La desnudez física se encuentra, en muchos pueblos de la antigüedad, asociada a los ritos religiosos, a la magia, al culto y a las honras, incluso las dadas a los muertos.
Los sacerdotes sumerios, sumarísima y sumadísimamente, oficiaban desnudos: tenían además el buen gusto de no permitir la entrada a sus oficios a quienes mostraban un cuerpo deforme, con lo cual nunca hubieran bendecido –es un decir– cualquier inicio de competición paralímpica.
Tampoco hubiesen inaugurado un campo nudista, ni una playa de lo mismo, esas casquerías.
Las fiestas dionisiacas y lupercales romanas estaban caracterizadas por la desnudez total o parcial de quienes participaban en ellas.
Las sacerdotisas cretenses, por su parte, llevaban las tetas al aire, como en alguna competición futbolística reciente lo hemos visto hacer a unas cuantas seguidoras de la Selección de fútbol de Holanda (la Selección española, sin embargo, lleva a sujetos disfrazados de toreros y a un gaché acemilar y de expresiones semovientes que responde al nombre de Manolo el del bombo).
Los aztecas, a su vez, tenían en sus danzas rituales a muchachas que exhibían el chumino gallardamente, abriéndoselo al máximo con las manos mientras poco a poco iban siendo poseídas por la música. A las que mostraban el pipón más grande, les prometían doblones de oro para cuando llegaran los españoles.
Algunos profetas de Israel se desnudaban para auguriar, valga el verbo, si bien esto acaso fuera debido a una impresión machirula con la cual hacer la conveniente muestra de que, gracias a la circuncisión, descapullaban extraordinariamente, urgiendo a que se les pusiera allí un pesa, no fuese a suceder que alcanzaran los altísimos cielos al punto y hora de sacarle a Yaveh un ojo, de un pollazo.
El rito cristiano del bautismo, en sus orígenes, exigía la desnudez. Claro está, pronto se prohibiría eso, pues muchas pecadoras arrepentidas hubo que, nada más avistar la pila del agua bendita, se daban un baño de asiento. Y en el cristianismo se habla del milagro multiplicador de los peces, pero no se especifica si se trata de los bacalaitos sin perfumar.
Apolo, según lo refiere Plinio, exigía que la medicina fuera administrada al paciente desnudo por una virgen también desnuda; según el mismo Plinio, las tormentas se disipaban al conjuro de la mujer desnuda, aunque va aún más lejos y asegura, igualmente, que los campos se hacen fértiles cuando un hombre y una mujer, tomados de la mano, restriegan sus partes pudendas sobre la tierra, antes de que, ellos mismos, la siembren.
Tratadistas hay, los cuales aseguran que de ahí parte, a su vez, la tradición médica del raspado de matriz, así como la intervención llamada de la fimosis, sin duda mucho menos cruenta, en haciéndola así, que mediante su práctica con un casco de botella rota.
Todas estas cosas, aunque un poco arcangélicamente, cierto es, le hacen soñar a uno con aquel esplendoroso pasado clásico… Sobre todo cuando Plinio habla de la medicina ejercida por mujeres vírgenes desnudas. Algo que, y a fin de demostrar que muchos tiempos pasados sí fueron mejores, nada tiene que ver con lo que se hace en esos mataderos enormes del Insalud, antes llamados, con mayor razón, de las SS (Seguridad Social).
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En la medicina tradicional china, por otra parte, se denomina estrella de mar palpitante al esfínter anal, u ojo del culo, designación que le llegara a la literatura erótica precisamente desde esos tratados médicos antiguos.
¿Tocaría Louis Braille muchas estrellas de mar palpitantes, para establecer su sistema de lectura para invidentes?
Viene esto a cuento de que Tsiao Longqian, antiquísima figura de la medicina tradicional china, fue, según ha llegado a la historia, ciego. Y bien sabemos que en la lectura mediante la vista, la lectura convencional, el individuo capta de manera globalizada y simultánea (véase la obra Psicología de la ceguera, de Enrique Pajón –con perdón– Mecloy), varias palabras, hasta un tercio del renglón. Así, ningún elemento de la palabra tiene preferencia sobre los demás.
En cambio, en la lectura táctil el proceso de captación es sucesivo en vez de simultáneo.
En este supuesto, el fenómeno debe seguir mecanismos muy diversos. Se ha podido comprobar que, con frecuencia, los ciegos, al leer, se saltan parte de la palabra por haberla adivinado ya nada más poner en el texto las yemas (de los dedos; las de los huevos habrán de seguir en la silla).
De ahí se colige la importancia del tacto, igualmente, al modo de manera de lectura amorosa.
Eustiquiano de Procul, seudónimo de un burgalés, fraile capuchino del que se decía, entre los suyos, que siempre llevaba en el culo un pino, escribió allá por 1928, y no se sabe bien por qué razón, pero sí que lo hizo tras presenciar una de las primeras corridas de toros en las que los caballos de picar lucían aquellos petos inaugurales para evitar que el astado los despanzurrara, y en su afán de evitar a la comunidad desgarros a trochemoche, escribió de la importancia del tacto en la estrella de mar palpitante china, sugiriendo el acudir a un poco de saliva a las yemas –de los dedos–, para bien conducir el miembro viril forzosamente ciego, miembro viril visto y no visto, ora lo tapa una nalga, ora un muslo, escribe el benemérito capuchino, no obstante presentido en el aparatoso vórtice sumidero de los cuerpos en puja que no ameritan junar, ventaja última del amor sobre las exposiciones de escultura.
Hombre culto y muy leído, el buen Eustiquiano de Procul, bien sabía lo que dejara escrito el rabí y tratadista médico Abraham Bar Hiyya Ha-Bargeloní, judío español de antes de Isabel y Fernando, lo cual afirma que el ojo experimenta errores relativos a la proporción de la cosa vista, según que se encuentre próxima o lejana al sentido de esa cosa, y también las formas y aspectos cambian en la visión hasta el punto de verse lo largo, corto, y lo corto, largo; lo ancho, estrecho, y lo estrecho, ancho; lo redondo, cuadrado, y lo cuadrado, redondo.
Habremos de convenir, a tenor de lo escrito por el benemérito capuchino, que esa filosofía lógica griega a la que aludió Gaudier-Brzeska al referirse a la necesidad de que en el arte la razón sea secundaria con respecto al instinto, oponiendo lo mórbido de Praxiteles a la firmeza viril de Fidias, primaba en las concepciones éticas y estéticas de Eustiquiano de Procul. Pero con cuidado.
No obstante, mantuvo siempre el buen capuchino la exhortación al silencio de los frailes, recordándoles de continuo aquella máxima de Porfirio de Tiro, según la cual las sensaciones por el tacto casi dan forma corpórea al alma y la provocan inconvenientemente, cuando la mano toca el sexo de la mujer, si el que toca es el hombre, o el sexo del hombre, si quien toca es la mujer. Entonces emite el alma inconvenientemente sonidos inarticulados, como si de un asno en celo se tratase.
Ante eso, los pobres frailes, si bien modosos y silentes, aparte de resignados, se preguntaban dónde estaría ese lugar de las mujeres.
Todo lo más, aunque muy bajito, cuando llegaba el momento de que se entabicaran a un compañero, siguiendo, eso sí, las enseñanzas táctiles de Eustiquiano de Procul, le decían al oído María José, María del Carmen, Sonsoles, María de la Ascensión, María Antonia y cosas por el estilo.
Lástima que aún no se conociera aquella canción de Manolo Escobar, la que dice madrecita María del Carmen, para que al menos lo hubieran podido susurrar, y empujar, canturreando un poco.
Severine decidió combatir contra la explotación y los malos tratos a los animales cuando residiendo en Arles, Francia, conoció el mundo de los toros.
—Sabemos, a pesar de lo que usted proclama ahora, que tuvo tratos carnales con el torero chino, Chinito de Francia.
—De entrada, le falla a usted la información. Chinito de Franciano es chino, sino francés, hijo de padre polaco y madre vietnamita. Se llama en realidad Lucien Tien Orlewsky. Debería consultar el Cossío más a menudo.
—Prefiero leer Épica y lírica del fútbol, de Julián García Candau, pero vale... Aunque, seguro que no me equivoco en lo de su historia de cama con el tal Lucien Tien Orlewsky, alias Chinito de Francia.
—No fue una historia de cama.
—Me la contó un banderillero, señorita Labiche...
—Miente. Tuvimos una historia en el coche de la cuadrilla, pero cuando llegábamos ya a Madrid, pues iba él a confirmar su alternativa en Las Ventas. Fue a la altura de Torrelodones, más o menos.
—¿Allí, en el coche, con los picadores y todo?
—Pues sí; resulta que Chinito de Franciaes un mitómano y quiso repetir lo que cuentan de Luis Miguel Dominguín y Ava Gardner, que lo hicieron en un taxi, camino del Aeropuerto de Barajas, y yo, que iba dormida, me enteré de la cosa cuando ya tenía mucho camino adelantado... Así que me relajé y dejé que hiciera...
—¿La violó, eso insinúa?
—Hombre, no tanto... Es cierto que resulta difícil encontrar a alguien más fascista que un taurino francés, pero la verdad es que, como digo, me dejé hacer. Quería comprobar si es verdad que los chinos la tienen tan pequeña como contó García Márquez que dijo Fidel Castro que la tenían, después de recibir de China, como donativo, un cargamento de condones para los cubanos... Puro afán antropológico, más o menos cultural, que tengo... Y, bueno, aproveché para montar en el coche de la cuadrilla una performance Chunga.
—No me diga que también bailó flamenco…
—Vaya, caramba; disculpe mi pronunciación; quería decir Shunga. Monté una performance de arte Shunga.
—Pero eso es japonés, señorita Labiche, no confundamos… Shunga significa “manantial”. El amor como un manantial… ¿Quiero acaso decir con eso que puso usted el coche perdido, que tuvieron que achicar como si estuviesen en un bote que hiciera aguas?
—Ja, muy gracioso… Veamos. Shunga, realmente, es voz japonesa que viene del chino Chungonghua, que significa, literalmente, “pinturas del palacio de la primavera”, ¿estamos? De ahí que, en japonés, Shunga no signifique manantial, sino primavera… Otra cosa es que algunos autores hayan querido asociar la primavera con los manantiales, y etcétera... Licencias poéticas. Como fue una gran licencia poética mi performance en el coche de la cuadrilla. Fue genial. Hasta ahora sólo había hecho cosas semejantes en fiestas lesbis. Je, los chinitos, digo en general, vamos, los orientales, a falta de carajo bien calibrado, se frotan cual lesbis, se lo juro…
—Ya, pero Chinito de Franciano es chino, ni por supuesto japonés, usted misma lo ha dicho...
—Bueno, pero es medio vietnamita, y los vietnamitas tampoco gastan gran carajo... De ahí el éxito de los norteamericanos entre las putas de Saigón, sobre todo si eran negros, los pobres, que sólo tuvieron éxito entre las putas de Saigón… Y es medio polaco, Chinito, digo, y los polacos, como son más papistas que el Papa, pues eso, que de común follan menos que el chófer de Su Santidad.
—¿Qué tiene que ver eso con el calibre?
—No, nada... Pero lo importante, más que el tamaño en sí, es el coeficiente de dilatación, ¿no? Y como siempre están rezando, pues resulta en verdad difícil que... ya sabe...
—Hombre, entonces no seríatan agresivo, el tal Chinito de Francia...
—No, sí sólo me hizo cosquillas en el felpudo, fue gracioso... Y los picadores silbando, como si no se enterasen... Pero, bueno, pelillos a la mar… En cuanto a lo del calibre, o tamaño, le diré que autores hay los cuales sostienen que el Shunga se basa en los más legendarios tratados medicinales chinos, un proceso que tuvo sus orígenes en la era Muromachi (1336 a 1573). Se ha dicho, incluso, que ha recibido el Shunga influjos del dibujante erótico de la dinastía Tang, Chou Fang, quien, como muchos otros artistas eróticos de su tiempo, tiende a exagerar el tamaño de los genitales masculinos… Seamos comprensivos y hasta caritativos, hombre de Dios.
—¿De dónde le viene a usted, entonces, su aversión hacia la fiesta de toros?
