Diarios ilesos
(enero de 2003-marzo de 2004, y apéndice 2005-2006)
José Luis Moreno-Ruiz
Me confirman primero desde San Juan de Puerto Rico y después desde Athens, Georgia, USA, que de momento no se arregla lo de mi contrato, ni para irme como profesor a la Universidad de Río Piedras (Puerto Rico) ni para irme de lo mismo a la Universidad de Georgia.
Dos esperanzas al carajo, de seguidito, una detrás de la otra, en el mismo día.
Situación realmente jodida. Aquí cada día que pasa tengo menos trabajo como periodista. Simples colaboraciones de mierda que ni siquiera firmo; llevo ya mucho tiempo utilizando seudónimos –a esto también le sacaría alguien, seguro, algo de dinero: lo de ser otro siendo uno mismo pero sin serlo del todo, gilipolleces así, literaturas, cuando sólo se trata de comer caliente.
Seguir encadenado a lo de las traducciones.
Llego a casa, tomo un trago, fumo para tranquilizarme y abro el libro de Mihail Sebastian, Diario (1935-1944).
Cosas del azar, ¿no? Leo lo siguiente, escrito por Sebastian el jueves 16 de octubre de 1941:
«Nunca había pensado tan intensamente en emigrar. Sé que es absurdo, sé que es imposible, sé que es inútil y sé que es demasiado tarde, but I can’t help it. La idea de partir me embriaga. Libre, libre, en alguna parte, bien lejos. Dentro de unos días sale un buque con 750 emigrantes judíos y, aunque yo no estoy entre ellos ni puedo estarlo, me obsesiona. Estos últimos días he leído numerosas revistas norteamericanas que me ha dado Ocneanu (New York Times Book Review) y he visto, de pronto, con todo lujo de detalles, otro mundo, otro medio, otras ciudades y otro tiempo. Es el Struma. Pero para llegar allí me haría falta tener el sentido de la aventura y, principalmente, ser más joven, estar más sano y menos arruinado por la vida.
Look in my face: my name is Might Have Been».
Esto último, Look in my face: my name is Might Have Been, es terrible. Incluso podría hacerme llorar, así que cierro el libro y llamo a una amiga para quedar un rato.
Desde que ya no vivo con ella, las amigas se muestran mucho más receptivas, benditas sean.
¿Masoquismo? Puede… Esta vez llamo a una amiga, encantadora y guapa, aunque de las que leen (mal, lo que dicen en los periódicos que hay que leer) y critican mucho lo que escribo. Pero pasamos un buen rato cuerpo a cuerpo y además tiene que volver pronto a casa, antes de que lo haga el tipo que vive con ella.
Cuando me quedo solo, encima, pasan por televisión 12 angry men, de Sidney Lumet, en versión original. Eso me impide seguir leyendo.
El día, no obstante, es malo, muy malo. Por lo primero que he contado.
Se veía venir. No había muchos motivos para la esperanza, ni siquiera tras la caída de Sadam Husein.
Miles de chiítas iraquíes (XXII-IV-MMIII) rezan en Kerbala, ante la mezquita donde está el sepulcro del iman Husein, un mártir, una de esas hostias. Otros hacen el numerito de golpearse con la espada en la cabeza y con cadenas en la espalda, y chorrean sangre como cerdos. Alzan las manos y se sacuden en el pecho. Todo eso. Vociferantes. Sucios. Temibles. Peligrosos. Creyentes… ¿Seguimos?
Los progresistas y demás consideran normal y hasta bonito y poético y libertario que los iraquíes chiítas quieran ser protagonistas de su vida política (?) y pidan, en lógica consecuencia, dicen, que se larguen los norteamericanos y los británicos, esos infieles imperialistas.
Recuerdo con mucha vergüenza que en 1979 yo también me alegré de que el demente –de mística, una forma de demencia muy letal– iman Jomeini pusiera en fuga al Sha de Persia, aquel hijo de puta con balcones a la calle, pero sólo eso, un hijo de puta, a pesar de serlo con tantos balcones a la calle y alicatado hasta el techo.
Los progresistas islamofílicos también son místicos. Mucho más peligrosos, por ello, que los hijos de puta que gobiernan –Bush, Blair, Aznar, Berlusconi, etcétera; incluso Chirac y el alemán, cuyo nombre ahora mismo no recuerdo cómo se escribe y no me sale levantarme para consultarlo; han hecho lo mismo, Chirac y el alemán, que Aznar: poner a disposición de norteamericanos y británicos sus bases, disponer otros apoyos logísticos a la guerra. Pero Aznar es tan tonto que ha querido salir en la foto con Bush, sacando pecho como sólo lo sacan los enanos; Chirac y el alemán, más que nada porque preside el uno y gobierna el otro en países fuertes y de veras importantes, han hecho ver como que no estaban de acuerdo con la guerra; incluso han alentado a la movilización a sus ciudadanos progresistas.
