor de Federico García Lorca, a la que acudieron los asistentes vestidos de marineros.

Ella aparece disfrazada de sirena en una de las fotos. Me hubiera gustado conocer a Norah Lange. Su mirada de ignición lenta.

Miro y remiro la foto. Está igualmente el marido, Oliverio Girondo, a quien tanto leí y admiré cuando fui joven y entusiasta, lo que es decir tonto –bueno, aún hoy algunos de sus versos me siguen conmoviendo; acaso la tontería no se disipe jamás, ese nubarrón que nos fija a tantas cosas, en tantos sitios, como temerosos de que nos descargue su tormenta ignota, pero que suponemos temible, si nos movemos; nada más peligroso para uno mismo, parece evidente, que su propia tontería, que su propio ser tonto.

Miro y remiro la foto. Miro a Norah Lange y a Oliverio Girondo. Y evoco aquel cuento de Juan Perucho, Las arañas, que empieza así, traducido del catalán al castellano por él mismo:

«La joven y bella condesa iba muy a la última moda y surgía ante los deslumbrados ojos masculinos vistiendo estrechos pantalones acampanados y entallado chaquetón de pana color ciclamen. Su marido, el conde de Clathz, entomólogo de profesión, era un tipo siniestro a lo Erik von Stroheim, siempre con el cráneo rapado y usando monóculo, polainas y jerseys de cuello alto doblado. Llevaba perpetuamente enfundadas sus manos en guantes de reluciente cuero negro.

Por el contrario, la belleza de la condesa se apoyaba en el puro idealismo que le conferían su larga cabellera rubia, su tez pálida y sus ojos azules».

Sigue una historia policial, o tenebrosa, como se prefiera (por suerte la literatura de Perucho es tan ajena a los géneros codificados como a la vulgaridad, incluso cuando se adentra en el pulp), una historia de pavura –y hasta pavidez– entomológica, que acaba así:

«La bella condesa sanó muy pronto de su enfermedad, y los médicos le dieron el alta. En cambio, el conde se hundió rápidamente en la decrepitud, y babeaba por los rincones. Al salir del manicomio, Karin –que éste era el nombre de pila de la condesa– dejó de usar su título y montó una tienda de modas en Carnaby Street.

Ahora, un amigo mío me ha escrito desde Londres contándome que la atractiva y elegante Karin Clathz, habiendo enviudado del conde, se ha casado con un fotógrafo de moda y se ha convertido en una potencia en la edición y lanzamiento de posters. En uno de ellos, puede verse a Jane Fonda interpretando el papel de Barbarella, una Barbarella aterrorizada y retenida por algo así como vivientes lianas o finas y largas patas de arácnidos. Es, desde luego, un poster muy bonito, pero que muy bonito y audaz».

A mí me hubiera gustado ser el fotógrafo de moda de Norah Lange. Bueno, en realidad últimamente me da por pensar que me gustaría ser fotógrafo de moda, todo el día diciéndoles a las modelos a ver, nena, ponte así.

Lo de Norah Lange tiene más calado: revive en mí ese ansia justiciera que a veces me entra por liberar a algunas chicas de sus novios o de sus maridos, que no se las merecen.

Observen –por la calle, sin ir más lejos– cuántas chicas guapas hay que van acompañadas por sujetos infames, charros, ordinarios, indignos de tales bellezas.

Lo malo es que muchas de ellas, una vez desvelada su hermosura, son como ellos, joder.

¿Sería así, igualmente, Norah Lange? ¡Uf! Menos mal que ya no puedo conocerla, la verdad.

¡Uf! Menos mal que no siempre consigues ligarte a las tías que así, a primera vista, te causan el chasquido del bolo.

Cada amor imposible, una victoria; una desazón menos, un conflicto que no se produce. Aunque te quedes sin conocer un coñito nuevo –mejor eso, seguro, que una historia que indefectiblemente acaba siendo un coñazo.

Drácula, que comprende perfectamente todo lo anterior, dice a Bram Stoker (en el cuento de Juan Perucho El conde Drácula y Bram Stoker en Luhaschowitz), cuando la baronesa Bathory inicia su acercamiento al escritor:

—¡No! A Stoker, ¡no! ¡Te lo prohíbo, miserable réproba, condenación de las condenaciones! ¡Te irás del castillo, en seguida!