—Viajé con ellos porque se ofrecieron gentilmente a traerme a Madrid, pues quiero ayudar a erradicar las corridas de toros, a los conservacionistas españoles que a ello dedican sus esfuerzos... Por lo demás, soy zoófila, en el buen sentido, claro... Desencantada de los hombres, o del ser humano en general, por decirlo mejor, he decidido dedicarme por entero a los animales y a las plantas.
—Pero, bueno... Que Chinito de Franciatuviera la colita pequeña, y que encima su coeficiente de dilatación no fuera el exigible, no es motivo para... Además, un toro de lidia no es el minotauro de Picasso.
—No, hombre, qué bestialidad... Amo a los toros platónicamente, como se suele decir. Soy zoófila en espíritu. Además, o como dejó escrito un crítico taurino, Joaquín Vidal, los toros y los hombres se parecen mucho, perdonando la manera de señalar. Pero no me acuesto ya ni con toros ni con hombres.
—Ya me deja más tranquilo... ¿Y lo de las plantas?
—Pues resulta que, desencantada de los hombres, y enamorada platónicamente de los toros, cayó en mis manos un libro escrito por la sexóloga Ann Hopper, en el que habla de los muchos goces solitarios que una mujer puede procurarse con el suave tacto de una planta... Es mucho más delicado y fino que hacérselo con pinzas de la ropa, o con un cepillo de dientes, como recomiendan en las películas pornográficas... Poniendo el tiesto en el salón, por ejemplo, y agachándonos sobre y hacia la planta, en un movimiento como de baile y con las piernas abiertas, para rozar nuestra flor con la planta, se goza de veras.
—Mañana mismo regalaré a mis compañeras de redacción cactus mexicanos.
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(Bien, en aras de relanzar mi candidatura como crítico literario de cualquier medio de comunicación importante, extraigo de mis Diarios ilesos, 2003-2006, varios fragmentos escritos allá por 2005, y que atesoran una raigambre inequívoca de exégesis libresca y tal.
Para proceder a mi contratación, acúdase a este blog, ya que ahora mismo carezco de los servicios de un agente o de una agenta con el parrús magenta, literario/a).
(I)
Otra vez Chesterton, ese castigo. Únicamente había leído yo de él, de joven, El hombre que fue jueves, una tontería más o menos soportable (muchas veces me he preguntado cómo pudo causar admiración de tamaña manera Chesterton a Borges, pero bueno, también apreció Borges extraordinariamente la obra de Lugones…) De un tiempo a esta parte, por dinero, lo tengo que traducir a menudo –a Chesterton, claro–, y que no me falte el cabrón, que los dineros mandan, sobre todo cuando no se tienen, a ver si le siguen encontrando por ahí los editores unos cuantos cuentos estúpidos más, inéditos o no, me la suda bastante, y hala, a sacar otro librito.... Parece que se vende bien, por eso lo reeditan tanto (en España se publicaron muchos libros suyos en los años 50 y 60, claro). Ahora me han caído unos cuentos, no sé si inéditos o no en castellano, me da igual, y me pongo rápido con ellos para quitármelos de encima y cobrarlos cuanto antes. En dos de los tales (The five of Swords y The Tower of Treason), su antisemitismo es directo e indisimulado. En el primero, compara a un truhán con Disraeli; el truhán, claro, es moreno, judío, tiene los ojos negros y roba. En el segundo, dice textualmente que los judíos son «más inhumanos cuando más humanistas se muestran». Todos los malos de sus cuentos, ahí, se apellidan Miller, Moss, Hartmann… Apellidos bastante comunes entre los judíos británicos. Repugnante Chesterton, como casi siempre. De una de mis traducciones de Chesterton (creo que la titulada El regreso de Don Quijote) hizo un comentario muy elogioso en El País uno de esos chavales babazas que adoran la literatura, a buen seguro por la mera razón de que no tienen que ganarse la vida y en consecuencia no aceptan empleos deshonrosos como lo es traducir a Chesterton, entre otros cuantos más.
Dicen, empero, que cuando el antisemitismo comenzó a captar adeptos políticos filonazis en el Reino Unido, Chesterton viró y empezó a criticar sin cuento a los fascistas de por allá. No lo sé, no consigo encontrar nada al respecto; si alguien conoce esa parte de su obra, por favor, me la comunique... En cualquier caso, ahí está lo que escribe de los judíos. Si tienen razón los que hablan de ese viraje, sea, no lo fusilemos ni siquiera póstumamente. Démosle nada más una patada en el culo, acaso a la manera in articulo mortis –culo rima con articulo. Por pesado, simplón literario e hijo de puta.
Ya lo dijo George Orwell, por lo demás, en un artículo de febrero de 1945 a propósito del antisemitismo en el Reino Unido (Anti-Semitims in Britain): «There was also literary Jew-baiting, wich in the hands of Belloc, Chesterton and their followers reached an almost continental level of scurrility».
El Belloc del que habla Orwell es otro poeta y novelista inglés, muy amigo de Chesterton, nacido en Francia (1870-1953). Escribió una cosa, Europe and the Faith (1920), defensa acérrima del catolicismo que podría suscribir tranquilamente un musulmán sólo con poner Islam donde aparece Iglesia, una mierda que cualquier día publicarán por aquí, igualmente, nuestros modernos, como una demostración más de la disidencia y hasta de la excentricidad, y todas esas cosas que atribuyen –nuestros modernos, no los británicos libres de una fe, tampoco los anglicanos– a los católicos británicos.
(II)
Todavía, en alguna publicación, esta vez en la revista Tiempo, semanario que se dice de información general, a vueltas con los escritores de la Falange y esas cosas. De un tiempo a esta parte justifican el rollo pestífero a causa del novelillo de Javier Cercas sobre el fusilamiento que no fue fusilamiento de Sánchez Mazas, aquel escritor casticista y relamido y segundo, en lo político, de José Antonio Primo de Rivera. Entre otros prosistas cochambrosos de aquel tiempo, el de la Falange, elogian desmesuradamente, de nuevo, a Rafael García Serrano. Incluso elogios de los izquierdosos vector culturalista se llevó ya en vida García Serrano. Dicen que fue un gran escritor. Bueno. Yo leí hace años La fiel Infantería, Eugenio o la consagración de la primavera, Diccionario para un macuto y La ventana daba al río, y la verdad, caca de la vaca. Lo de Eugenio o la consagración de la Primavera, novela dedicada a José Antonio Primo de Rivera, es una mariconada digna de Corín Tellado o de Carlos de Santander, creo que se llamaba o firmaba así otro novelista rosa, al que leí, como a García Serrano y a la Tellado, porque sus libros estaban en la biblioteca del cuartel donde hice la mili (dice Miguel García Posada en uno de sus volúmenes de memorias, Cuando el tiempo no es nuestro, y lo dice con razón, que Mario Vargas Llosa elogia a Corín Tellado para no tener que hablar de otros escritores españoles que realmente importan, pero para mí que además, Vargas Llosa, buen narrador tantas veces, es así de cursi). Grandes escritores lo fueron, es cierto, los franceses y colaboracionistas Driu Larrochelle y Céline, mucho más grande, para mí, Driu Larrochelle que Céline, personajes directamente fusilables ambos, sin embargo. Driu al menos tuvo la honestidad de suicidarse al perder la guerra Alemania; Céline anduvo de quejica, aunque le perdonaron la vida (véase De un castillo a otro), pero vale lo dicho: fueron dos grandes escritores, lo que demuestra que en tantas ocasiones ser un gran escritor no es otra cosa que una mierda, lo que viene a ser caca de la vaca, en definitiva, tanto como la obra de García Serrano.
Compro en un puesto de la calle La gran esperanza, de García Serrano, premio Espejo de España (Editorial Planeta) de 1983. Desconocía el libro, pero recordaba perfectamente, al comprarlo, lo que escribieron a su propósito los del vector izquierdoso culturalista, crítica de libros y todo eso, cuando salió publicado. Caca de la vaca, también. Una mierda como el sombrero de un picador, una mierda como la teja de un cura, una mierda como la boina de los requetés, una mierda como la boina de los falangistas, una mierda como la gorrilla de los legionarios… García Serrano, del que llegaron a escribir los del vector izquierdoso de la cultura que elogiaba incluso a los rojos por su arrojo en el frente, sólo admite, de entre aquéllos, a los que se pasaron a la Falange. En su libro, los crímenes, claro, únicamente los cometieron los rojos (y es verdad que cometieron muchos los milicianos, por ejemplo los de la CNT, y por supuesto los comunistas, aunque éstos se emplearon fundamentalmente contra los anarquistas y otros izquierdistas más que contra los fachas, ya saben: aquel pacto entre Stalin y Hitler que entregó literalmente la República a las tropas franquistas). Nada, en García Serrano, de las barbaridades cometidas por sus falangistas, y en todo el norte podrido de consagraciones y misas de campaña, en su Navarra natal muy principalmente, y en Álava y en Santander, y nada de las barbaridades del requeté, la carlistada. La carlistada navarra –requeté– solía hacer divertidísimas excursiones nocturnas, viva Cristo Rey, para secuestrar a mujeres, hijas o esposas de republicanos huidos, muertos, o combatientes en el frente, mujeres a las que violaban en grupo, a buen seguro después de haber comulgado convenientemente, y a las que luego suministraban aceite de ricino, para que no se dijese que en el bando nacional había escasez, sin duda. Nada de eso cuenta García Serrano, y es verdad que lanza alguna patadita contra el requeté, contra la carlistada, contra la derecha tradicional, en fin, pero leve. Es cierto, sin embargo, que los falangistas cometían menos tropelías de ese tipo que los carlistas, se limitaban a fusilar y a escribir mucha poesía, como es sabido. Elogios desmesurados de García Serrano al cura Yzurdiaga (un mediocre poeta y prosista casposo de tantas iluminaciones) y a Ángel María Pascual, su conmilitón poético, al que, por cierto, he leído porque también de Pascual dijeron los rojillos de por aquí y algunos exquisitos que era un gran escritor, un delicadísimo poeta, y caca de la vaca, un d’orsiano tan cursi como el protomaricón militarizado Xenius. Lo mismo de Eugenio Montes, así de elogiado igualmente por el izquierdoso vector de la cultura, sección crítica de libros. Montes fue el que acuñó aquello –lo cuenta García Serrano– de «Navarra, la Esparta de Cristo». Un gran verso, desde luego.
De veras, el único gran escritor que dio la Falange fue Álvaro Cunqueiro, y se les fue pronto de las manos. Vean que jamás lo vindicaron.
Tras la lectura del libro de García Serrano, probablemente para quitarme el mal sabor de boca, leo uno sobre Lucio Urtubia, anarquista navarro que compartió andanzas con el gran Quico Sabaté, un libro debido a Bernard Thomas, y bueno. Lucio Urtubia, todo un personaje, sí, un ácrata de una pieza, irreductible, atracador de bancos, falsificador de moneda, que siempre trabajó como peón de albañil, sin embargo, porque los ácratas no eran gangsters y atracaban y falsificaban para la causa, para ayudar a sus presos y pagar abogados, para comprar armas, para imprimir periódicos y revistas, pero no para lucrarse (aunque a mí, la verdad, no me parece nada, pero que nada mal, que se atraquen los bancos sólo para lucrarse; hasta un dicho hay que reza el que roba a un ladrón tiene cien años de perdón, ¿no?), todo un personaje Lucio Urtubia, digno compañero de Quico Sabaté, el guerrillero urbano por excelencia, el héroe de la Barcelona de los años 50 del siglo XX ocupada por los franquistas, pero el libro es como una exégesis. Termina aburriendo, la santidad, siempre.
Mejores, infinitamente mejores, aquellos libros de otros anarquistas irreductibles como lo fueron esos viejos anarcosindicalistas, muy viejos ya cuando los conocí y traté, Eduardo de Guzmán (Nosotros, los asesinos; Madrid rojo y negro; La muerte de la esperanza) y Gregorio Gallego (Madrid, corazón que se desangra), amigos míos ambos, muy queridos. Con Eduardo de Guzmán estuve en los años setenta del siglo XX en aquel periódico de la CNT, Castilla Libre, y en la revista ácrata, de efímero paso, Historia Libertaria. Quiero recordar también, siquiera sea para que algún periodista capullo, valga la redundancia, se ilustre si lo cree conveniente, la lectura de las obras debidas a Diego Abad de Santillán y José Peirats, por ejemplo. Siquiera sea, también, para que conozcan versiones distintas. Aquí, la Guerra Civil española se ha contado siempre desde el fascismo y desde el comunismo. O desde cierta monsergada anglosajona que confunde a un dictador católico y sanguinario como Franco con un conservador europeo cualquiera, por ejemplo como Churchill… Bueno, esa fue la justificación anglosajona para no invadir España tras la victoria aliada contra Hitler: que Franco sólo era malo para lo españoles –lo dijo un inglés cuyo nombre no recuerdo ahora, embajador del Reino Unido en Madrid– pues no pretendía exportar su fascismo sino firmar ventajosos tratados de cooperación.