Los americanos, con Rumsfeld y Powell a la cabeza, hacen su papel perfectamente, vituperándoles. Francia y Alemania siguen manteniendo, pues, su caché de países importantes, cabezas de Europa, independientes ante Estados Unidos.
Francia y Alemania seguirán siendo importantes, pues, porque a Estados Unidos interesa que así aparezcan.
El presidente del Gobierno español seguirá saliendo en las fotos con Bush, cosa de la que Chirac, un actor consumado, se cuidará muy mucho, ni siquiera mandará para la foto a su primer ministro –y la verdad es que los de la oposición sociata son tanto de tontos como Aznar; ese capullo achochonado con ojos de muñeca de bazar de chinos, el tal Rodríguez Zapatero, da mucha risa.
Dice en Interviú, en una entrevista, un tipo que se hace llamar Lichis, o no sé qué, y que se ha hecho famoso y rico merced a la canción suya –zafia, una españolada– con que la ONCE, lo de los ciegos, se anuncia en un spot publicitario, que el PP no ha hecho nada por la cultura.
El tipo, claro, considera que sus flamenquerías son cultura… Sugiere con eso, el que se ha hecho famoso y millonario con una cancioncilla para un spot publicitario de la ONCE, que él no ha recibido un duro –euro– en concepto de subvenciones… ¿Estás seguro, mamoncete?
Hay quien, cuando hablamos, se extraña de que me la sude muchísimo que gane las próximas elecciones el PP o que las gane el PSOE –una vez vi una pintada ácrata preciosa en una calle de Madrid: «El PSOE me la Psuda».
Los ácratas acertaban bastante. Recuerdo que en las manifestaciones de la CNT se cantaba: «¡Votando, votando, por el culo te van dando!»
Quédense con el sonido de esto, aunque no sea lo que parece: insacular (del latín in, en, y saculus, saquito: poner en una urna, saco o cántaro, cédulas con nombres para hacer un sorteo o elección).
También suena, insacular, a dar por el saco, ¿o no? La etimología, al cabo, no es más que la ciencia de la verdad, de lo razonable (del griego etymologia, de étymos, verdad, y de logos, dicción, palabra, razón).
Precisamente porque la etimología es verdad radicalmente, nunca será filosofía sino información; a menudo, sin embargo, pretende la filosofía apropiarse de esas informaciones inequívocas que ofrece la etimología, para justificarse. Pero siempre se le ven las bragas, en cuanto se sienta a descansar –la filosofía– tras el esfuerzo.
Jamás he votado. Alguna vez se me ocurrió que si al menos hubiera un partido socialdemócrata siquiera como los nórdicos, quizás mereciese la pena de hacerlo. Pero, nada. Que ni he votado ni pienso votar. ¿Y se puede tener ya a los socialdemócratas por un mal menor?
¿Habría que recordar, además, que aquí la llamada ley de reforma laboral, la que consagró el empleo en precario, hizo que florecieran las empresas de trabajo temporal y ultrasacralizó el despido libre, la legisló y ejecutó precisamente el PSOE, antes de perder las elecciones ante el PP?
¿Pero de qué demonios habla toda esa gentuza?
Toda esa gentuza, habla, en el fondo, de poesía. Y a menudo, mística.
Se extrañan también nuestros progresistas islamofílicos de que los intelectuales de los países de la Europa del este hayan apoyado mayoritariamente la guerra contra Irak… Algunos de nuestros progresistas con la cara gorda y media melena de señora gorda –como un tal Josep Ramoneda, habitual firma en El País, claro, la cosa, como se ve, va de señoronas gordas: también un tal Javier Pradera y otro tal Miguel Ángel Bastenier, del mismo periódico– incluso critican a Adam Michnik, a Imre Kertész, a György Konrád, a Václav Havel, que desde luego saben algo de lo que es sufrir el autoritarismo… ¿Pero se puede ser más bellaco?