Vean, además, que Perucho no escribe enseguida, como sale la cosa en los manuales de los correctores y en los libros de estilo de los periódicos, sino en seguida.

(De Diario 1918, de J. V. Foix, traducido del catalán al castellano por Enrique Badosa:

«He malherido, en duelo, a tu amante. Pero te ríes porque llevas el vestido carmesí. Y porque con tu perfidia has sustituido al amante por el tramoyista. Yo castigaría tu maldad si tu peluquero no hubiera sido tu cómplice al desfigurarte grotescamente la cara. Otra mañana, empero, me vengaré. El techo no será, como ahora, tan y tan bajo ni en él habrá pintados, como ahora, tantos pájaros muertos»).

Amenaza otro cerdo. El tal Carlos, o El Chacal, Ilich Ramírez Sánchez, en fin, anuncia terrorismo casi cotidiano, según sus mismas palabras, contra «las podridas democracias occidentales». Y añade que «sólo hombres y mujeres armados de una fe total en los valores fundamentales de verdad, justicia y fraternidad serán aptos para librar a la humanidad del imperio de la mentira».

Bonitas homilías, las de los revolucionarios. Sólo que… ¿A cuántos cristianos, a cuántos marxistas, a cuántos nazis, a cuántos musulmanes y a cuántos rabinos ridículos y ortodoxos les hemos oído antes la misma barbaridad?

El tal Carlos, convertido a la fe islámica al igual que su esposa, la abogada francesa Isabelle Coutant-Peyre, elogia seguidamente a Bin Laden, claro. Y clama contra la mentira. Habla de librar a la humanidad del imperio de la mentira. Otro Roger Garaudy.

Toda esta gente viene, en fin, de San Agustín, el que dijo que la verdad es la adecuación entre la cosa y el intelecto. La cosa de esta gentuza está bien clara; lo dice un experto y no hemos de quitarle la razón, porque no miente; informa: «Las ideologías heredadas de la ilustración –desde el liberalismo al anarquismo, pasando por el amplio abanico marxiano–, con su énfasis en la secularización y en la ruptura con la tradición, resultaban –y resultan– poco atractivas para los musulmanes. Nada de esto ocurría con el fascismo. Pese a eventuales conflictos con las instituciones eclesiásticas, todos los fascismos no partían del sustrato ideológico de la Ilustración y, por el contrario, buscaron siempre el referente de la Tradición nacional respectiva. Aunque esta referencia a la Tradición fuera siempre acompañada de un firme propósito de modernización social y económica. Mussolini se reclamaba heredero del Imperio Romano, pero ha sido el político que más ha hecho en este siglo por crear una Italia social y económicamente moderna y avanzada. Hitler, combinó el culto al germanismo con una Alemania en vanguardia industrial. Este intento de combinar y sintetizar Tradición y Modernidad que, por lo demás, no es exclusivo de los fascismos resultaba también una fórmula atractiva para los árabes».

(Carlos Caballero Jurado, en La Espada del Islam, voluntarios árabes en la Werhmacht, García Hispán Editor, segunda edición, 1999).

En realidad, los marxistas como el tal Ilich Ramírez y como el tal Roger Garaudy –si bien éste no ha pegado jamás un tiro, quede claro, por lo que tiene todo el derecho del mundo a expresar lo que le venga en gana cómo y cuándo y dónde quiera; tampoco al otro, al Ilich Carlos Chacal Ramírez Sánchez, hay que privarle del derecho a expresarse, toda vez que ya cumple condena porque sí pegó algún tiro–, los marxistas revenidos en islamistas, no hacen sino el tránsito de regreso a las esencias fundamentales de su credo: esa negación de la libertad radical del hombre que auspician las concepciones teocráticas de la existencia.

Hay que reconocer, empero, que ellos sí presentaron a su Mesías encarnado, más allá de la mística: Lenin.

Perfeccionaron ahí al cristianismo, que lo llenó todo de crucifijos pero jamás ha podido lucir en sociedad a su Cristo. Ni siquiera el que sacan en las películas que pasan las televisiones españolas durante la Semana Santa resulta mínimamente creíble. A Lenin, por el contrario, lo tenemos hasta en un montón de filmaciones documentales, con su sonrisa de filete tártaro. Por no hablar de la momia.