Interesante también lo que refiere Bernard Thomas en su libro (Lucio, el anarquista irreductible), acerca de cómo tantos anarquistas españoles que cruzaban la frontera para atentar contra Franco (los únicos de todo el exilio, por cierto, que lo intentaron) llegaban ya denunciados por la policía de la República Francesa, patria de la Libertad, a la policía franquista, cuya brutalidad sólo encuentra par, seguramente, en las policías de tantos países árabes y latinoamericanos. Aunque mejor contó eso, aún, Eliseo Bayo en su libro Los atentados contra Franco.
En cualquier caso, un libro que leí ya cuando me fui de la CNT, en 1979, lectura que me dio la razón: Ni Dios, ni amo ni CNT, de Carlos Semprún Maura, autor también de otro excelente libro de memorias, titulado El exilio fue una fiesta. Hace poco oí decir a Carlos Semprún Maura en un programa de televisión, uno de esos debates en los que el moderador apenas deja hablar a los que tienen algo importante que contar, que, la verdad, los exiliados españoles siempre se han quejado mucho y sin razón en bastantes casos, porque lo que les pasó en Francia, comparado con lo que les pasó a los judíos franceses durante la ocupación alemana y el colaboracionismo de tantos de sus conciudadanos, fue cosa de bastante menor importancia.
(III)
Mejor que la mierda falangista antes dicha: sale en Valdemar una antología de cuentos de vampiros, traducida por mí. Destaco, porque es de justicia hacerlo, y porque los gocé al traducirlos, los cuentos de autores del siglo XX (los del XIX son los tontorrones de siempre) como Henry Kurtner (Yo, el vampiro), como Theodore Sturgeon (Tan cerca de la oscuridad), como Richard Matheson (Primer aniversario), como Ray Russell (Sanguinarius) y como Robert Bloch (El muerto viviente). Magníficos escritores pulp.
Apunto, porque vale para todos ellos, lo que digo en el prólogo a una traducción de varios cuentos de Robert Bloch que acabo de entregar traducidos (julio de 2005) también a la Editorial Valdemar: «A destacar, igualmente, y si es que cabe destacar algún cuento pues acabada la lectura de uno que nos parece insuperable va Bloch e indefectiblemente lo supera con el siguiente, a destacar esa buena cantidad de cuentos en los que el ciudadano común es protagonista... espantoso. Aquí es donde más brilla Bloch como cronista de esa América profunda (son los escritores pulp probablemente quienes mejor la han reflejado negro sobre blanco), una América brutal, terrorífica, demoledora, haciendo de la fantasía no más que un vehículo con el que transitar humorísticamente (hay mucho humor negro en Bloch) por los riscos del género, fiel siempre a su tesis: la realidad es infinitamente más temible que la ficción; un loco es mucho más temible que el más cruel de los vampiros de la tradición literaria. Compárese al conde Drácula, por ejemplo, con el protagonista del Enoch de Bloch, o con el niño del cuento La gatera, o con la niña de Dulces para lo dulce, o con el infeliz de El aprendiz de brujo, y se verá que el terror descarnado de estas historias es perfectamente identificable, no sólo un divertimento literario».
Aquí, cualquier día va un joven novelista alechonado de esos que hay ahora y nos cuenta novelado, claro, lo del asesinato de Calvo Sotelo, y en clave conciliadora, por supuesto. Y al teniente Castillo, de los Guardias de Asalto, asesinado días antes por los sicarios de Calvo Sotelo, que le sigan dando. Como les siguen dando a los más de doscientos rehenes republicanos que tenían los del Alcázar de Toledo. ¿Alguien los volvió a ver con vida? Sólo Rafael Torres ha escrito sobre esto.
(IV)
¿Para qué leer, tantas veces, habiendo televisión? Dos momentos gratísimos, de TV, en un mismo día. Primero, en un canal de videos musicales, Gwen Stefani, esa chavala deliciosa. Después, en otra cadena, generalista ahora, The Gunfight (aquí la traducen como El gran duelo), película de 1971 dirigida por Lamont Johnson, con Kirk Douglas, Raf Vallone, Karen Black y el enormísimo Johnny Cash. Para un par de días más adelante, anuncian en el canal TCM The private life of Sherlock Holmes, de Billy Wilder, película de 1970 con Robert Stephens, Colin Blakely, Irene Handl y Christopher Lee. La película, mejor que cualquier relato de Doyle. Lo de Wilder, la mejor biografía que, en realidad, se ha hecho del propio Conan Doyle, sobrepasando a su personaje más aún de lo que el propio Doyle se sobrepasó a sí mismo al crearlo.
(V)
Me pongo con otra traducción encargada. Otro libro abyecto de Chesterton: La esfera y la cruz. Se lo ofrezco a los jóvenes novelistas chochones y alechonados que hay ahora: un trabajo –literario, claro, faltaría más– titulado algo así como Diálogo en el cielo entre Chesterton y Agustín de Foxá, una cosa como aquella de Maurice Joly titulada Diálogo en el infierno entre Maquiavelo y Montesquieu, de la que tomaron inspiración los autores del panfleto Los protocolos de los sabios de Sión (el panfleto atribuye a los judíos lo que Joly pone en boca de su Maquiavelo), un trabajito –literario, claro, faltaría más– en el que los novelistas de ahora chochones y alechonados rastreen los según ellos –seguro– benditos influjos de Chesterton en la obra de Foxá, ya que de abyecciones hablamos, sobre todo en Madrid de corte a checa. Pues es abyecta, igualmente, la intención grosera de todos estos chochones alechonados por la reconciliación, por su rescate de escritores tan sucios y sórdidos como Foxá. Y como Chesterton. Chesterton, en La esfera y la cruz, hace una defensa del catolicismo brutal, obtusa y obscena, y además, naturalmente, se muestra de un antisemitismo tan vil y además cobarde –pretendía que lo suyo sólo era literatura– como siempre lo demostró en su obra. A Chesterton hoy apenas lo leen ya en el mundo anglosajón; prácticamente sólo se acuerdan de sus libros en los colegios católicos de Estados Unidos y del Reino Unido. Aquí los progres lo leen y elogian mucho. Ante mi extrañeza por la publicación de libros tan malos como todos los suyos que me han dado a traducir me dicen los editores que se venden muy bien. Pretextan además los elogios de Borges a Chesterton. Pero Borges, tan grande, tenía a menudo un gusto literario pésimo (elogió también a Lugones, no se olvide, y al mentecato Swedenborg, un puto loco insubstancial), un gusto literario de señora, y su fijación con el relato que él llamaba policial, y su consecuente postulación de Chesterton, no es más que la vergüenza que le daba hablar bien de Agatha Christie. Elogió a Chesterton, en realidad, porque sabía que ya entonces no lo leía nadie. No quiso elogiar a la Christie porque era una vieja con peluca, casi como él mismo. Prefería a los hombres con bigote: Chesterton era bigotudo, como Francisco Ayala, del que cuentan que se prendó Borges cuando el sobrevalorado escritor español y funcionario público republicano anduvo de exilios por la Argentina.
Tres probables suegras tomando el té; la Mujer Maravilla como Venus, y una reunión de brujas según Goya.
PELUQUERA DE LA TERCERA EDAD
José Luis Moreno-Ruiz
Trabajó como auxiliar de enfermería en un geriátrico, hasta que la expulsaron por encontrarla encamada con un anciano, pero es tal su pasión por los viejos, que ahora, con unos ahorros, intenta montar en Madrid su propia peluquería, sólo para las más mayores. Para comprarse los tintes, los potingues, alquilar el local y todo eso, inicia una carrera como conferenciante.
—O sea, que se define usted como gerontofílica, y sin el menor asomo de rubor.
—¿Y por qué iba a ruborizarme? Peor es lo de una hermana mía, a la que expulsaron del zoológico de París en el que trabajaba como auxiliar de veterinaria, por querer imitar a la legendaria domadora Numa Hawa.
—¿La de Papini?
—Sí, Numa Hawa tenía fama de hacérselo con el gorila que paseaba por todos los circos de Europa. Una burda mentira. Bien, pues mi hermana fue víctima de otra maledicencia semejante. Sólo fue que bailaba con los gorilas cuando tenía que ponerles una inyección, y les daba caramelos, y un día el jefe dominante de la manada se la entabicó sin que ella pudiera dar un saltito atrás, qué iba a hacer, la pobre... Nada más. Pero hágase cargo de que la significación del movimiento radica en la situación en que quien es observado lo ejecuta, pues de esa situación recibe el movimiento su significado… Como para partirles la cara a tantos mirones. Ese en alguna parte en que el movimiento tiene lugar, lo que es decir la situación como gerundio, ya no es, sin embargo, idéntica al sí mismo, léase sí-mismo, que se mueve. Ese sí-mismo es ahora el que se mueve, el que está allí frente a mí, para entendernos; es cierto en cualquier caso que siempre tiene que pasar más allá, ¿comprende?, pero para mí, digamos para el espectador, el sí-mismo es el punto de unión de los gerundios: el centro, que ante mis ojos, suponiendo que sea yo el espectador, responde al llamado que surge de la escena.
—¿Y su hermana...? ¿De veras? O sea, ¿fue verdad o no?
—Sí, ya se lo he dicho, ¿y qué? Tengo otra hermana que se lo hace a sabiendas con un notario calvo con pompones de canas parietales y a nadie le parece extraño... Claro, como es hombre de dinero... Imagínese, no un pobre gorila… Se trata, pues, de la incongruencia que encontramos aquí en la ubicación del en alguna parte, y el sí-mismo, entonces, permite un desplazamiento del campo que otorga la significación… En suma, que pues mi hermana era muy brillante como veterinaria especializada en póngidos, con malas artes comenzaron a contarle sus compañeros del zoológico, cuatro tíos y un par de tías, mucho más feas que ella, y a las que nunca, por ende, les hubiera abutronado el cacas el gorila, comenzaron a cantarle eso de “estaba el orangután sentadito en una rama, vino entonces la orangutana y le comió la banana”… Ni siquiera fueron fieles al sí-mismo de la escena, a la evidencia circunstancial de lugar, siquiera, pues no se había tratado de un orangután sino de un gorila, entre los cuales se dan aún mayores diferencias que las habidas entre Marcial Lafuente Estefanía y Bret Harte, sea a la manera de ejemplo.
—Pero lo suyo, con los viejos...
—Y ahora con las ancianas. Una suerte de semántica escénica; es como comprobar los movimientos de los herbívoros, por un lado, y de los carnívoros y los monos, por el otro: la diferencia sólo se torna clara cuando observamos que los segundos viven en un dominio diferenciado, diametralmente distinto del de los herbívoros. Aunque ambos grupos tengan dentadura postiza, las viejas tienen la deferencia de quitársela. Los viejos, empero, más de una vez me la dejaron prendida del clítoris.
—¿Liga usted en la peluquería?
—Siempre hay alguna que tiene un buen querer... Por lo general, le diré que las viejas demuestran una mayor morigeración, como acabo de sugerirlo, en tanto son más respetuosas que los viejos, una vez situadas ante mi clítoris… Sólo cuando el mundo ha sido reducido a la rigidez de la intemporalidad, el humano puede tornarse apacible: comprendemos la danza sólo a partir del espacio transformado por la música o por el silencio. Ese espacio sin pasado y sin futuro de la danza, que difiere ampliamente de nuestro mundo cotidiano de utilidad, crea la danza, insufla a la bailarina, en este caso a la vieja que te come el potorro, una nueva vida que metamorfosea su cuerpo. Es como aquello que dijera Guardini, a propósito de sus ensayos sobre la psicología de la religión, cuando describió el gesto litúrgico a partir del mundo de los fieles. Los viejos, aun cuando ya no se les pone tiesa, sin embargo, siguen siendo verdaderos demonios.