Bueno, sí; son casi más bellacos aún los intelectuales cubanos, fíjense, el tal Silvio Rodríguez, entre ellos, que piden a sus compañeros de por aquí –los intelectuales españoles que tímidamente, fríamente, tangencialmente, han alzado al fin su protesta contra los últimos fusilamientos del régimen castrista y contra las detenciones de varios escritores y periodistas–, piden que no hagan el juego a los Estados Unidos, un país que no ceja en su afán, según ellos, de preparar la invasión de Cuba –¡ojalá lo hicieran de una vez por todas, en vez de utilizar su oposición a Castro con fines exclusivamente propagandísticos!
Con eso, los muy criminales, vuelven al viejo cuento de toda esta gentuza: que quien disienta de las felonías marxistas, y encima marxistocaribeñas, es un agente de la CIA.
Lo mismo sugieren unos cuantos comisarios políticos de por aquí, de Michnik, Havel, Imre Kertész y György Konrád, entre otros.
Pero la cosa, desde luego, tiene también su trasunto literario y estético, no lo duden.
¿Se han fijado en que el gran Danilo Kis, por ejemplo, no fue quien escribió aquellos versos de Nicolás Guillén, los que decían, «soldado si yo soy tú, soldado si tú eres yo, si somos la misma cosa, tú y yo», o algo así?
¿Se han fijado en que ni en una sola línea de las novelas de Kertész, que vio morir a tanta gente, que él mismo estuvo a punto de morir varias veces, primero a manos de los nazis y después a manos de los comunistas, sale una cita de una canción de Silvio Rodríguez, por ejemplo esa que dice «iba matando canallas con su cañón de futuro», para referirse a cualquiera de los soldados soviéticos que invadieron Budapest, primero, y Praga después?
Así que ya ven cómo son estos escritores de los países del este de Europa: suelen joderles mucho los soldados. Qué poco progresistas, caramba.
Con lo del 23 de abril (MMIII), la memez de todos los años: la lectura del Quijote en el Círculo de Bellas Artes de Madrid, ese sitio... Esta vez empieza Jiménez Lozano. Sigue mucha gente… Hasta unas cuantas putillas de la farándula, que no se leen ni la mano –¿y para qué habrían de hacerlo, la verdad, si hasta las líneas de la mano se les han convertido en rajas?
Lo más patético es lo de la gente de la calle, los simples ciudadanos simples que participan igualmente en esa camuesada hortera. Ellos no cobran, no viven de ese teatro pútrido; por el contrario, trabajan los más a cambio de un sueldo infame, insuficiente; no deberían prestarse, pero.... Si fueran de verdad personas decentes, lo que quiere decir que si no fueran personas a las que hasta su decencia han robado, nunca se dejarían engañar así. También salen niños de varios colegios, conducidos por sus profesores: ya los están acostumbrando a la esclavitud. Y luego les parecerá extraño que, de aquí a no mucho, más de uno se dé a las drogas –las mismas, por cierto, pero seguramente peor cortadas, con menos garantías, que hasta por el coño se meten las putillas que han leído su parte correspondiente del Quijote, a una de las cuales conocí hace no tantos años, cuando ya famoseaba y meritoriaba al estrellato, comiéndose toda tranca que se le ponía por delante.
Claro que, para eso precisamente, les roban hasta la decencia a los simples ciudadanos simples. Para que sean cultos como las putillas de la farándula y como Jiménez Lozano, hay que joderse, al menos en lo que dure la filmación para los informativos.
Entre los que leen, veo en televisión a unos cuantos que no es que no te paguen un trabajo –por ejemplo un artículo, unos derechos de autor, una traducción, un guión–; es que, si te dejas, te roban hasta la cartera aunque tengas poco. Y no los detienen.
Piden tres años de cárcel, sin embargo, para un pobre tipo que entró en una finca privada en algún lugar de Extremadura –oigo de pasada la noticia en un espacio de sucesos, mientras atiendo una llamada telefónica– para coger setas. Fue agredido por un guarda y devolvió la agresión, sin causar al otro males mayores.
Novios jóvenes y feos en la barra de una cafetería; meriendan; tomo café muy cerca de ellos, lo justo como para oír lo que se dicen.
El chico, muy hortera, en una de esas va y llama gatita a la chica, que ríe de gusto y abre la bocaza como si se corriera y fuese a gritar –¡qué desagradable la corrida de una fea!, supongo; por suerte, nunca se me ha corrido encima, ni debajo, una chica fea; jamás he llegado a lo de la intimidad con una fea, lo juro.
Ni que decir tiene que la dentona bocazas de la cafetería no se parece en nada a Michel Pfeiffer haciendo de Catwoman (en Batman Returns, de Tim Burton), por mucho que la llame gatita su novio, ni a la no menos bella Julie Newmar de la serie de televisión Batman & Robin, que comencé a ver en Puerto Rico en 1967 y que aún evoco como una de las mejores y más gozosas series de la historia de la televisión –eso sí que era pop-art, además; el cómic en sprint lenticular.