«La vida a veces es fea, muy fea», me decía hace poco una amiga que intenta pagarse sus estudios –es pobre, dudo mucho que logre salir de empleos tan ignominiosos como el que ahora tiene– trabajando de camarera en un restaurante erótico que organiza despedidas de solteros, y como promotora de una marca de cigarrillos en los estancos, regalando un mecherito –así la conocí– a quien compre una cajetilla de la marca. Antes había intentado la venta a comisión, sin éxito.

«Las peores son las tías de las despedidas de solteras; los tíos son muy bestias, pero ellas son muy guarras, como perras, todas las noches salgo asqueada», añadía.

Le pido por favor que inicie otros estudios, es joven, aún está a tiempo de salvarse, o al menos de intentarlo; le sugiero alguna ingeniería técnica, e incluso cualquier formación profesional; le hablo de mi propia experiencia y de la de gente que conozco; le explico con lujo de detalles los problemas con que se encuentra un pobre, en la vida y en las profesiones, cuando se interesa a fondo por eso que llaman cultura y decide que puede ser grato trabajar en ello.

¿Qué estudia? Filología inglesa. No me cree del todo cuando le hablo de lo de hacer traducciones, ese trabajo afrentoso que a ella le parece original y cautivante.

«Bueno, hombre, tampoco hay que estar tan quemado», me dice la infeliz con una sonrisa mirífica. «Se trata de leer, ¿no? Pues no es tan grave, tío, yo estaría encantada», añade con un candor que me produce temblores paradójicos.

Me espantan tan a menudo los jóvenes –¿pero cómo andar con tías de mi edad, tan intolerables por muchísimas razones, entre otras las puramente físicas?– porque me recuerdan a mí mismo cuando fui joven. Me espanta, incluso, que nadie escarmiente en experiencias ajenas. Lo imposible espanta. He ahí una realidad de veras tangible.

Mientras alguien de mi familia me sugiere que deje de fumar –yo también me lo sugiero a menudo, como mis médicos me lo sugieren– y recuerda la muerte de mi padre a causa de un enfisema pulmonar causado por el tabaco, enciendo un dunhill. Y lo disfruto, como siempre.

Pero, sinceramente, lo otro me parece mucho más grave. No habría que empeñarse tanto en la salud cuando falta todo lo demás.

W. B. Yeats imaginó, en algún escrito cuyo título no recuerdo, a Gulliver exclamando al regresar a casa: «¡Maldito sea el día en que nací!»

Ahora se oye por ahí con bastante frecuencia algo que viene a significar lo mismo: «¡Como fuera de casa, en ninguna parte!» Se oye decir, sobre todo, entre los casados. Y entre las casadas.

Comprendo perfectamente a los casados que así se expresan, sin distinción de género.

Cuando lo fingido mejora lo verdadero. Prometedor título de uno de los capítulos del libro Breve historia de la mentira. De Ulises a Pinocho (Editorial Cátedra, colección Teorema, Madrid, 2002) de Maria Bettetini, que es italiana, a pesar de su apellido; no canta tangos ni hace psicoanálisis, ni películas tan horrorosas como las españolas. Quiero decir que no es argentina.

Pero la decepción comienza en cuanto se ve de qué habla: «El arte, el arte auténtico, no copia la realidad: la inspira. Conocemos la melancolía porque Shakespeare creó a Hamlet; amamos la luz blanca y temblorosa del sol porque tenemos en la mirada a Monet y a Pissarro». Y así todo.

Cualquier médico puede dar fe de que en los pabellones psiquiátricos de los hospitales hay melancólicos que jamás han leído a Shakespeare. Cualquiera, en fin, puede dar fe igualmente de lo mucho que conforta la luz blanca y temblorosa del sol aunque no tenga la menor noticia, ni visual ni intelectual, de Monet y de Pissarro.

Yo creí que la Bettetini –pues su libro resulta muy interesante y está documentado– hablaría en ese capítulo, no de arte, sino de la vida. De la felicidad, por ejemplo… Había anunciado, la muy tal, que lo fingido mejora lo verdadero.