—¿Y qué diablos puede ver en ellas, en las viejas? ¿No le dan asco? Usted es joven y tiene un muy buen ver…
—Mire, se lo cuento: mis hermanas son un par de artistas de aquí te espero. Si no lo fueran, ¿cree usted que serían capaces de hacérselo con un gorila y con un notario, respectivamente? Pues considere usted que yo no les voy a la zaga, aunque, quizá por mi trabajo anterior como ayudante en un geriátrico, tenga yo un mayor interés sociológico, o sociologista, que ellas. Verá, sabido es que en nuestra cultura la suegra está muy mal vista, manifestación, ese mal considerar, de la cultura masculinista, cuando no decididamente machista, que padecemos... Bien, todas las viejas que van a mi peluquería, bueno, a la peluquería en la que trabajo ahora, que aún no he podido montar la mía propia, todas, son suegras... Y estoy en disposición de demostrar que se trata de mujeres tiernas, cariñosas, con una inusitada capacidad de amar y de recibir amor... Calculo que para el año que viene tendré ya acabado el libro que estoy haciendo sobre el amor de las suegras. Trataré de ilustrar convenientemente mi tesis: si estoy con el otro, con la otra en este caso, con la vieja; si estoy hablando y escuchando tal como lo hace ella, yo estoy absorta como lo está ella igualmente: absortas ambas en el mundo que nos une. Así vamos más allá de los sonidos producidos por nuestros órganos vocales en beneficio de la cosa, visible o entendida, a la que nuestras palabras se refieren. Dedicaré un capítulo a las onomatopeyas de la succión. Algunas, benditas sean, cuando me lo comen se han metido antes en la boca, fuera ya los dientes postizos, un caramelo de menta.
—¿Cree usted que se lo publicarán, si, como dice, padecemos una cultura tan acendradamente machista?
—Sí, me he ligado a una editora... Le encanta que se lo coma tirada ella en su escritorio. Cuando se pone como loca me pide que le meta el ratón del ordenador, pero creo que es porque ha leído eso de que a Richard Gere le gusta que sus amigos le metan ratoncitos vivos por el culo, atados con un cordel (risas). Con ella, mi editora, la elucidación parcial o incierta del tema en común de conversación se modifica en la oscuridad de la intención del otro hacia mí. La criptología de lo físico, digámoslo así, que primero consistió en el paisaje conversacional desde un solo punto, y en consecuencia siempre parcialmente oculto, deviene en sí-mismo interior oculto del otro. El rostro es, pues, el espejo de su sí-mismo interior; del corazón, ese lugar de sus decisiones. Por lo cual no habrá problema para que me saque el libro.
—¿Esa editora, es vieja?
—No, pero va camino de serlo... Sale un montón en la tele... Ya anda con el climaterio a cuestas y está muy deprimida, ya sabe, como Virginia Woolf. Y está a punto de ser suegra; su hija se casa el mes que viene de penalty, que se la tiró un novelista al que mi editora auspicia y del que se enamoró platónicamente, y ya ve usted, el tipo, tan ingrato... Va y se lía con la niña, que es una guarrilla, y eso que mi editora, para poder amarle sin mala conciencia, se separó de su compañero de toda la vida, con el que en los años setenta iba a los cineclubes y a los recitales de Serrat y de Paco Ibáñez... Encima, ese asqueroso irá por ahí luego maldiciendo a su suegra, como todos los hombres.
—De manera que es usted, más que modelo, una especie de señorita Hite de la senectud...
—Ya quisiera la petarda esa de la Shere Hite que alguna de las mujeres que aparecen en sus informes sexológicos, que yo creo que se inventa la mitad, le hubiera contado lo que se puede hacer con un rulo de peluquería... Sus mujeres son como muy convencionales, sólo usan vibradores, consoladores... Todo lo más, un cepillo de dientes…
—¿Y qué se puede hacer con un rulo de peluquería?
—Pues escribir un ensayo (risas). No, mire usted… Un rulo de peluquería es como un ojo estriado a través del cual observar el poliformismo de ida y vuelta de la fenomenología sartriana de la mirada, que según él, y en tanto que se refiere a la mirada del otro, provoca enajenación. Según Sastre, los ojos del otro te despojan de tu mundo, te hacen sentir culpable. Todos los ejemplos expuestos en El ser y la nada para sustentar ese criterio son de carácter misantrópico: un hombre espía por el ojo de la cerradura una escena que no está destinada a sus ojos, y de pronto advierte que su conducta reprensible es observada; otro hombre camina por una calle desierta y oye que detrás de él una persona desconocida corre las cortinas para observarlo tras los cristales. La mirada de Sastre, como no podía ser menos, es la mirada desde atrás, la mirada maliciosa de una persona desconocida, la mirada que causa un estremecimiento de pánico. Yo uso del rulo, empero, al modo y manera de espéculo. El rulo me sirve para mirar con comprensión, con simpatía, con amor y amistad. Las cosas de las perluquerías… El guiño, y hay que ver cómo guiñan sus ojetes las viejas cuando les introduzco el rulo, puede convencernos de la realidad de un ser juntos que no está condenado a ese échec sartriano.
—Me toma usted el pelo.
—No crea... La mirada de un semejante, incluso si se trata de un gorila, a través también de su ojo del culo, puede justificar plenamente mi movimiento y mi cuerpo; puede impartirme una felicidad cuyo valor supera en mucho toda satisfacción solipsista… En esta apreciación de la mirada del otro, siquiera sea la mirada de sus ojetes sexuales, la estructura de la significación, el en alguna parte y el sí-mismo, sigue siendo la misma. La significación de los movimientos justificados por la mirada radica en la mirada, pues son los ojos del otro los que justifican mi cuerpo, los que tornan mis palabras sinceras y mis acciones, transparentes. El sí-mismo que se mueve soy yo; bajo la mirada estimulante y alentadora sé lo que hago y que lo hago; toda acción que ejecuto es acción de mi mano, mi brazo, mi cuerpo. La mirada de aceptación del otro me otorga el derecho casi excepcional de ser el yo mismo, yo intrínsecamente, con un cuerpo que se mueve…¿Está usted casado?
—Pues sí, qué quiere que le diga...
—¿Y le vive la suegra?
—Sí, en fin... No diré que lamentablemente, pues mi esposa siempre me lee.
—Mándemela, que le hago un avío.
—¿A mi suegra?
—Claro, no va a ser a su esposa, aunque... Si quiere ella, puedo echarle también un vistazo.
Percy y su madre; Ella Viola; Ella y Percy el día de su boda (y un desplante de Ignacio Sánchez Mejías, que se me ha colado de rondón, pero vale)
UN MELANCÓLICO ERIZADO Y OTRO MEADO
José Luis Moreno-Ruiz
I
¿Y de los músicos? De los llamados cultos, claro... De Percy Grainger. ¿Que qué? Pues ya pueden reírse, de antemano, de aquel pobre lumpen que fue Sid Vicius, el de los Sex Pistols, una Sister of Mercy como las de la canción de Leonard Cohen, o menos, comparado con Grainger. Sid Vicius sólo fue un hooligan drogota, aunque matara a su novia. Pero eso también lo hacen no pocos policías, suele salir en los periódicos. Y algún desempleado y algunos albañiles, y no pocos fontaneros y taxistas, entre otros gremios. Hasta un escritor tan malo –por eso gusta a los músicos, probablemente– como Burroughs, el padre, mató también a su mujer. Y el Althusser profesor en París de los sórdidos y criminales jemeres rojos camboyanos, lo mismo; Norman Mailer lo intentó con un cuchillo.
En algún fanzine, esa impresa subnormalidad de subpajeros, aún se leen cantos de alabanza al tal Sid Vicius y exégesis del sacrificio al parecer ritualmente contestatario que hizo con su novia, acuchillándola, pobre drogota de bragas sucias.
Así son los poetas de barriada (los tontucos del fanzine, en la radio se llenaban con ellos muchos tiempos muertos y los tipos quedaban encantados, luego montaban radios libres, alternativas, esas cosas mendaces y mentirosas, ilusiones nescientes).
Grainger, Percy: lo que empezó siendo una historia de amor digna de cualquier novela rosa, o de un culebrón de hogaño, acabó en una de las relaciones sádicas más brutales que registran las historias de artistas.
Percy Grainger era un concertista afamado cuando en una travesía en barco conoció a Ella Viola Strom, bellísima muchacha de Suecia, poeta y pintora, de la que se enamoró al instante. Oscuro él (puede que incluso obscuro) como un café instantáneo.
Todo comenzó entre ellos de manera divertida, toda vez que Ella, tomándolo por un músico cualquiera, le pidió lecciones de banjo hawaiano para matar el rato en el barco. Era el mes de noviembre de 1927. No mucho después matrimoniaron en el Hollywood Bowl, radicados ya en Norteamérica, ante unos veinte mil espectadores entre los que se contaban numerosas estrellas del cine, gentes de las artes, de las letras y de la política. Así de grande era la fama del concertista Percy Grainger.
Después de la boda, sin embargo, la joven Ella Strom, tan ingenua como hermosa, descubrió que se había casado con un auténtico pervertido sexual, que la usaba para las cosas más inmundas y peregrinas, como obligarla a orinar en una copa de champán, ingerir él ese resultado de la micción de Ella, e introducirse posteriormente en el ano otra copa entera de champán, con la ayuda de una jeringa, para provocarse al poco una defecación de la que era receptora la esposa en su bellísimo rostro.
John Bird, autor de una biografía sobre Percy Grainger (Percy Grainger, Elek Books, Londres, 1976), reproduce una carta del músico, enviada a su amigo Cyril Scott con fecha del 23 de julio de 1956, en la que dice: «La verdad es que realmente amo la perversión, incluso en mi vejez. Todo lo demás no me merece la pena, pero tengo que afirmar que mi adoración de la crueldad se limita exclusivamente a los instintos sexuales. Y dado que nada me interesa realmente aparte del sexo, mi vida se reduce a lo siguiente: no pienso más que en el sexo y todas mis ideas están plagadas de perversión y crueldad».
Cuenta Bird en su libro que Grainger, un apasionado de la literatura clásica, se delectaba especialmente, sin embargo, con aquellos pasajes que sugerían manifestaciones de dolor físico. Según las propias palabras del músico, recogidas por su biógrafo, «entre los siete y los diez años leí mucho a Homero y tenía siempre en mis labios frases como ‘la jabalina atravesó la coraza’. Más tarde, cuando tenía ya doce años y leí las epopeyas de las sagas islandesas, la idea de un cuerpo partido por un hacha de guerra desde el hombro hasta la cintura me producía un enorme placer mental».
Recuerda Bird, igualmente, que Grainger comenzó sus experiencias con la flagelación autoerótica a la edad de dieciséis años, y que su madre muchas veces le preguntaba cuál era la razón de aquellas manchas de sangre en su ropa, lo que provocaba un ataque de risa descontrolada en el muchacho, que por aquel entonces ya asombraba al mundo por su talento musical precoz. En Percy Grainger, la figura de la madre, como en el caso de Proust, cobra también una importancia capital.
Australiano de Melbourne, nacido el 8 de julio de 1882, fue Grainger hijo único, enfermizo en su primera infancia –padeció tuberculosis–, y estuvo siempre, hasta casi el final de su adolescencia, bajo el influjo de la madre, que sufría frecuentes ataques de histeria. El padre apenas moraba en la casa familiar, siempre de viaje y jactándose ante sus amistades de haber yacido más de una noche incluso con diez prostitutas. Fue precisamente la madre de Grainger, profesora de música, quien le dio las primeras lecciones de piano y quien profetizó que su hijo sería un genio de la música.
La relación de la madre y su retoño era tan intensa que entre sus vecinos llegó a comentarse la especie de que cometían incesto, lo que llevó a la mujer a suicidarse tirándose por una ventana, presa de un fuerte sentimiento de culpa; ya en el final de sus días, Percy Grainger hizo a sus amistades –siempre según Bird– la confesión de haber mantenido relaciones sexuales con la madre, que además lo inició en la urolagnia, la coprofagia y los azotes.