Una alegría: encuentro en El Rastro varios ejemplares de los que fueron dos de mis tebeos favoritos cuando niño: El llanero solitario –con su caballo Silver– y El cosaco verde.
Una decepción: tengo que traducir las historietas de crímenes y fantasmas que escribió Daniel Defoe.
Sin embargo, Michel Pfeiffer, aunque guapísima y estilosísima, no me pone… Es como una de esas amigas guapas y hasta elegantes con las que puedes quedar para ir al cine y ver una tediosa película de las que llaman muy intelectuales los que escriben en los periódicos y en las revistas –y ellas–, o para ir a una exposición, o a una de esas aburridísimas presentaciones de libros en las que los escritores se creen mierda aunque no llegan ni a pedo; una de esas amigas, empero, a las que no te follas.
Michel Pfeiffer (seguramente no será así, pero hablo de lo que me sugiere) tiene pinta como de no mojar las braguitas; lo mismo que le pasaba a Julia Roberts, hasta hace unos años; de un tiempo a esta parte, la verdad, se ha puesto tan hembra cañón que parece ir haciendo charcos por donde pasa y pisa y rueda.
Veo un sitio, web, o cosa así, de Internet, donde se establece un debate para fanáticos de Batman: Michel Pfeiffer Vs. Julie Newmar. Yo, si me entretuviera en hacerlo, votaría a la Newmar, claro.
Lo mejor de ese sitio, web, o cosa así, es que saca un montonazo de fotos de Julie Newmar como Catwoman, que sí me ponen. Echo un buen rato viéndolas.
En Internet, por cierto, busquen esas fotos en las que la impar Asia Argento sale con su felpudo tremendo que le pone una falda negra al ángel de alas desplegadas que lleva tatuado en el pubis.
Inenarrable, tanta belleza.
La fe terrorista de una facción del jesuitismo vasco lo envenena todo. A tales extremos, que una organización nacida al socaire de dicha brutalidad, la Asociación de Víctimas del Terrorismo, protesta muy sentidamente porque la SGAE da un premio al gran Alfonso Sastre –para mí, mucho más grande como narrador que como dramaturgo–, sólo porque, en una particular y muy ecuménica aplicación de sus mentecatas concepciones marxistas –a las que tiene total derecho: no ha disparado un tiro– decidió irse a vivir al País Vasco y apoyar políticamente a los llamados abertzales.
En Interviú, por cierto, publicó creo que a finales de 2002 un excelente trabajo periodístico a propósito de la malversación de fondos en esa Asociación de Víctimas del Terrorismo, una buena reportera: Ana María Pascual.
También protestan (los de la Asociación malversadora de dineros públicos) porque en Torrelavega se anuncia la actuación de un grupillo de rock, o algo así, que se hace llamar Sociedad Alcohólica –creo que se escribe Soziedaz Alkólica, no sé, algo parecido, ya saben cómo son estos tontolines del rock.
Consiguen que el Ayuntamiento de la villa cántabra y todo eso suspenda la actuación. Los de la Asociación habían dicho que tales músicos eran proetarras.
¿En qué se basan, si nadie los ha llevado ante un juez so la acusación de atentado con arma de fuego? ¿En que no cantan el Cara al Sol como lo quiso cantar en rock –o por ahí– hace años Miguel Ríos, ese chico del PSOE?
Se comprende perfectamente que personas a las que el terrorismo jesuítico-marxista ha asesinado a sus familiares respiren por la herida… Pero no la permisividad en ese su celo inquisitorial, que, a poco que pudieran, lo llenaría todo, de nuevo, de pelotones de ejecución y paredones.
España huele fatal. Como siempre.
Más de la España maloliente.
Unos jóvenes ciudadanos españoles –lo denuncian ellos, con mucho ardor patriótico, en televisión–, dos sujetos de Getafe (Madrid), son retenidos por la policía de Gibraltar, cuando se retrataban con una bandera española bien desplegada. Ni les acusan de nada, ni los torturan (que tome ejemplo la policía española, repetidamente denunciada aún, incluso desde foros internacionales, por tortura frecuente a los detenidos), ni los vejan; les dicen que los llevan a comisaría, sólo, para que se templen los ánimos de quienes los han visto montar el numerito de la foto y quieren agredirlos. Al poco salen tranquilamente, claro; lo de desplegar banderas es una gilipollez pero no constituye delito.