30-VI-MMIII. Trae la prensa la noticia de que ha muerto Katharine Hepburn. Nunca se la consideró un sex-symbol seguramente porque siempre fue bellísima, evidentemente bella: no había que buscarle ni urdirle historietas paraestéticas, glamures de retrato más catatónico que el caballo de cartón de un fotógrafo antiguo. Se movía libérrima.

Me enamoré muy joven de ella, cuando vi por primera vez La fiera de mi niña y La costilla de Adán. Me pregunto cómo pudo soportar en la intimidad a tipejos como John Ford y Spencer Tracy (tan talentosos ambos, por cierto, sobre todo Ford, a pesar de su catolicismo irlandés y de sus borracheras expiatorias con violencia física contra Katharine; también la apalearía más de una vez, celoso, Tracy), pero, bueno… En cualquier caso, muchos tipos soportamos, hemos soportado y soportaremos en la cama, a tipejas que no son como Katharine Hepburn; no hay que reprochárselo, todos tenemos nuestras sentinas –en las dos últimas acepciones que tiene la voz: (1) lugar maloliente y lleno de inmundicias; (2) lugar en el que abundan los vicios.

La sigo queriendo. A Katharine Hepburn. También porque su apellido significa el fruto del agavanzo (Hep), o escaramujo, ardiendo (Burn). Fue, en efecto, un rosal asilvestrado y ardiente, más que una American beauty, y miren que es rosa hermosa la American beauty, una flor que jamás contemplarán, por ello, en las bailaoras de flamenco, esas burras que parecen pederse a zapatazos.

Una mujer iluminada por la exquisitez más radical, Katharine Hepburn. Vale, para ella, lo de El Cantar de los cantares, de Salomón: Como rosas entre espinas, así mi amada entre las hembras.

Ahora viene algún maricón –bueno, o algún escenógrafo, algo así, incluso un estilista de peluquería– y me recuerda el poema de Rilke a la bailaora sevillana.

Bien, miren, Rilke era un poco gilipollas. Lean lo que escribió en una de sus cartas a la maravillosa Marina Tsvietáieva:

«Mi dolencia es, más bien, de índole subjetiva (mentira, murió de leucemia, pero a los poetas les gusta proclamar infundios tales; creen en el feeling, en suma, como las secretarias gordas y las echadoras de cartas y los y las tarotistas en general, incluido Leopoldo María Panero, que es poeta, por cierto); me había acostumbrado a vivir sin recurrir a ningún médico y en tan absoluta armonía con mi cuerpo, que con frecuencia lo definía como la creación de mi alma».

Por fin me hago con el libro Cartas del verano de 1926 (Siglo veintiuno editores, 1984), la correspondencia de aquel año y aquella estación entre Boris Pasternak, Marina Tsvietáieva y Rainer Maria Rilke. Me lo consigue Alberto Blanco, de la Cuesta de Moyano. Me ha librado de ir a la Biblioteca Nacional para encargar fotocopias, cosa que le agradezco infinitamente.

Un amadamado.

Entro a cortarme el pelo en un salón para hombres y para mujeres. Relativamente chic y con precios ajustados.

Una joven aprendiz –tan joven que incluso dudo de si tendrá o no la edad legal para trabajar; para mí que debería estar en el colegio– me lava la cabeza, me pone una toalla sobre los hombros y me conduce al sillón. Aguardo.

Hay un mariconcito que se las da como de jefe y hasta de dueño –no es ni una cosa ni la otra, según me confirmaría después la peluquera que me atendió–, pero ya se sabe que a los maricones les gusta mucho llamar la atención. Y mandar. En esto se parecen bastante a las amas de casa.

Discute en voz baja con una de las chicas, una tontita guapita, y al cabo, como si tuviera el mes, se dispara el maricón y le suelta en voz ahora alta:

—¡Anda, niña, que lo que tienes que hacer es aprender a cortar el pelo!

La otra le replica, tratando de no darle demasiada importancia a la explosión colérica del piporro, pero se la percibe humillada:

—¡Pero si yo hestudiao peluquería! –dice la infeliz.

El maricón toma un secador de mano para peinar a una casi vieja, hace un mohín y se aleja de la chica tontita y guapita, con ademán despreciativo.