Percy Grainger había ofrecido su primer concierto en público a los doce años, y apenas con diecisiete creó sus primeras composiciones, que los especialistas equiparan, aún hoy, con las de Strawinsky por la calidad y enorme dificultad de sus armonías. A los diecinueve años causó auténtica sensación en Londres, luego de una serie de conciertos, y sus puestas en escena también se hicieron célebres: aparecía casi corriendo y atacaba rápidamente la primera pieza, que solía ser briosa y agresiva.
Grainger opinaba que esa calidad de su música, que no pocos críticos han calificado como elástica y atlética, tenía que ver con su propio y reconocido sadismo: «De ese mundo de violencias –decía– y de guerras, de tragedias brutales, surgió mi anhelo por componer música. Muchos niños son crueles con los animales y otros lo son con las niñas, pero su agresividad cesa cuando se desarrollan plenamente. Yo jamás lo he superado y la agresividad es la clave de mi música».
Su mujer, la hermosa Ella Strom, que sentía una profundísima admiración por la categoría artística del músico, lo abandonó varias veces, pero siempre volvía a su lado tras las súplicas y amenazas de suicidio de Grainger. Sólo ella, según Bird, «conocía la plena medida de sus alegrías y de sus frustraciones, de su santidad y de su crueldad, su genio y sus aberraciones. En los años treinta, Grainger escribió una carta, que dejó a un albacea con instrucciones para que sólo se abriera en el caso de su muerte o de la muerte de Ella, o si se les hallaba muertos a ambos con los cuerpos cubiertos por latigazos. En la carta explicaba igualmente que no debía culparse a nadie, ya que para él la flagelación suponía el mayor de los placeres y la expresión suprema de su amor».
Está claro que Ella, por amor al marido, había acabado compartiendo torturas.
Tuvo Grainger, que murió de cáncer en 1961, una amante a lo largo de los años, a la que de manera parecida instruyó en el sadismo, si bien no consta que ella, de nombre Karen Holten, sufriera moralmente lo mismo que Elle Strom. Era una alumna de piano, feliz intérprete también y muy apreciada por la crítica musical posteriormente, con la que se excedía el maestro: en una carta de Grainger a Cyril Scott explica cuánto disfrutaba clavándole agujas hipodérmicas en los pezones, «y saboreando después a mordiscos la carne lacerada».
Grainger, acaso en pura aplicación de su sadismo, se declaró en los años treinta como filonazi, lo cual no deja de ser una impostura, pues era pública su amistad con judíos del mundo de la escena norteamericana. Nadie se lo tomó en cuenta, pero sí es cierto que esas simpatías, por mucho que tuvieran de forzadas, debían albergar un punto de razón en la inteligencia del músico, sometida a sus pulsiones perversas.
No en vano, y en ese inglés nórdico en el que pretendía escribir, un inglés desprovisto de influjos latinos, redactó algunos de sus pensamientos, tales como el que sigue: «La voluntad más alta y poderosa de vivir no radica en la miserable lucha por la existencia, sino en la voluntad de luchar, la voluntad de poder». Otro Jünger. Versiones ambos, Jünger y Grainger, del Nietzsche más grato al nazismo: el loco sifilítico e impotente sexual.
(II)
En Anatomía del asco, de Ian Miller, obra de proteica exorbitancia, habla el autor (mediante la traducción de Paloma Gómez Crespo; Editorial Taurus, Madrid, 1998) de dos tipos de asco; uno, el freudiano, el que actúa como barrera e impide la satisfacción del deseo inconsciente; el otro, ese que tiene su origen en el concepto de lo excesivo.
Según Ian Miller, el primer asco es el que Freud denominó como de formación reactiva, el que se alía con la vergüenza y la moralidad para funcionar como un dique, el que reprime el impulso sexual: «Ese asco –dice Miller– hace que los genitales de los demás huelan mal y parezcan feos y que los propios se presenten como fuente de vergüenza. El asco sirve para impedir que se active el deseo inconsciente».
El otro tipo de asco, el asociado a la concepción de lo excesivo, es, según Miller, «el que nada tiene que ver ni con los deseos inconscientes ni con las atracciones furtivas». Es el asco que «se asocia a la comida, a la bebida y las actividades sexuales de otro tipo, en las que el deseo es absolutamente consciente y se satisface; es la sensación de náusea que produce el exceso; aquí el asco no es una barrera que impida ingerir, sino un castigo por haberlo hecho».
Habla Miller, pues, y así titula uno de los capítulos más interesantes de su libro, de que «lo hermoso es asqueroso y lo asqueroso es hermoso». En suma, lo que Julia Kristeva llamó «torbellino de requerimientos y repulsión», en alguna de sus obras, no recuerdo en cuál.
La lectura de la obra de Miller, y en concreto su capítulo quinto, Lo hermoso es asqueroso y lo asqueroso es hermoso, me recordaba de continuo la peripecia de Havelock Ellis, aquel médico y psicólogo inglés, nacido en 1859, al que debe la investigación freudiana gran parte de sus estupendas intuiciones literarias; tal es la profundidad que para el estudio de las reacciones humanas y de los condicionamientos psicológicos aportó la obra de Ellis, que aún se deja leer.
No hay que olvidar que Ellis tuvo en sí mismo (¿ensimismado?), y más que nada en lo que se refiere al estudio de la psicología sexual, el terreno más abonado para desarrollar su trabajo de campo.
Según lo cuenta Phyllis Grosskurth en su obra Havelock Ellis. A Biography (Penguin Books, Londres, 1981), a Ellis le preocupaban sobremanera sus nocturnas poluciones involuntarias, pues por aquel entonces, temeroso aún de Dios, no osaba masturbarse, no fuera a suceder que el Diablo se lo llevara mientras dormía, o que, como se decía entonces, se le secara la médula y hasta lo mordiese en los pulmones una tisis galopante, pobrecillo.
Genitalizó además sus angustias a tales extremos, que si no llegó a creer –como aquel loco del que habla el médico Soranus, del siglo I de nuestra era– que su micción podría provocar un nuevo diluvio universal, cada vez que algo lo excitaba sexualmente orinaba, aun bajándose a la fuerza el miembro en erección, para encontrar en ello un goce que al menos lo liberaba de la temida tuberculosis y del rapto demoniaco.
En definitiva, Havelock Ellis, no por cómico, dejó de desarrollar en esa su adolescencia preñada de temores santos –que, pues era hombre inteligente, se le irían algo con el paso del tiempo– un gusto por la urolagnia (o lluvia dorada, como le dicen en los anuncios por palabras de los periódicos), que signó buena parte de sus asertos teorizadores, y buena parte, también, de sus placeres adultos, gustosamente asquerosos, por acudir a la bipolarización, más que ambivalencia, sostenida en su tesis por Miller.
Los primeros pasos de su parafilia los dio Ellis cuando siendo aún niño, y mientras paseaba un día por el Zoológico, oyó un chorro. Al volverse, vio acuclillada a su madre en un rincón del parque, orinando: fue su primera impresión de lo sexual, teñida de un placer inseparable del miedo, pues experimentó brutalmente, conscientemente, los pálpitos sexuales del edipismo. Años más tarde escribiría, al referir el suceso, que su madre siguió después coqueteando con él en semejante forma: más veces se agacharía a orinar tras unos matorrales en cualquier parque, pidiéndole que vigilara, «y riéndose al observar con cuánta turbación y adoración le miraba yo el sexo abierto que expulsaba su orina».
Havelock Ellis fue después un muchacho enamoradizo, pero tímido. Además, alto y delgado, enclenque, con una voz lamentablemente aguda y ridícula, espantaba a las chicas. Marchó a Australia y vivió allá varios años. De regreso a Inglaterra, más desenvuelto y menos acomplejado, culto, estudioso y con ideas avanzadas para su época, prosiguió sus conquistas amorosas, ya iniciadas durante la estancia en Australia. Conoció entonces a la novelista surafricana Olive Schreiner, avanzada del sufragismo a la que se le viniera el mundo encima cuando descubrió, tras su boda, que se había casado con un sádico que la maltrataba, pero a la que le gustaba ser golpeada y vejada: escribió varios artículos sobre la dominación. Abandonada al cabo de un año por su marido, acudió a la consulta de Havelock Ellis para curarse la depresión, y se enamoraron.
Ellis, sin embargo, fue incapaz de penetrarla pero le ofreció algo que a la Schreiner encantó: no golpearla ni dedicarle insultos, sino mearla. Así estuvieron un tiempo –también ello lo mearía posteriormente– hasta que la novelista decidió volver a su país.
Tuvo mala suerte Ellis, no obstante, pues tiempo después, miembro destacado que era ya del mundo de las letras y de las ciencias, adalid del teatro bajo cuyos auspicios la escena británica, y más en concreto la londinense, brilló sobremanera, entró en relaciones con una admiradora, Edith Lees, con la que poco después contrajo matrimonio; no tardó ella en revelársele como lesbiana, y Ellis dijo que no le importaba. Edith se llevaba a sus amigas a la casa, pero cuando supo que Havelock Ellis había mantenido relaciones sexuales con una de ellas, lo echó. Dieron en separarse y ella se quedó con la magnífica residencia –otra avanzada del feminismo vindicador, como ese montón de ex esposas del presente, barraganistas– donde tantas historietas de sexo más o menos angustiado, y acaso pornopeliculero con los calcetines puestos, vivieran.
En 1892, Ellis firmó una especie de alianza con el poeta homosexual John Addington Symonds, para que le hablara acerca de la inversión, pues pergeñaba ya lo que sería su libro más exitoso, Sexual Inversion, que tanto llamaría la atención del entonces joven médico neurólogo Sigmund Freud (en cuya obra se basaría posteriormente el propio Ellis para elaborar sus trabajos sobre el autoerotismo, publicados ya en Estados Unidos), y de otros dos notables estudiosos de la sexualidad, Kraff-Ebing y Hirschfeld. Juntos viajaron el médico y el poeta a Italia, y Ellis tuvo la ocasión de comprobar que la inversión estaba más extendida de lo que hubiera podido suponer: John Addington Symonds conquistaba en Venecia a un gondolero tras otro, incluso a quienes eran padres de familia con hijos, y no sólo a cambio de dinero.
Con semejante «material de campo» acumulado no es de extrañar que su libro resultara en verdad escandaloso, en Inglaterra y en la misma Italia, donde tras la aparición de la obra los gondoleros dejaron de tener esa consideración machirula que hasta entonces les había acompañado.
Pero el urolágnico, o meón psicólogo, no se vino abajo con los escándalos y prohibiciones que levantaba a su paso, tras una conferencia, tras un artículo, tras una intervención en un mitin... En 1917 conoció a una traductora francesa, Françoise Cyon, que de inmediato se enamoró de él, confesándoselo: fueron rápidamente a un cuarto, y estuvieron besándose y abrazándose largo tiempo, pero sin desnudarse siquiera.
Françoise Cyon publicaría años después un libro autobiográfico, del que toma referencias abundantes Grosskurth en su obra antes citada, en el que contó cómo pasaban el rato meándose el uno al otro, sin más. Ellis, incluso, dedicó un poema a sus «maravillosos chorros de oro» (ahí puede verse que lo de la lluvia dorada de los anuncios de hogaño ya era cosa sabida hace años, incluso por los médicos).
Pero hay más: otra mujer, Winifred de Kok, una abanderada del feminismo finisecular, escribió sobre Havelock Ellis: «Me siento sola y abandonada haciendo chorros dorados a solas, en lugar de verterlos en el jardín amoroso de su cabeza». Y la poetisa Hilda Doolittle no pudo sino afearle al psicólogo su poca discreción, cuando en un pasaje de su obra Impresiones y comentarios la describió «con sus piernas rectas, de adolescente, abiertas, vertiendo sobre mí un largo chorro en arco centelleante».
Desde luego, no debía ganar el hombre para champú...
En la Enciclopedia Británica saludan así a Havelock Ellis: «His work helped to foster the open discussion of sexual problems, and he became known as a champion of women’s rights and of sex education».
Sufrió Ellis, empero, un fuerte desengaño. Ya en los inicios de su edad anciana conoció a un joven y apuesto novelista, Hugh de Selincourt, que le dijo haberse enamorado de su sabiduría, y de él mismo... Ellis se mostró dispuesto a probar por primera vez las prácticas de la inversión acerca de la que tanto había escrito, pero el novelista, en realidad, no quería sino que le presentara a sus discípulas, para seducirlas.