«Ej que no veaj cómo son lo hibraltareño, qué rabia que noj tienen a loj eppañole», dice uno de los sujetos, un tipo de esos que abundan en la periferia madrileña, patriotas pastilleros, que habla como el futbolista Raúl, el del Madriz…
Juro que, si yo fuera gibraltareño –cosa que alguna vez he dicho que me encantaría: ciudadano británico con buen tiempo, con sol–, me hubiera unido con mucho gusto a quienes pretendían agredir a estos sujetos. Ya está bien del mefítico, hortera, grosero, sucio, analfabeto imperialismo español, de tanta raigambre y teatralidad árabe, por cierto.
Ya basta, también en Cataluña y en el País Vasco, del mefítico, hortera, grosero, sucio, analfabeto imperialismo español.
Como dijo en ocasión memorable el poeta José María Álvarez, en España hay que vivir como los ingleses vivían en Sudán.
Una chica que se está aficionando al tango mejora mucho, fantásticamente, el que se titula El día que me quieras. Canta, y en vez de «y un rayo misterioso, hará nido en tu pelo», dice «y un rayo misterioso, arácnido en tu pelo».
Después se me lleva muy contenta un par de CDs con todo lo de Gardel.
Es realmente graciosa; está llena de gracia, realmente, aunque no creo que a la manera en que lo dijo Amado Nervo, como el Ave María. Es más, aseguro que no es tal su gracia, por fortuna. Te dice «mira, ven, así», para enseñarte unos pasos de baile del tango que se ha aprendido. Y te pega unos muslazos fenomenales.
Es profesora de aerobic.
¿Y por qué no homenajear a Cervantes –en vez de utilizar su nombre para la concesión de un premio borbónico y en vez de hacer la mamonada anual de la lectura en el Círculo de Bellas Artes– leyendo Las gallinas de Cervantes, de Ramón J. Sender, esa extraordinaria fábula sobre los padecimientos del pobre escritor; esa crónica de la metamorfosis que llevó a la esposa de Cervantes de mujer a gallina, explicitando así la teoría tan mentada pero pocas veces descrita del círculo vicioso?
Miren que se ha escrito sobre Cervantes, su vida y su Quijote… Pues bien, nadie con tanta finura y capacidad de prospección intelectual como lo hizo ahí Sender. Y con pocas páginas. Jesús (Jess) Franco debería llevar ese libro al cine. Nadie mejor que él para homenajear cual es debido a Sender –y de paso a Cervantes– como ya lo hiciera con Orson Welles –y de paso con Cervantes– en El Quijote de Orson Welles.
De vez en cuando, aún, echo un vistazo más o menos detenido también a otras novelas de Sender, La aventura equinoccial de Lope de Aguirre y El bandido adolescente. Dos lecturas de mi juventud de las que a fecha de hoy no me arrepiento, ni me río. Al contrario. Para colmo de gozos acabo de encontrar en la Cuesta de Moyano aquella edición que hizo la Editora Nacional de los Ensayos sobre el infringimiento cristiano, un libro de Sender con el que se me quedó alguna de mis ex mujeres, entre otros –bastantes.
Hay que ver, entre los periodistas, cuántos confunden los verbos infringir e infligir: muchos.
Un tipo derrotado, pero heroico.
En la calle de Lope de Rueda, en una tasca que se llama Casa Manolo, así de castizamente.
Almuerzo, tras pincharme la insulina en los servicios, cosa que a veces me depara el espectáculo de ver a alguien que mira, al observarme en lo del pinchazo –si los excusados no están libres y tengo que inyectarme en la zona de lavabos–, con ojos de espanto: vaya, me he ido a topar con un drogadicto, dirá.
En una mesa que hay algo más allá, un tipo, de unos sesenta y pico de años, enteco, con aspecto enfermizo, con la respiración disneica… Tiene toda la pinta o de haber salido poco ha del hospital o de haberse escapado de su mujer para ponerse hasta arriba, esquivando, al menos por un día, la dieta.
De uno de los bolsillos de su chaqueta asoma un tomito. Quiero pensar que es una novela de Marcial Lafuente Estefanía o de José Mallorquí. Me hace ilusión pensar eso. Yo también las leo a veces y las disfruto, a veces –de José Mallorquí me gustó mucho El Charro de las calaveras.
Come un primero de callos con garbanzos y de segundo un chuletón con patatas fritas. Ni verduritas, ni ensaladita, ni pescadito, ni hostias en vinagre… Después, de postre, flan con nata. Bebe mucho vino con gaseosa durante la comida y luego del postre se pide café y un coñac. Fuma plácidamente, con la copa. Cada calada al cigarrillo, de tan larga, debe llegarle a los pies.