Hablo, poco después, con la peluquera que me atiende –no es de las más guapas que me han tocado en suerte, pero sí rabisalsera.

—Tiene malas pulgas, ¿no? –le pregunto refiriéndome al maricón.

—Es una cerda y una chivata –me dice la peluquera, bajito, riéndose al observar que me río–. Cualquier día le metemos un secador por el culo, bien caliente; se va a enterar –apostilla.

Tiene que hacer un alto para no cortarme una oreja, pues a los dos nos entra muy fuerte la risa.

Un vendehumos.

Diseñador gráfico, jefe de arte –esa cosa que se han inventado en las revistas para privar de espacio a los reporteros, para que no puedan entrar en detalles.

Como casi todos los de su gremio, infatuado, ridículo de vestimenta. Como casi todos los de su gremio, se cree un gran intelectual.

Un perfecto ignorante. Conversación preñada de infinitos deques, anivelesde, temas, lúdicos y quierodecires. Farda, además, de pintor. Un tipo muy moderno. Se las da de frecuentar playas nudistas; habla mucho de la libertad sexual, el amor libre, la realización personal, el erotismo como arte, todo eso; las chicas lo desprecian bastante, le hacen mucha befa y escarnio. El tipo, cuando alguna de ellas lo alfonsea y retrata sandunguera, hasta verdulera, sonríe con cara de tonto, sin saber qué decir: su ser más profundo.

En las fiestas es, claro, un imbécil enojoso e impertinente que va de grupo en grupo y hasta de pareja en pareja, tiende su mano a los desconocidos –o besa a las chicas– y se presenta cantarín con su hipocorístico ridículo: «Hola, me llamo…»

La gente le da la espalda en cuanto puede, mas cree él haber hecho muchas y grandes amistades. Le gusta relacionarse, dice. Es, según proclama, de los que jamás dejan un mensaje en un contestador automático o en un buzón de voz «porque no me gusta hablar con máquinas». Presume de sus chalecos comprados en sus viajes a la India. Adora –afirma– Marruecos. Lee a Carlos Castaneda. Compara la pantalla de su ordenador con un lienzo en blanco. Y con un libro en blanco también, «para llenarlo de poesía en colores». Textualmente.

Los maquetadores le odian porque, en lo laboral, es un perfecto hijo de puta, un tiralevitas de los jefes, sumiso y cobista, temiente y lacayil, que les obliga a echar horas y más horas en vano.

Sobre mi mesa, una antología de José Moreno Villa. Ve el diseñador gráfico el libro y me pregunta si lo escribió mi padre.

Si me llega a ver un libro del psicoanalista y psicodramatista austriaco J. L. Moreno seguro que me pide que se lo firme.

Dos textos para Interviú (fotos en el cuadernillo de verano, un trabajito más, de relleno) que no se publican al final por considerar la directora del semanario, Teresa Viejo, que “no los entenderán los lectores”. Firmaba mi heterónimo León García Mortensen.

Texto primero:

De los placeres termodinámicos del cuerpo

Según Newton, la termodinámica debe ser considerada filosofía natural en tanto es un principio mecánico que el hombre aplicó a partir de sus experiencias corporales. Vale. Es mentira, pues, que el calor aplatane y deje hechos unos zorros a quienes lo padecen. El verano no hace sino confirmar los deleites de la temperatura disparada al alza. El calor dinamiza, equipara y hasta equivale.

León García Mortensen

Queda bien resoplar y gruñir denuestos contra la temperatura en crecida. Puro cuento. En el fondo queremos mostrarnos fríos, morigerados y estoicos, que es lo que da tono. Pero la guasa va por dentro, lo que supone decir que disimulamos para no hacer evidente esa ley fundamental de la Termodinámica: que un cuerpo caliente transmite la propiedad de serlo a otros cuerpos que se hallan en sus inmediaciones. El calor, en suma, es un cuerpo, aunque no lo veamos. Nos fagocita y nos calienta. Y que corra la bola… de fuego.