Pobre meón, Havelock Ellis, tan despectivamente cagado por un arribista cuando creyó acceder a su jubilación más plácida. Murió en 1939.
Foto de Pascin tomada por Man Ray y varias obras del pintor
OTRA DE MELANCÓLICOS ESTUPOROSOS
José Luis Moreno-Ruiz
(Recupero el siguiente texto, de mis Diarios droláticos, 1998-2002, a fin de lanzar mi candidatura, esta vez, a un sillón debido en la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando, o como se llame. Prometo no pellizcar las nalgas a las ujieras, si las hubiere)
(I)
Putero antológico, mas a fuer de melancólico y de pendejo en su caso, fue el pintor Jules Pascin, nacido búlgaro, hijo de padre sefardita, con el nombre, mucho más rotundo, de Jules Pincas (1885-1930).
Otro que, a despecho de su impotencia, no tuvo en cuenta lo que asegura Cioran –claro que tampoco pudo leerlo, puro asunto cronológico–, esa bienaventuranza del hombre impotente, pues al serlo puede conocer el placer de no tener trato con hembras.
Terrible, por lo demás, el aire de superioridad con que Simone Boué, la mujer de Cioran, firma una breve introducción a sus escritos publicados póstumamente (Cuadernos, Tusquets Editores, Barcelona, 2000); otra impostora más que añadir a la lista de las María Kodama, la Cenobia de Juan Ramón Jiménez, la mujer de Luis Buñuel, la misma Simone de Beauvoir, acaso la esposa del pobre Alfonso Grosso, que le quemó el original de una novela para vengarse de una infidelidad con cierta hembra más joven, según me contó en su día Leopoldo Azancot (el autor de aquella novela extraordinaria titulada La novia judía).
A Pascin las modelos lo habían traído loco desde que en el París de los primeros años veinte comenzó a destacar por ser el pintor que escogía, precisamente, a las modelos más hermosas, y gracias a sus cuadros luminosos, potentes, llenos de vida alegre, cuando no a sus retratos magníficos.
Las modelos, se puede decir así, eran una obsesión para el pintor Pascin. Por una se arruinó varias veces, llegando a malvender sus cuadros, pues ella sólo accedía a mantener relaciones sexuales con él a cambio de grandes sumas de dinero. Por otra estuvo a punto de morir, cuando el chulo de la joven, de una prostituta que había accedido a posar para Pascin, lo apalizó sin misericordia: le había propuesto el pintor desposarla; pidió al chulo la mano de la puta, con mucha formalidad y ceremonia.
Ya maduro y mordido por la andropausia, Pascin buscó siempre modelos jóvenes, las más bellas y explosivas de París, convirtiéndolas en tales a despecho de que fueran vulgares meretrices: las quería con un cierto aire de malicia y de sensualidad, incluso de vulgaridad, pues, según él mismo decía a sus amigos –entre otros a Man Ray, que le hizo algunos de los mejores retratos fotográficos que de Pascin nos han llegado–, sólo en los bajos fondos hallaba fuerzas para superar «el hastío de vivir». Otro poeta porculizado, como vemos, aunque no consta que lo abutronara cualquier sujeto de esos que gustaban a Pasolini y a Gil de Biedma.
Lo llamaron el pintor de los retratos de adentro hacia afuera, pues quizá fue uno de los pintores que más y mejor captaba lo oculto de aquellos a quienes retrataba: ahí están los que hizo a Pierre Mac Orlan, a Georges Eisenmann, a André Salmon... El mismo Modigliani, con quien se agarró Pascin formidables borracheras, elogiaba esa cualidad suya, que tenía por envidiable.
En 1924 era ya un pintor, Pascin, de cierta cotización. Pero de esa su cotización se desprendía también una generosidad ilimitada, no siempre correspondida por aquellas gentes con las que le gustaba el trato, no pocos artistas entre ellas: contrataba para sus amigos a las mejores putas de París, a las que además obsequiaba con pieles y collares de fantasía. Para una mulata llamada Elai encargó muy especialmente un consolador engastado en piedras preciosas. Elai, sin embargo, lo vendió a un rico libertino por una fortuna que la retiró: pasó a dueña de un prostíbulo.
Era Pascin un asiduo del mejor burdel parisino de aquel tiempo, La Belle Paule, pero cuando caía en uno de sus hondos estados depresivos sólo iba a mirar. Las putas, entonces, a cambio de mucho dinero, se amaban entre sí, tríbadas, produciendo unos espectáculos lésbicos que si bien no conseguían encandilar al pintor, al menos hacían que dejara de proferir la amenaza con que se confiaba a la madame del prostíbulo: «Me gustaría poder suicidarme».
La desgracia de Pascin, y a la vez su gloria de los mejores días, le llegó al encontrarse con la bella Lucy Krohg, esposa del pintor Per Krohg.
Cuando la conoció tenía el matrimonio un hijo, lo cual no fue obstáculo para que amara con Pascin; iba a acostar al niño, decía a su marido que tenía algún acto, y marchaba con Pascin a recorrer los cafés de París, a procurarse cocaína y luego a amar con él, más o menos, en la casa del pintor. Era fama por aquel tiempo que Per Krohg lo sabía todo, pero consentía a cambio de las buenas cantidades de dinero que Pascin regalaba a Lucy.
El amor de Pascin por Lucy Krogh era enfermizo, atosigante: cuando reñían, estaba días enteros sin probar bocado, bebiendo bestialmente y acudiendo al prostíbulo La Belle Paule para ver hacer a las muchachas. Lo más curioso del caso es que, según relató años después la fotógrafo y también pintora Thora Dardel (nacida sueca y con el nombre de Thora Klinckowstrom, esposa del pintor danés Nils Dardel, e inspiradora de Svea, personaje de la novela Fuego en el cuerpo, de Raymond Radiguet), y pues así se lo había confesado Lucy Krohg, Pascin era ya del todo impotente. Mas, según Lucy Krohg a Thora Dardel, devino en un gran hacedor cunnilínguco y annilínguco, y desarrolló su gusto por lo que podríamos llamar consoladores de diseño (con los que satisfacía también a la amante, y con los que la amante le procuraba a él ciertos entretenimientos sodomíticos), y por juegos tales –que encantaban a Lucy– como proponerle las más extrañas posturas para que ella se masturbara, incluso haciendo uso de sus pinceles, que, según el pintor, «quedaban así bendecidos de dicha».
Fueron denunciados una vez por obscenidad, pues desnuda ella, mientras él le hacía un retrato, se masturbó a caballo del pasamanos de la escalera de la casa donde vivía el pintor: Pascin agredió a la vecina que salió a recomendarles que fueran a otro sitio más oculto.
Según Thora Dardel, Pascin no podía vivir solo, estar solo. Por eso gastaba fortunas en agradar a sus amigos o para mantener a su lado a las mujeres que, por su impotencia, no podía amar. Lucy Krohg, sin embargo, un mal día se hartó de Pascin. Habían reñido, y él, en vez de acudir al prostíbulo para buscar consuelo, la siguió por París, reprochándole su desapego, llamándola desagradecida. Ella lo abofeteó en un café, en público, ante Man Ray y Foujita, entre otros, y Pascin se fue llorando como un niño.
Pasaron días y más días sin que aconteciera la reconciliación. Lucy no respondía a las misivas que Pascin le hacía llegar a través de los amigos comunes y el pintor decidió quitarse la vida para reprocharle a la bella Lucy Krohg su abandono: Pascin se cortó las venas; con su propia sangre escribió un mensaje de despedida: «Adiós, Lucy». Y se tumbó en la cama, metiendo las muñecas en sendos baldes de agua que había puesto a cada lado.
Sin embargo, para su mayor escarnio, el agua estaba muy fría y la sangre de sus cortes, no muy profundos, se coaguló pronto. Pascin, viendo que no moría, se levantó entonces y se ahorcó.
El entierro de Pascin fue uno de los más concurridos que se recuerdan del París de aquel tiempo. Una larga hilera de gentes de las artes, las letras y el espectáculo siguió el cortejo. Se leyeron sentidos discursos de despedida y los marchantes aprovecharon para colocar de la mejor manera posible la obra última de Pascin.
Antes había hecho testamento a favor de su esposa, Hermine David, y de Lucy Krohg.
(II)
(También de mis Diarios droláticos, 1998-2002. Creo que ya lo puse aquí con anterioridad, pero valga para apuntalar, e incluso empalar, con perdón, el texto anterior sobre Jules Pascin)
Mejor que las pésimamente intelectualizadas fantasías cinematográficas de tantos de nuestros pretendidos cineastas, estos apuntes que tomé, en varias entrevistas, para un trabajo periodístico –de encargo, lo pagaban bien– sobre lo morboso.
(Cobré el reportaje, aunque jamás llegó a publicarse –era para la ya hace tiempo fenecida revista Dunia y a su directora le pareció excesivo. Lo referí parcialmente en un libro de relatos, creo que en Sonmiloquia, mas ahora doy completos los apuntes. O las apuntaciones, mejor).
Probablemente no me hagan caso, pero recomiendo a los directores de cine, también a los novelistas, ejercer al menos durante un tiempo el reporterismo de verdad: para que comprueben que sus pajas mentales suelen ser cosa nimia en comparación con lo que hay y bulle en la calle.
Mujer de veintisiete años, dependienta en unos grandes almacenes, soltera y muy sociable, padece de ecmofobia (terror a los objetos rematados en punta). Confiesa ensoñecerse con la siguiente fantasía erótica: un hombre emasculado y manco es objeto de su lúbrica pasión, paciente de cuantas perversidades puedan ocurrírsele. Se ríe mucho, nerviosa, al contarlo.
Hombre de cuarenta años, abogado en ejercicio, casado, padre de dos hijos y homosexual clandestino, lleva tres años en tratamiento de una fuerte anancastia (fobia caracterizada, entre varias manifestaciones más, por una compulsión irrefrenable hacia la limpieza, por la sensación constante de suciedad). Si estrecha la mano de alguien, en el saludo ordinario, ha de correr de inmediato a lavarse (es fama que a Maiakovsky le pasaba lo mismo). Si consulta papeles, o un libro, igual. Si uno de sus hijos toma asiento sobre sus rodillas para ver la televisión, se ve sometido a un tenso esfuerzo por soportarlo. Piensa que las posaderas del niño están sucias. Confiesa practicar, en sus clandestinas expansiones homosexuales, la coprofagia. Eso, una vez acabada la aventura sexual, le provoca náuseas de las que tarda en recuperarse varios días, abandonando su trabajo y recluyéndose en ocasiones. Ha convencido a su esposa de que padece una úlcera. Ella no sabe que está en tratamiento psiquiátrico.
Estudiante de veinte años, guapa, padece un terror insufrible hacia los insectos en general y hacia las hormigas en particular. Experimenta un placer inenarrable, dice, cuando sin que nadie la vea acude a cualquier descampado de la ciudad, selecciona un hormiguero, se acuclilla y orina allí. Pensar que las hormigas puedan devorarla y satisfacerse a la vez en la destrucción del hormiguero, calma profundamente su ansiedad. A veces lo hace en el campus de la Ciudad Universitaria antes de un examen.
Bien puede desprenderse, de los tres casos seleccionados, que en lo morboso se da la paradoja que hiciera escribir a Georg-Christoph Lichtenberg: «Mi hipocondría es un talento especial que consiste en saber extraer, de cada incidente de la vida, sea cual sea el nombre que lleve, la mayor cantidad de veneno para mi propio beneficio».
En el morbo, llamémoslo así, el placer sólo se obtiene mediante el dolor. Aunque ello, en última instancia, tenga poco que ver con lo que no siempre acertadamente se entiende por masoquismo. En el morbo el placer resultante de ese dolor imprescindible es unipersonal. En el masoquismo, por el contrario, se requiere la presencia y la acción hiriente de otra persona. El morbo se relaciona más con el espíritu. El masoquismo lo hace con la carne. El morbo es individualista e intransferible. El masoquismo es socializante, o socializador, y por lo tanto perfectamente transferible.