Está congestionado, pero se le ve feliz, satisfecho. Va vestido modestamente pero con gran pulcritud; me recuerda a aquellos veteranos del Sindicato de la Construcción de la CNT, albañiles siempre pulquérrimos a despecho de su pobreza, cuando se vestían de calle, tras el trabajo.
Este hombre viste traje gris a rayas, con muchos años de uso pero limpio. Una corbata negra y camisa blanca también limpia. Gemelos muy pasados de moda en las puñetas de la camisa.
Paga, se levanta muy digno, dice un «que aproveche» a los que seguimos comiendo y se va muy tieso y algo envarado, como temeroso de que le fallen las piernas, pero con empaque.
Me dan ganas de aplaudir tanta dignidad y entereza, pero me reprimo, claro. Y sigo con mi filetito a la plancha, tras la ensalada. Eso sí, luego del café sin azúcar me tomo un Jack Daniel’s y brindo mentalmente a la salud del héroe. Y enciendo un dunhill.
No recuerdo quién escribió algo acerca de los héroes anónimos y todo eso, pero estoy convencido de haber visto a uno. Un héroe de sí mismo, y a pesar de sí mismo, o sobre sí mismo, mejor dicho. Como Rip Van Winkle huyendo de su mujer.
En el gimnasio al que acudo para mantener la forma y sobre todo para mantener a raya el azúcar, sito en el callejón que hay entre la calle de Rafael de Riego y el Paseo de las Delicias, varias chicas, de entre veintimuchos y treinta y pocos años. Guapas casi todas. Algunas, espléndidas, muy macizas.
La cosa va bien. Me he hecho amigo de ellas y bromeamos y reímos con lo de las pesas, los esfuerzos, todo eso… Creo que con una y hasta dos de las más macizas y guapotas tengo también chance, y eso que las más guapas son, al tiempo, las más estiradillas; se protegen, simplemente… Pero es fácil. Como se trata de un gimnasio de barrio no hay pijos ni modelos de pasarela, ni ejecutivillos, toda esa peste de tantos gimnasios, sino, por lo general, macarrones muy musculados. Incluso deformados de tanto tirar de peso, de tanto peso, mientras se contemplan con embeleso en los espejos. Las chicas, salvo que sean culturistas o irremisiblemente horteras, huyen de tipos así.
Supongo que, pues no soy uno de ellos –menos grave lo suyo, en cualquier caso, que ser como Justo Navarro y como Juan Manuel de Prada, de los que también huyen las chicas salvo que anden menguadas de clítoris o ahítas de culta vaginitis, que es como ir menguadas de clítoris: una amiga mía (E) que tiene el clítoris como una gamba, se descojona de risa al leer sendas entrevistas con los mentados, a propósito de sus últimas producciones literarias, y al contemplar sus fotos–, pues no soy un halterofílico, ni un Navarro, ni un De Prada, decía, me he ganado sin mayores trabajos el favor de las chicas.
A una, cuando estaba en el máximo esfuerzo, tumbada en un banco, levantando unas pesas, subida la camiseta, el ombligo al aire, una raja tremenda, un verísimo hachazo marcándosele bajo la malla deportiva, le he dicho ánimo, tarzanita, y le ha dado una risa floja deliciosa y ha tenido que parar.
En cuanto se ríen así, las tienes en el bote, no importa si están casadas o viven con alguien: quieren vengarse de que el tipo con el que conviven ya no las hace reír así. Y en esto no hay excepciones, amigos, no se hagan la tonta ilusión… Por eso, sean infieles cuanto puedan. O, mejor aún, no se casen, ni convivan. Limítense a gozar de la compañía de las mujeres, en lo que tiene de disfrutable, que es mucho, a pesar de todo, no se vayan a creer lo contrario, a pesar de todo.
El viernes, tras el gimnasio, cenaremos juntos la tarzanita y yo.
Otro tipo interesante; a buen seguro, otro héroe.
Suele vender libros viejos en Atocha, ante el Hotel Mediodía. Va siempre con corbata y chaqueta; un traje tan usado y bien usado como el del héroe de Casa Manolo, pero no igual de limpio, todo hay que decirlo.
Hoy (XXIV-IV-MMIII) le he comprado, a dos euros cada volumen, dos guiones de Luis Buñuel, editados por Aymá S. A. Editora en 1973 y 1975, respectivamente: El discreto encanto de la burguesía y El fantasma de la libertad. Tenía los libros en el suelo, sobre un trapo.