¿Por qué el disimulo, entonces, si el contagio del calor puede ser estupendamente grato? ¿Por qué ese afán de demostrar una constante termalgesia cuando la canícula aprieta? Elemental, querido bañista: cuando se busca la termoanalgesia con que combatir la pretendida termalgesia no hace uno sino disimular los placeres mediante la justificación terapéutica, como casi siempre; bebo, querida, porque tengo la tensión baja; me abro la camisa, amigo mío, porque de lo contrario voy a congestionarme.

O sea, que me meto en el agua porque si no bajo la temperatura de mi cuerpo voy a reventar, no para darme el gozadón líquido del chapoteo –en el fondo somos como los delfines: hasta nos comunicamos– y de la despreocupación absoluta.

Como soy un enfermito de calor, un valetudinario expulsado del frío necesario para el buen cauce del curso de las cosas y todo eso, se me disculpa la barriguita, la pierna varicosa, la nalga cayéndose hasta las corvas como un reloj blando de Dalí, el seno desparramado, desmusculado y deserotizado.

Bendito verano, con su calor, en el que todo vale. Esa más que cierta relajación de las costumbres que auspicia el calor sirve para que todos nos equiparemos como nunca. No ya en las playas, en los ríos, en los lagos y en las piscinas, sino en las mismas fuentes de las ciudades torradas por la violencia térmica, podemos contemplar una muslada deliciosa junto a una más o menos jifera, y un rostro perfilado solejándose a pocos metros de una papada, y un cuerpo, en fin, un cuerpo, sin más, al lado de una bola con piernas y boca que consume bastantes, pero que bastantes más calorías de las racionalmente recomendadas en la ingesta.

Observarán que semejante y tan democrático prodigio, por ejemplo, no se da en las pasarelas de Milán, París o Londres. Ni siquiera en la Pasarela Cibeles. El calor no es tan malo; no es ese veneno neuromuscular que decían los médicos de hace un siglo y pico. Ningún fenómeno social, económico y político puede compararse al fenómeno físico –y hasta filosófico natural, como lo pretendía Newton– que es el calor, en lo que a sus bondades se refiere.

Vean que los ricos, en la playa y en sus piscinas, se horterizan como todo quisque (prescindan, empero, de pensar en ese pequeño detalle referido a la posesión o no de una piscina, o hasta de una cala costera recoleta; no se hagan mala sangre y acepten así, buenos ciudadanos de vacaciones, que el calor reblandece la sesera y anula el pensamiento); observen que, a menudo, hasta la más pintada luce bastante peor en cueros que vestidita de marca, y que hasta el más pintado no es a la hora de la verdad del estar en cueros un modelo para Fidias, como no lo es usted mismo. Claro: la carne no es mármol; la carne es simple energía… calorífica; y transformable, por ello. Y si de noche todos los gatos son pardos, bajo el sol todos los cuerpos sudan.

El calor, en suma, auspicia el coeficiente de dilatación. De cualesquiera dilataciones, como lo asegura la Física en general y la física orgánica en particular; esta es, digámoslo ya, su virtud más acrisolada. Hasta el campo de juego social dilata el calor, haciéndolo un poco más ancho merced a esas equiparaciones de las que hablábamos.

El verano es relajante, sí, desde luego –en el sentido menos santo del término. Pero para todos. Manga ancha, pues. Y que viva la dilatación como la manga de una pelliza.

(Texto segundo):

Malecón sobre el asfalto

Suele asegurar la gente por estas fechas que no puede pegar ojo, que las altas temperaturas nocturnas impiden el sueño. Pero no son pocos, al contrario, los que hallan la solución: tomar asiento en una terraza, asomándose al mar de asfalto.

León García Mortensen

Hay que aceptar que lo de mar de asfalto suena un tanto cursi, pero es un lugar común, lo utilizan bastante los poetas y los cantantes. Bien, hablemos, entonces, de cauces fluviales: la terraza, desde un punto de vista geológico, no es más que una consecuencia de la llanura aluvial; el río, así, cava en su curso un nuevo lecho hundiéndose verticalmente en los aluviones, de lo cual resulta la terraza.