La dependienta de veintisiete años que fantasea en estado de vigilia con la seducción de hombres emasculados y mancos, tiene terror a los objetos en punta. Es incapaz, por ende, de coser un simple botón a una prenda de vestir. Mas no por temor a herirse con la aguja, sino porque los esfuerzos verificados alguna vez en la presión de su dedo protegido por el dedal la llevan al agotamiento. Sus fuerzas no han sido las suficientes como para que la temible aguja horade el metal protector y se clave en su dedo.
«Un día, después de presionar y presionar, me di cuenta de que sudaba mucho. Me había vaciado, estaba jadeante, y el dedal intacto. Tomé una pastilla para tranquilizarme y un rato después me reía de mí misma, pero sin que se me fuera una especie de dentera cuando pensaba en lo que tanto había deseado, que la aguja rompiera el dedal y se clavase en mi dedo». Preguntada por sus masturbaciones: dos veces al día, como poco; en períodos de relación sexual con varones, incluso las aumenta. Dice sentirse mucho mejor cuando está con algún chico, pero lamenta no encontrar alguno que la enamore de verdad.
El anancasta cuarentón encuentra paz en la pintura. Asegura que dicha actividad viene a ser su mejor terapia. Pinta con preferencia atletas tan paradójicos como el propio morbo: atletas casi ridículos en la asténica representación que hace de ellos; atletas sin músculo, encorvados e incluso con chepa, que levantan enormes pesas o que se ejercitan en aparatos de gimnasio perfectamente dibujados, con mucho detalle. Sus amantes clandestinos suelen ser musculosos, muchachos de gimnasio de barriada; algunos, ex presidiarios a los que prestó asesoramiento legal y hasta defensa. Confiesa buscar solaz en la lectura, a fin de paliar las cada vez más agrias desavenencias conyugales por las que atraviesa, y cita a Antonin Artaud:
«Los cuadros deben ser sudor de hombres, transpiración de suicidas... Eso lo dice Artaud, ¿lo conoces?, y yo lo afirmo todavía con mayor rotundidad. Pintando mato un poco el yo infame que me atormenta. Mato mi mariconería y mato mis manías. No me importa pringarme con la pintura porque después me da mucho gusto frotarme las manos con aguarrás. Como dice Jean Genet en Pompas fúnebres, te lo recomiendo si no lo has leído, el alma es la emanación de nuestra fuerza nerviosa, del hígado, del bazo, de la pared verde del estómago, de los humores, de la sangre».
Con la estudiante de veinte años que padece un terror exquisitamente morboso, dice ella, a los insectos, he hablado mucho rato. Nerviosa, casi me vacía de una tacada la cajetilla de cigarrillos mientras conversamos a primera hora de la tarde en el Café Comercial. Como hay poca gente, habla en voz baja y mira de reojo, mientras lo hace, al camarero que indolentemente pasea de vez en cuando entre las mesas. Cuando hace una pausa, enciende un nuevo cigarrillo, o tamborilea con sus dedos manchados de bolígrafo sobre sus libros, o juguetea con mi grabadora de bolsillo, aunque cuidando de no apagarla.
«¿Sabes? Una vez vi una película en la que un tío echaba a correr un escarabajo sobre los pechos de una mujer desnuda. No me acuerdo ni del título, ni de nada más. Sólo de aquella escena. Estuve masturbándome toda la noche... Me gustaría que alguien hiciera lo mismo conmigo, pero creo también que sería capaz de matarle. ¡Me pondría de un histérico!», dice y se ríe hasta que se le saltan las lágrimas (le cuento lo del collar de moscas de Misia Sert y casi se corre de gusto). Escribe poesías. Me da a leer dos poemas propios, que lleva escritos en su libreta con letra de niña aplicada. No son reseñables por obvios y vulgares. En uno de ellos narra cómo una hormiga macho, dice, mientras orina sobre su hormiguero, la penetra hasta hacerle concebir un ser monstruoso que pare luego ya en el ataúd, mientras sus padres lloran en el velatorio por la pérdida de la hija, a la que quisieron virtuosa y dócil.
El poema, en sí, es malo, indigno de reproducción (tampoco me atreví a pedírselo, prefería mantener las distancias). Pero posee una intuición surreal de ansias mortales agradables, de placentera inocuidad. Posee ese inconsciente estético que define las categorías del arte del gozo a pesar del gozador. Esa misma inocencia que llevó a Marcel Duchamp a decir gilipollez tal como que nada hay más artístico que la propia mutilación. Se reafirma luego, la autora, en su pretendido humorismo: «Sólo me casaría –dice esforzándose en una sonrisa burlona– con un ser con antenas en la cabeza, un marciano que me llenara de bichitos verdes y no de espermatozoides, ¿no? Que me llevara a su país, o lo que sea, y que me hiciera parir allí tumbada sobre el pico de una estrella del cielo, la cual, mientras yo paría, iba desgarrándome la espina dorsal poco a poco, siempre que mi madre pone pescado para comer me lo imagino». Me mira entonces aguardando mi expresión. Cuando le digo que en uno de sus cuentos poéticos Buñuel dice a la amada que eyaculará en ella toda la guarnición militar de Huesca, queda sorprendida: «Bueno, no está mal; los soldados no llevan antenas, pero sí bayonetas, ¿no? Sería una gozada».
De común suele asociarse el morbo a la libre sexualidad, y más que a la libre sexualidad, al desprecio incluso del refinamiento. Equivale eso a una globalización del sexo, a un despojarlo de sus virtualidades genitales. La paradoja, el conflicto acercamiento/escape, que se da entre un deseo y el rechazo del mismo, configura un cuadro en el que todo es sexo y todo es, por igual, dolor. No se trata, pues, de una vindicación, siquiera enfermiza, del amor salvaje. Es, por el contrario, un recurso a la prohibición, para disfrutar al cabo con el placer de transgredir no ya una convicción sino un sentimiento de asco.
Un morboso excelentísimo y bastante tonto, André Breton, lo explicó acaso con arcangélica claridad: «Lo escabroso, circunscrito al dominio de lo erótico, con lo que nos extasiamos en los sueños hasta el punto de conservar la más cruel nostalgia al despertar, es lo único que puede dar al hombre la idea del Paraíso».
Cabe recordar que en el Paraíso concluye la existencia placentera de Adán y de Eva con la amenaza de la espada flamígera del ángel, que condena a los amantes al dolor y al sufrimiento.
En lo morboso, tiende el erotismo a la construcción de una suerte de pirámide en la que el propio cuerpo se arropa con todas las inmundicias del mundo. Pero en tal construcción agota el morbo sus imaginaciones. Por eso es unívoco, unidimensional. Orgasmea el morbo con esa construcción culminada por la imagen propia. Fantasma hinchable que, en definitiva, se desinfla y achata en el sudor, en los flujos, en la representación grotesca de los propios humores. Círculo vicioso, en suma, para deleite de la propia impotencia, para deleite de la imposibilidad de trascender.
Bien claro lo dice nuestra entrevistada que padece ecmofobia y acaso acrotomofilia (gusto por las cicatrices y las amputaciones): «Creo que soy un poco nazi, la verdad... Me gustaría tener un campo de concentración para mí, yo solita allí, todo lleno de hombres mancos, cojos, sin huevos (se ríe). Todos, persiguiéndome hasta una jaula. Me metería con ellos en la jaula, con látigo y todo, como los domadores, pero no les pegaría. Me limitaría a sacudir latigazos en el suelo para marcarles el ritmo. Me encantan los desfiles».
A ver, ahora, cómo pongo en página todo esto para que lo entiendan y aprueben las redactoras jefas y la directora, me dije en aquel tiempo.
No se publicó, repito, aunque me lo pagaron bien, y eso que el texto definitivo iba mucho más dulcificado que estas notas o apuntes –o apuntaciones– trasladadas aquí directamente de mi libreta (una comprada en la tienda del Museo Reina Sofía, que lleva en la pasta la reproducción de un dibujo a lápiz y acuarela, Sitzendes Mädchen mit hochgeschlagenem Rock, o sea, la muchacha sentada y sin blusa, de Egon Schiele).
Las personas con las que me entrevisté accedieron a ello luego de que se lo propusiera su médico psiquiatra, amigo mío, al que pedí ayuda para la elaboración de aquel reportaje frustrado.
Obra de Hokusai Katsushika (1814) y foto de una supuesta paciente histérica en trance extático, tomada por Charcot
MANIFIESTAMENTE MELANCÓLICOS
José Luis Moreno-Ruiz
(Recupero el siguiente texto, de mis Diarios droláticos, 1998-2002, a fin de lanzar mi candidatura a un sillón debido en la Academia de Ciencias Políticas y Morales, lo cual me haría tantísima ilusión como hallar, para mi poesía escrita en inglés, una editora irlandesa y un poco monja que monte en bicicleta por los pedregales)
(I)
Amor platónico: la idea del furor como única base de los más altos dones creadores es de Platón. Preguntaré a cualquier amigo psiquiatra si tiene pacientes machos, entre la clase intelectual, que se masturben ante una lata de mejillones por creerlos coños con braga metálica: platonismo puro. El Problema XXX, 1, atribuido a Aristóteles, plantea que todos los hombres excepcionales en filosofía, ciencia, arte y política son manifiestamente melancólicos.
Es Platón, empero, el que atribuye una simple mitologización a las teorías que enraciman desde antiguo el genio y la locura, en contra de lo que viera en semejante teoría de relación Aristóteles, que la pensó como de raigambre más científica, aunque creyera, como el autor del Problema XXX, 1, que el furor creador y el entusiasmo van unidos.
El Problema XXX, 1, apunta, sin embargo, a Teofrasto, el primer filósofo que dedicó un tratado a la melancolía (Robert Burton le es muy deudor), mas del que dijo Heráclito que debido a su melancolía, precisamente, dejó la mayor parte de su obra inacabada o la perdió en contradicciones.
El autor del Problema XXX, 1, trataba de comprender, y hasta cierto punto, de justificar, al hombre que era grande porque sus pasiones eran violentas, mucho más violentas que las de los hombres vulgares, y porque, a despecho de esto, era lo bastante fuerte para alcanzar un equilibrio partiendo del exceso.
Bien, de las almejas, las chirlas y los mejillones ya tenemos noticia y gusto abundantes, tanto en fresco como en conserva. Mas, ¿olían a pis las sirenas?
De poco nos vale, en esto, el decir de los estoicos, para los que un hombre sabio no podía sucumbir a la locura (y parte de razón hay que otorgarles, habida cuenta de que no pocos y muy brillantes hombres de las artes y de las letras, incluso de la política, pasaban, pasan y pasarán por excéntricos y hasta por locos cuando no son más que imbéciles, pero es que la imbecilidad es un vector importantísimo de la insania, por lo que no deberían caber los distingos entre imbecilidad y locura). Todo lo que no es sabio, para los estoicos, era loco: imbécil. Algo de eso apuntó, por cierto, Camilo José Cela, al escribir en una cosa sobre tontos que «los tontos revientatinajas se creen guardias o novios».
No, las sirenas no llevaban ni faldas con raja ni faldas con cremallera.
Veo en una película pornográfica que las orientales apenas, empero, son bivalvas: manda en ellas el clítoris descomunal, inescondible.
Según Cicerón, es más propio hablar de furor, término de raigambre latina, que hacerlo de melancolía, término griego: el furor describe directa y claramente una convulsión del alma que no se podía deducir del mero concepto de atrabiliosidad.
Preguntas, en fin... Tampoco, aunque diviertan, dan mayores respuestas a las preguntas Klibansky, Panofsky y Saxl, en su obra Saturno y la melancolía (a los que explica estupendamente el periodista Antonio Pardo cuando está ya algo bebido y mientras hace un alto en el reportaje que le han pedido para Interviú: sobre la semana del cine porno que se celebra anualmente en Barcelona).
Por si vale, un chiste popular: una chica tiene tan gorda la almeja, que para ponerse las bragas ha de echarse antes unas gotas de limón.
Bah, lo que en verdad vale es lo que dice William Ian Miller en su Anatomía del asco: «Lo cierto es que, salvo muy pocas excepciones, toda carne animal, desde la de las babosas a la de los seres humanos, puede servir de alimento».
Claro que, como escribió Abel Hemont, crítico y académico, contemporáneo de Proust (Marcel Proust comía pollas como ratas), «toda elegancia es antigua».
La filosofía, pues, como un objeto de anticuario. Ni siquiera, ya, como la silla Barcelona (1929) de Mies van der Rohe.