Cuando me voy a ir, oigo que me dice: «Mire, a lo mejor le interesa esto». Busca en una cartera de cuero, como las que llevábamos al colegio –este hombre debe ser cinco o seis años mayor que yo– y me saca Tres mujeres, de Robert Musil, en la edición de Seix Barral de 1968. Se excusa diciéndome que el libro vale un poco más caro, cinco euros. Le digo que está bien de precio, naturalmente, y se lo compro.
Supongo –repárese en lo que le he comprado; no tiene, además, pinta de chamarilero ni de trapero– que los libros provenían de su biblioteca particular, pero no me atrevo a preguntárselo.
Otro, probablemente, arruinado por la cultura. Otro, probablemente, pobre soñador pobre.
Hay otro también con traje, de los que suelen ponerse frente al Hotel Mediodía, pero más teatral, como alocado.
Va de culto, lo que no deja de resultar cómico; cuando fuma, sostiene el cigarrillo con la mano a media altura, la palma en paralelo al suelo y el pitillo, entre el índice y el anular, apuntando al cielo. Me recuerda a los viejos del cuadro de actores de Radio Nacional de España. Va muy limpio. Un día le presencié una actuación memorable –pero no suele tener libros interesantes, sino esos de saldo y grandes éxitos, que les dicen, lo que indica que se emplea en la chamarilería libresca.
Un policía municipal, en uno de esos arrebatos imbéciles y obcecados que les entran –o les ordenan, seguramente, pero hay que ver cuán a pecho se lo toman algunos las más de las veces; éste, sin embargo, es educado– contra la venta ambulante, se dirige a este hombre y le conmina a recoger sus libros y a largarse –al menos no se los incauta, como hacen con los discos pirateados que venden los negros y con las baratijas que venden los chinos y los indios.
Monta en cólera el vendedor de libros. Clama alzando los brazos teatralmente. Proclama: «La cultura está por encima de todo, incluso por encima de las leyes, incluso por encima de la Constitución… Siete años vendiendo cultura aquí, y ahora vienen ustedes a quitarme el pan».
El policía municipal, joven, probablemente con algunos estudios que al cabo le resultaron inútiles porque es pobre, quiere ponerse a la debida altura y le da la réplica: «No me venga usted con sofismas, caballero». Y le pide de nuevo, con sorprendentes buenas maneras, que recoja sus libros y se vaya.
Leve hipoglucemia en el gimnasio. Hago un alto y me nutro, me glucoso, rápidamente.
Bebo una de esas bebidas isotónicas, las llaman, que tienen en los gimnasios, y contemplo a las chicas en tanto me vuelven las fuerzas.
Como la merma de azúcar en el cerebro, cuando las hipoglucemias, hace lo que hace, y acaso pues contemplo a las chicas, y quizás porque ingiero una bebida isotónica –sabrosísima, por cierto– se me ocurre esto, que me sale de los huevos llamar haiku:
Cuando me bajo a tu pilón
Bebo una bebida isocóñica.
Quizás mereciera la pena recuperar aquella Academia y cátedra de Pilonería de la que habla Cansinos-Assens en Bohemia. Pero sin escritoras, mejor con las gimnastas. Un ejemplo entre otros muchos posibles: Lucía Etxebarría, qué asco de tía, es un auténtico callo malayo comparada con mi espléndida tarzanita del gimnasio.
Bueno, y esa tal Ángela Vallvey, ¿qué? Intenté leer su novelillo Los estados carenciales, algo así, con el que ganó un Nadal no hace mucho tiempo, y me daba tanto la risa que tuve que decir aquello de sigue tú, que yo me meo, lo que es como decir que hizo la reseña del libro otra persona, una becaria, que elogió semejante bodrio, como no podía ser menos.
Tengo un recorte de prensa en el que la Vallvey, ya en el titular, anuncia sus intenciones, a pecho –me temo que poco– descubierto: «Fui una niña que tenía miedo de caerse al cielo», dice. Para que la calibren. Y remata más adelante con una cosa así como de licenciada en Psicología, rama monjil: «Me siento superior a los hombres. La masa encefálica del macho está en desuso por el peso de la masa fálica».
Pues no será el peso de la masa fálica de quien te folle, nena, con el careto que tienes.
¿Pilonería para la Vallvey? ¿Alguien medianamente sano podría con una tía que sigue afirmando: «Me siento poema, no poeta. Quiero ser mi mejor poema»?
Seguro que, aun joven, sabe a parches de estrógenos.