Asomados al río, o asomados al mar, pues, pero sí comprobablemente asomados a la calzada y dejándonos de metáforas cancioneriles o geológicas, lo cierto es que en la terraza nocturna de la ciudad, mesita o mesa y hasta mesaza, dependiendo de cuántos seamos, silla repantingadora, copa alcohólica, refresco, agua, algo de luz, lo que se tercie, se pasa de maravilla el tiempo a veces torvo de la noche negra y caliente como la pez; y después, dependiendo de la compañía, hasta lo de yacer entre sábanas cuando la temperatura ha soltado un poco la férrea tenaza al rojo vivo de su brutalidad, puede resultar grato. O el simple descanso en solitario, si bien necesariamente corto. Ya saben: como fuera de casa, en ningún sitio… Sobre todo en verano.

De terrazas hay historias extraordinarias. Todos tenemos una. Todos los tíos nos hemos prendado de una camarera de terraza de verano, y seguramente todas las tías se han enchulado de un camarero de terraza de verano… Pero la historia más literaria, sin duda y muy a pesar de su protagonista, la protagonizó Francisco de Terrazas, poeta mexicano del siglo XVI, del que pocas noticias se tienen aun siendo el poeta de México más antiguo. Cervantes, tan atento a todo –por eso su Quijote es la única obra de toda la literatura española que ha influido realmente en la literatura universal–, elogia a De Terrazas en el Canto de Calíope, que se imprimió con La Galatea en 1584.

Francisco de Terrazas fue mayordomo de Hernán Cortés, alcalde ordinario de México y “persona preeminente”, según el cronista de Indias Bernal Díaz del Castillo. Fue, igualmente, pendenciero y mujeriego. Tenía una posada desde la que gobernaba la ciudad mientras escribía sus poemas y se daba a la bebida y a las mujeres.

Puede que fuese el primero que plantó una terraza en América. Según el propio Bernal Díaz del Castillo, “Francisco de Terrazas solía sacar a la caída de la tarde una mesa y varias sillas a la puerta de su posada”. Evidentemente, diremos, le cuadraba de maravilla el apellido. Nadie tan predestinado. ¡Lastima que no existiera entonces ningún registro de la propiedad intelectual, o de inventores!

En aquella terraza del buen De Terrazas, sin embargo, eran frecuentes las broncas. Más de una vez hubieron de llamarlo al orden los responsables, digamos políticos, de la colonia. Lenguaraz, escribía sobre la marcha versos que recitaba a las mujeres que pasaban ante su mesa, para deleite de sus amigotes y arrebolamiento de las damas de la colonia. Hasta que un día, al parecer borracho, dijo un par de versitos obscenos a una monja que llevaba de camino al convento a un grupo de hospicianas indias.

Al pobre De Terrazas lo prendió poco después la Inquisición, perdió su preeminencia y cargos… Y acabó perdiendo la vida. Menéndez Pelayo, como no podía ser menos, lo vitupera de pasada. Preferimos, claro, el elogio de Cervantes, que lo tiene por poeta superlativo.

Por fortuna, no hay ya inquisiciones que valgan, al menos tan evidentes y siniestras como la que se llevó por delante a este adelantado de las terrazas en América, que fue Francisco de Terrazas, poeta, bebedor, mujeriego y pendenciero.

Hogaño podemos disfrutar del gusto de la noche larga en cualquier terraza, y hasta recitarle a quien nos pete –y nos lo consienta, naturalmente– los versos más exquisitamente obscenos que seamos capaces de componer sobre la marcha, lo que no quiere decir que debamos convencionalizarnos a tal manera que parezcamos poetas, ya nos entendemos. Basta con dejarse llevar por ese gustazo repantingado de la silla, de la noche, de la copa… Y de la compañía. Pues como escribió Bernal Díaz del Castillo que dijo Francisco de Terrazas, “En la noche no duermo pues me asomo al Edén”.

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José Luis Moreno-Ruiz
Madrid, Spain
Nacido en 1953, ha publicado varias novelas y volúmenes de relatos, así como más de tres docenas de traducciones de distintos autores. Entre otros medios, trabajó durante diez años en Radio Nacional de España (RNE), donde llegó a dirigir y presentar el programa "Rosa de Sanatorio" (Radio 3), y catorce años en la revista Interviú, de la que fue jefe de Edición.
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"Pereda Cebú", novela de José Luis Moreno-Ruiz. Editorial Laertes; Barcelona, 2008

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