Ni siquiera, ya, la filosofía, como carientismo (veo un libro, Más Platón y menos Prozac, algo así, no recuerdo, en el que, a lo que parece, se recomienda a los afligidos que dejen ansiolíticos, antidepresivos, drogas varias, alcoholes, humo de tabaco, y se aficionen a la fisolofía: siempre tienen los filósofos consejitos a punto, desde antiguo, ya se ha visto).
Lástima, porque el carientismo es una figura, que podríamos llamar de retórica espiritual, más que literaria, consistente en un ataque o insulto escrito de tal modo que la persona a la que va dirigido no se entera, o si lo hace, no puede querellarse. Tiene el carientismo, pues, evidentes concomitancias con la ironía: eso que sirve para no morirse de asco entre los imbéciles. Ejerciendo el periodismo, por ejemplo, o tratando con escritores y otros cuantos artistas e intelectuales.
Para que se dé la ironía en la retórica, el receptor debe estar al tanto del doble significado; la víctima, sin embargo, no. Es decir, que ironizamos sobre alguien, o sobre algo, para que lo entienda un tercero. En varias redacciones por las que anduve algunos lo poníamos en práctica para reírnos de los jefes que nos jodían.
En el sarcasmo, por el contrario, sí se hace necesario que la víctima perciba la doble intención de nuestras palabras o de nuestros escritos. Gran parte de la ironía literaria se presenta en forma de apagamiento del tono que correspondería, figura que lleva el nombre de meiosis, y de la cual resulta bello ejemplo esta afirmación de Swift: «La semana pasada vi que desollaban a una mujer, y no querrán ustedes creerlo, pero quedaba mucho peor que antes».
Categorías similares a la ironía literaria lo son también la antifrasis, que actúa por contraste: decir «ahí viene un gigante», cuando se aproxima un enano. Y el asteísmo, o zumba cortés. Y el caientismo, o chiste suave que se dice con la intención de infligir un desaire (algunos periodistas, se lo he tenido que corregir a muchos cuando trabajé en edición, confunden infligir con infringir, y carecer con adolecer, y hasta misantropía con misoginia), desaire que se presenta, además, de modo que pueda ser aceptado con una sonrisa por el que lo recibe. Y el cleuasmo, o escarnio, burla mediante atribución de cualidades que no tiene la víctima. Y el diasirmo, o reproche. Y la mímesis, o imitación caricaturesca, casi ecopráxica, pero distante. Y el micterismo, o expresión despectiva e insultante.
Como se ve, hay una amplia gama de recursos a mano. Lo malo es que tales figuras retóricas de la ironía son forzosas pues como la censura adopta diferentes caras nada retóricas (ley de protección del honor, peligro de ser vetado en los medios de comunicación y por las editoriales), al ganar uno en estilo, perífrasis, y hasta en barroquismo, en la burla de esos peligros cuando escribe, mediante el uso de tales recursos, pierde en gustazo. El de llamar a un tipo hijo de puta, por ejemplo. Directamente. Y darle dos hostias acto seguido. Las ganas que me he pasado, de hacerlo, ante mis directores, subdirectores, redactores jefes…
(II)
Hay lugares en los que el hombre se halla irremediablemente condenado a la fantasía: la fábrica, la oficina, la sala de espera, la cárcel, las reuniones (solemos fantasear imaginando cómo serán las nalgas de una que ande por allí, que nos guste) y sitios así.
Cuando aparecieron las cadenas de montaje hubo quien aventuró que los trabajadores destinados en ellas, una vez adaptados a las maniobras mecánicas, tendrían la mente libre para pensar. Pero lo cierto es que, en trance semejante, el hombre no puede pensar, sino fantasear. Pasa lo mismo cuando se trabaja en una redacción periodística. Por eso algunos periodistas se creen importantes.
La diferencia entre pensar y fantasear, aunque se trate de un pensamiento muy enriquecido por la fantasía, la estableció con cierta claridad Ellemir Zolla en Historia de la imaginación viciosa. Asegura ahí que esa diferencia resulta evidente, pues basta con echar una mirada a dos imágenes opuestas: el hombre que fantasea, sentado en una antesala, con movimientos automáticos y nerviosos de sus pies o de sus manos, que revelan los afanes de su imaginación, y el hombre que medita o contempla, absorto, sin el menor gesto de contracción.
La condena de lo fantasioso, por otra parte, está implícita en la lengua italiana. Fantásticamente, quería decir, en el Renacimiento, de manera enfadosa y molesta; en latín, el hombre fantasioso recibía el nombre de morosus, que significa extravagante y también morboso. Por lo tanto, no se distinguía entre el loco y el sujeto ocupado en producir fantasías, demonios de la mente. El acto de fantasear, en castellano, recibe las denominaciones tales como devanarse los sesos, rumiar, desvariar, delirar, etcétera. Curioso juego de imágenes con el que las locuciones populares exhortan a no tener pájaros en la cabeza.
El hombre fantasioso se sitúa, así, bajo la égida del pájaro, animal totémico donde los haya, pues vuela como la mente.
Mas, a semejanza del pájaro, el hombre está condenado. El pájaro es inquieto y caprichoso, lo opuesto a la abeja laboriosa y sabia. El pájaro tiene una voz estridente, excitada, monótona. La voz de la abeja, por el contrario, es grave, modulada y majestuosa como Bach en el violoncello de Pau Casals y también en el de su discípulo, Lluis Claret. La abeja es un animal sagrado: una enseñanza continuada.
Simboliza el pensamiento, la abeja. El pájaro está en sus antípodas: sólo puede modular su canto cuando se le aproxima una hembra. Y todo lo picotea, aquí y allá, como el humano enamorado del amor, que tantas veces mete las narices en la mierda.
La fantasía, como el pájaro para los sembrados, es cosa dañina: arrasa el cultivo de los sentimientos.
Una teoría del suicidio: los humanos, llevados de ese necesario examen de conciencia y dolor de los pecados, tan mentado, y llevados, por ende, de la práctica cinegética hecha a sangre y a fuego, optan por levantarse la tapa de los sesos de un tiro, con alguna frecuencia, pues más vale pájaro lleno de plomo en la bóveda craneana, que cientos de ilusiones vanas volando.
(EL MOVIMIENTO ANIMAL Y HUMANO CONTEMPLADO POR UN CÍCLOPE)
José Luis Moreno-Ruiz
Se llamaba Edward James Muggeridge, inglés nacido en 1830, pero el nombre de un rey sajón de leyenda lo llevó a cambiarse el Edward por Eadweard. En cuanto a su apellido, según unas fuentes lo cambió por Muybridge poco antes de emigrar a Estados Unidos, y según otras lo hizo cuando anduvo por Guatemala tirando fotos, al parecer para facilitarles el decirlo y escribirlo a los de habla española.
Eadweard Muybridge, pues, para los siglos.
Según él mismo reconocía, lo aprendió todo, sobre las fotos, de Carleton Watson, fotógrafo y reportero de San Francisco, con el que montó un estudio. En 1867 inició una larga gira por territorio norteamericano, firmando sus fotos como Helios; la C6-mora Volante.
De él se dijo, en unos casos, que estaba por completo chiflado. En otros, que sólo era que bebía mucho. No obstante, un año después recibió el nombramiento de director de estudios fotográficos del Gobierno de los Estados Unidos, por lo que viajó de nuevo, ahora a Montana, Alaska y Wyoming, para documentar gráficamente sus respectivos territorios y asentamientos.
Famoso y muy alabado por la enorme calidad de sus fotos, bien establecido y con los sueldos consolidados, contrajo matrimonio con una muchacha muy joven que le ponía los cuernos. Al descubrirla en una de aquellas sus aventuras, mató a tiros al amante de la esposa, por lo que fue a prisión. Gracias a las muchas amistades que tenía en Washington, consiguieron sus abogados que se reabriera el caso, quedando entonces libre de toda culpa, no obstante yacer en caja de pino y dos metros bajo tierra quien fuera el amante de su mujer.
Arrepentida ella, lo acompañó a Guatemala en calidad, también, de ayudante (esto, claro, según unas fuentes, pues según otras viajó a Guatemala acompañado de su nueva esposa, lo que es decir de su segunda mujer; según parece, antes de viajar a Estados Unidos jamás había copulado, ni con mujeres, ni con hombres, ni con équidos que le quedaran más o menos al alcance de su verga; ni probablemente con cabras, pues no se tienen noticias de que fuese alguna vez pastor de rebaños, en tanto que no consta, por lo demás, que fuera clérigo).
De regreso a California en 1877 la retrató con caña de pescar, tal y como aquí se ofrecieron las fotos recientemente.
Becado por el gobernador de California, Leland Stanford, amplió el campo de experimentación ya iniciado en Guatemala, hasta obtener sus históricas doce fotos tomadas en medio segundo, en las cuales captó el movimiento de un caballo de carreras. Fue en 1887 cuando publicó Muybridge su tratado La locomoción animal. Una investigación electrofotográfica de las fases consecutivas del movimiento animal. La fama obtenida con esta obra hizo que lo reclamaran como conferenciante en Europa y distintos países de América. Está de más decir que sus trabajos como fotógrafo resultaron fundamentales para el desarrollo del cine.
Murió en 1904, en su país natal, Inglaterra, al que había regresado para continuar sus investigaciones.
Como es natural, Robert Capa admiró muchísimo a Muybridge. De su paso por Inglaterra se sabe que husmeó cuanto pudo y que siguió todas las huellas, del maestro, que le fue posible seguir. Pero, curiosamente, poco se sabe de una de las cosas a buen seguro más interesantes, al menos en el aspecto personal, que hizo Capa durante aquella estancia en Inglaterra: su polvo en la mesa de un restaurante –al parecer fotografiado por alguien– con la actriz Louise Brooks, la bellísima protagonista de La caja de Pandora, entre otras películas fundamentales de los años 20 y 30. Habría que intentar al menos la consecución de esa foto (este reportero lo sugirió hace años en la revista Interviú, cuando recibió el encargo de glosar el descubrimiento de unas fotos inéditas de Capa, cosa que después le encargaron –y publicaron– a otro). Lo contó en el mismísimo Times Hilda Doolittle, escribiendo de sexo en un artículo a propósito de su obra Tributo a Freud (1944), pero nada de esto, ni de otras muchas cosas, encontrará el lector en la pobre biografía de Capa publicada no hace mucho en España. A menudo, para informarse, hay que ir más a las hemerotecas y a las bibliotecas (a la del Congreso de Washington, y a la del Museo Británico, por ejemplo; incluso a la Biblioteca Nacional de Irlanda) que a las librerías, esos almacenes de novedosas naderías.
Una de las cosas más impactantes que oyó contar Capa en Londres, a propósito de Muybridge, fue –referida por los defensores de la versión según la cual Muybridge viajó a Guatemala acompañado por su esposa arrepentida– la de la muerte de aquélla.
Según eso, la quiso retratar a caballo, a la manera de Lady Godiva, si bien no cobraba él diezmos a los campesinos guatemaltecos que acompañaban a la pareja en sus periplos, pagándoles muy bien, por el contrario, sus servicios. Ella, cuyo nombre nunca han acertado a decir las distintas fuentes, aceptó gustosa, pero aún montaba Muybridge su cámara en el trípode, e iniciaba ella su paso a lomos de un penco que en nada semejaba un caballo de carreras, cuando se despeñaron montura y caballista.
Carentes, pues, de esa foto, solacémonos con la contemplación de Maureen O’Hara como Lady Godiva, así como con ese cuadro de John Collier, que no en vano su nombre anglosajón es Godgifu, tambiénGodgyfu, que quiere decir gift of God, o regalo de Dios. Y ya nos cuentan los mitólogos cómo Dios –aun sin existir, que ya tiene cojones la cosa, o acaso precisamente por eso mismo–las lía en ocasiones del copón, no sé si bendito o de la baraja, pero del copón al fin y al cabo… Recuerden lo que le hizo al santo y paciente Job.
Nacido en 1953, ha publicado varias novelas y volúmenes de relatos, así como más de tres docenas de traducciones de distintos autores. Entre otros medios, trabajó durante diez años en Radio Nacional de España (RNE), donde llegó a dirigir y presentar el programa "Rosa de Sanatorio" (Radio 3), y catorce años en la revista Interviú, de la que fue jefe de Edición.