Comentarios de actualidad, diarios, fragmentos literarios.
lunes 24 de septiembre de 2007
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Datos personales
- José Luis Moreno-Ruiz
- Madrid, Spain
- Nacido en 1953, ha publicado varias novelas y volúmenes de relatos, así como más de tres docenas de traducciones de distintos autores. Entre otros medios, trabajó durante diez años en Radio Nacional de España (RNE), donde llegó a dirigir y presentar el programa "Rosa de Sanatorio" (Radio 3), y catorce años en la revista Interviú, de la que fue jefe de Edición.
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1 comentarios:
Moreno, como todos los reduccionistas lateralizados, continuáis jugando sin todas las cartas de la baraja; por eso no podéis terminar la partida evolutiva. El por qué de ello es obvio para las gentes realmente inteligentes y no lateralizadas. Veamos:
Hasta el metabolismo vegetativo del más primitivo gusano es infinitamente más inteligente que la inteligencia consciente (neocortical) de cualquier humano como tú. Es más, el propio consenso entre la luz y clorofila mediante estados de superposición dirimen con mayor inteligencia metabólica las rutas más adecuadas para el aprovechamiento energético de la luz. Y la existencia de una coordinación, entrelazamiento y dependencia rectora de los organismos con la energía del medio ambiente. TODO ELLO DEMUESTRA ¡¡¡ UNA CORRELACION Y ENTRELAZAMIENTO !!! CON EL MEDIO AMBIENTE Y SUS FUERZAS: GRAVITATORIA, FUERTE, ELECTRODEBIL, ELECTROMAGNETICA, VIRTUAL Y LAS ESTRUCTURAS QUE SOMATIZAN; TEJIENDO ASI FISIOLOGIAS Y FISIOPSICOLOGIAS MUY PAUTADAMENTE RESPECTO A SU ESTABILIDAD GENETICA Y LA EXPERIMENTACION CON LA MISMA A TRAVES DE LA SELECCIÓN NATURAL ¡¡¡ EXPERIMENTALMENTE-PAUTADA !!!. No hay pues, equilibrio puntuado ni saltacionismo que puede interferir significativamente en la suprainteligencia vegetativa-metabólica de ningún organismo; porque esa inteligencia vegetativa es capaz de regenerar o no regenerar sus estructuras, de mutar o no mutar para adaptarse o NO al medio teniendo en cuenta o NO las necesidades fisiológicas y psicofisiológicas de las más o menos desarrolladas inteligencias de aquellos simbiontes que se han formado hasta que en ellos aparecen los neocortex más o menos desarrollados y sofisticados. Así pues, las especies se mantienen estables hasta y mientras la suprainteligencia vegetativas que las desarrolla VEGETATIVA Y METABOLICAMENTE y mantienen quiere en función de las necesidades y planteamientos de la dinámica rectora evolutiva del sistema solar ¡endo y exo-simbionte! quiere, etc. Hay endosimbiosis lo mismo que la mucho más importante exosimbiosis de entrelazamiento cuántico y subcuántico.
Cuando Lamark, pensó que la necesidad adaptativa podía constituir la fuerza evolutiva que podía hacer mutar una especie; no comprendió que tal decisión, ni siquiera en el humano dependía de las necesidades de su neocortex. No comprendió que por encima de la secundaria necesidad de un neocortex está la suprainteligencia y diferentes necesidades vegetativas del sistema límbico que da la vida y mantiene la vida de ese neocortex en correlación ecológica con el medio: homeostasis, entalpia, etc. Pues es el sistema límbico quien cura o regenera hasta donde quiere y cuando quiere el cuerpo y neocortex que ha tejido y con el que experimenta; y que finalmente hasta mata el neocortex cuando perfectamente podría no hacerlo; o hacerlo vivir, regenerar, mutar, etc. Por tanto, las especies se mantienen o no estables, se experimenta o no su devenir a tenor de las necesidades del sistema y no de una especie en particular. A un sistema límbico no le importa matar el necortex que sustenta y a él mismo, porque la inteligencia/mente vegetativa de cualquier sistema reptiliano y límbico es software virtual (no local) que no reside en el cerebro; como la onda/imagen no se origina en el televisor/hardware. Cosa científicamente probada y comprendida científicamente por aquellos pocos neocortex que utilizan suficientemente sus tres hemicerebros neocorticales.
Señores, cuando la baraja o enfoque evolutivo se reduce a la tercera parte del sistema que lo dirime; porque del neocortex sólo se emplea fundamentalmente una mitad, nada relevante se puede teorizar.
Atentamente,
Paulino.
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